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    Especial Ospina (5): el video caleño


    CÓMO TRIUNFA LA OBRA DEL ARTISTA



    Ojo y vista: peligra la vida del artista (Ospina, 1987)
    Foto: captura del enlace https://vimeo.com/40136220

    Por Santiago Andrés Gómez

    La realización de Agarrando pueblo (Ospina & Mayolo, 1978) había supuesto un debate en ocasiones muy fuerte entre sus dos realizadores. La actitud de Mayolo vacilaba hacia un mensaje político más explícito y comprometido con la denuncia partidista de izquierda, mientras que Ospina valoraba la ambigüedad formal y la desconcertante ironía reflexiva cinematográfica. La pareja no volvió a realizar en pareja, aunque como hemos dicho en la entrada de hace una semana sobre su “década prodigiosa”, sí continuaron ayudándose mutuamente en diversos proyectos comunes, entre los cuales el primero del que nos queda constancia fue Pura sangre (Ospina, 1982), en el que Mayolo hace un papel fascinante como asesino a sueldo de un terrateniente azucarero del Valle del Cauca que necesita sangre de hombres jóvenes para sobrevivir, en adaptación nada forzada de los mitos de vampiros a la realidad de Cali.


    Sobre Pura sangre escribiremos más largamente en quince días, cuando nos dediquemos al delgado pero riquísimo filón de las ficciones de Ospina. Ahora es preciso considerar las consecuencias de esta película, que exigió tanto de su director, en una coyuntura política desafortunada, como para, prácticamente, exiliarlo del mundo del cine. No se ha prestado la suficiente atención a la significación de este hecho, expuesto apenas con todas sus letras. Para producir largometrajes, la Compañía de Fomento Cinematográfico (FOCINE) otorgaba créditos que luego los cineastas se veían en ascuas para pagar. No conozco los detalles ni del mecanismo ni de la situación peculiar, sino el hecho de que Ospina por eso tuvo líos legales que lo mantuvieron durante varios años aislado de toda posibilidad de acceder a nuevos recursos, y además en deuda. Sólo en 1985, incluso como encargo, pero un encargo asumido con cariño y profesionalismo inocultables, pudo volver a dirigir, con el gestor cultural e historiador del cine Jorge Nieto, realizando un cortometraje documental sobre María (Calvo & del Diestro, 1922), el clásico hoy perdido del cine mudo nacional.

    En busca de ‘María’ (Ospina & Nieto, 1985)

    En busca de ‘María’ (Ospina & Nieto, 1985) se convertiría, sin embargo, en lo que Ospina ha llamado en algún lugar su “canto del ci(s)ne”, su adiós, luego ya provisional, al formato del celuloide (Ospina volverá a hacer cine cuando filme Soplo de vida [1999]). La cinta es una de las joyas de su carrera, e inaugura, en cierto sentido, lo que hemos llamado, también hace una semana, una fase y un grupo de obras nuevas, pero casi lo más propio del caleño: eso que él, con su labia proverbial, ha llamado de modo genial “nostalgia crítica”. Arranca con una imagen del difunto crítico de cine Hernando Salcedo Silva viendo en una moviola el único fragmento existente por esos años, y aun hoy, de María, y a partir de allí se hace una evocación que juega deliciosamente con la puesta en escena de los antecedentes del rodaje y del rodaje mismo, con algunas imágenes poéticas inspiradas, como la de los pétalos rojos que bajan por el mismo arroyo donde se lavaban los negativos, y Mayolo y Ospina haciendo los papeles respectivos de los cineastas Máximo Calvo y Alfredo del Diestro, en un gesto enamorado del cine, no poco significativo, además de la presencia mágica de algunos participantes de la remota producción de los veinte, como el anciano Gilberto “Fly” Forero (el vampiro de Pura sangre), haciendo su propio papel, ayudando otra vez a los actores en los lugares de rodaje como hiciera sesenta años atrás...


    Rescatando un guión casi deshecho por el tiempo: Esperanza Calvo en En busca de 'María' (Ospina & Nieto, 1985)
    Foto: captura del enlace https://vimeo.com/51216394

    El final, con una hermosa canción de antaño (Prisma de ilusión, interpretada por Pepito López) y un collage de personajes diciendo que no recuerdan nada, que ya lo que queda es muy poco, que todo se ha perdido, es uno de los momentos más encantadores del cine de Luis Ospina e, insistimos, el inicio de un nuevo acento en su obra, esa nostalgia crítica que tendrá en Un tigre de papel su momento cumbre, una expresión distanciada y fascinada al mismo tiempo con el arrollador paso del tiempo y la pavorosa pero bellísima huella que deja en el mundo, como una trama de ángeles caídos. No otra cosa es, de entrada, el proyecto que sigue a En busca de ‘María’, un documental que, sumado al siguiente, termina de conformar así una trilogía sobre verdaderas empresas culturales caleñas caídas en desgracia. Si En busca de ‘María’ finalizaba mostrando cómo la vida es capaz de pasar por encima de su propia obra, destruyéndola sin darse ni cuenta, Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986) y Antonio María Valencia: música en cámara (1987) nos expondrán frente a un par de tragedias personales, ambas acaecidas en Cali, que la indiferencia social casi llega a absorber y hacer incluso inexistentes.

    Nada más el comienzo de Andrés Caicedo..., la actriz Ana María Aristizábal preguntándole a la gente en la calle si sabe quién era Caicedo (“un nadaísta”, aventura alguien) y concluyendo, asombrada ante el equipo de realización: “¡Nadie sabe!”, basta para ejemplificar la dimensión de la ignorancia social sobre un individuo que, con sus incontables artículos de prensa, con su cineclub semanal en el teatro San Fernando, su proyecto titánico de la revista Ojo al Cine, su apoyo, con las ganancias del cineclub, al colectivo Ciudad Solar, del cual surgieron artistas luego importantísimos, como Fernell Franco u Óscar Muñoz, o con sus cuentos y su más que meritoria, insólita, originalísima, hoy legendaria novela, había sido uno de los verdaderos y más importantes ejes culturales de la ciudad en años, de hecho, para entonces aún muy recientes. Antonio María Valencia..., por su parte, hace lo propio: rescata ante nuestro entendimiento a un individuo realmente insigne para la cultura no sólo del Valle del Cauca sino colombiana. El músico, uno de los más sensibles pianistas que haya tenido el país, con recorrido y amplio reconocimiento internacional, y un compositor de quilates cuya obra inunda el largometraje de principio a fin, imponiéndole su ritmo y sus tonos con la dúctil pericia que Ospina sabrá manejar de aquí en adelante en diversidad de obras de muy diversos estilos, fue en sí mismo otra institución caleña que la ciudad prefirió negar y luego casi borrar. Fundador del Conservatorio de Cali, propulsor de la Facultad de Artes Visuales y Aplicadas de la ciudad, merecedor nada más y nada menos que de la Cruz de Boyacá, su sentimiento de desarraigo en su propia cuna se deja percibir hoy en el video como un presagio de la insostenible negligencia institucional que motivará luego a Ospina a dejar la ciudad, menos de una década más tarde.


    Antonio María Valencia: música en cámara (Ospina, 1987)

    Lo más admirable de ambos largometrajes es el estilo, encarnación en cada caso de un espíritu distinto y a la vez común. Como se ha señalado en la entrada de hace ocho días, implican al mismo tiempo la aparición de un tipo de documental ambicioso en la obra de Ospina que apenas tendrá cabida plena en los noventa, luego de la experiencia definitiva de Nuestra película (1993), y el importantísimo inicio de su obra en video, ejemplar para toda una escuela y varias generaciones de realizadores en Cali y el resto del país, y de cuyo valor, sin embargo, y nunca será suficiente insistir en ello, el cine colombiano no ha sido aún plenamente conciente. El riesgo para el momento era enorme, pero a la vez natural, y a la vez indispensable. Godard había ya acudido al video en los setenta como una manera atrevida e iconoclasta de sacarle el cuerpo a las exigencias industriales de formatear, esquematizar, constreñir el lenguaje dentro de tendencias pura y exclusivamente mercantilistas, afirmadas culturalmente por el sistema bajo la ilusión romántica (truffautiana) y muy ingenua de una narración "inocente", o sea: neutra pero emotiva, humanista sin compromiso. Obras como Número dos (Numéro deux, Godard & Miéville, 1975) y Guión del filme ‘Pasión’ (Scénario du film 'Passion', Godard, 1982) perduran hoy como los gestos visionarios de un adelantado de su tiempo, y han ganado la textura que el tiempo sabe otorgar a todo formato (como los rayones de grandes clásicos del cine mudo): chispazos eléctricos del video, un color que en su momento parecía crudo, normal, al uso vulgar de sus tiempos, pero hoy se ve como es toda creación, todo discurso y todo proceso, es decir algo histórico y portador de marcas insustituibles, siempre dignas de valoración. Godard, como lo fuera desde antes y lo ha seguido siendo Vertov, es la influencia principal para Ospina, sobre todo por aquellos tiempos, aunque ya los caleños, en la propia casa del cineasta, habían hecho video en los setenta, lo cual no es raro, pues ellos (Caicedo, Campo, Ospina, Mayolo) son de los más aguerridos y avanzados exponentes de todas las “nuevas olas” que ha habido en el cine de los sesenta para acá, y no sólo en Colombia, como ya lo ha aceptado Nicolas Azalbert, de Cahiers du cinéma, sino también en nuestro continente.

    Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1976)

    Pero si Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1976) es una obra pionera, que muestra la determinación impúdica con que el Grupo de Cali asume la creación cinematográfica, Ojo y vista: peligra la vida del artista supondrá para el audiovisual nacional un momento realmente fundacional. Por un lado, digamos referente a la obra de Ospina y al cine mismo, Ojo y vista..., en su diálogo con el Fakir de Agarrando pueblo, siete años después  de haber sido filmada esta película, es para ella justo lo que ella había sido para Oiga, vea (Ospina & Mayolo, 1972): una nueva denuncia de la denuncia, ya no propiamente sarcástica, sino más bien una reflexión abrumada. Al ser puesto en un entorno distinto al suyo, en la propia casa de Ospina, donde el Fakir se ve otra vez, en un televisor, en la película de siete años atrás, y donde gracias a la distante ubicación de la cámara él puede ser y expresarse de una manera cercana a su abierta disposición a la filosofía callejera, este personaje lanza por sí solo unas líneas de análisis de la realidad urbana, de la candente realidad mundial, hasta entonces inéditas en nuestra cinematografía, que ya con esta obra comienza a ser más audiovisual que cine.

    Ojo y vista: peligra la vida del artista (Ospina, 1987)

    Pero por esa misma vía la obra, grabada en dos días, con el sentido de plasticidad o recursividad que caracterizará al video caleño de Ospina, es crucial por sus implicaciones para la producción televisiva regional del Valle del Cauca y, por influyente extensión, del resto del país. Ojo y vista... se convirtió, casi sin proponérselo, en el piloto de una serie de televisión que hoy es reconocida (no sé si del todo oficialmente o no) como indiscutible patrimonio cultural de nuestra nación: Rostros y Rastros. Si mal no estoy, la iniciativa provino de Óscar Campo, que, como se dice, no dejó perder la oportunidad que este video insinuaba a manos llenas. A partir de aquí, el documental urbano en Cali, bajo la tutela de la Universidad del Valle y gracias al auspicio de Telepacífico, sería uno de los espacios más vitales, tal vez el más, de la televisión colombiana: un medio que, por ejemplo para Serge Daney, o para cualquier crítico aguzado (como lo fuera Luis Alberto Álvarez, que tanto valoraba a los videos caleños), es definitivo en nuestra percepción del cine y, por supuesto, del mundo, audiovisual, simbólica, políticamente. En estos asuntos, ya para los años ochenta, los caleños nos llevaban ventaja enorme, tanto en lo práctico como sobre todo en lo teórico, a los realizadores, críticos y académicos del resto de Colombia.

    No es posible ya hacer un examen mayor del resto del video caleño de Ospina, ni tan siquiera semejante al previo y aun muy sumario de Ojo y vista..., pero sí es importante hacer mención de algunas obras y tendencias fundamentales. Definitivo como manifestación escalofriada de una abrumadora pérdida, la de la ciudad de los afectos bajo sus mismos escombros, es el díptico Adiós a Cali (1990). Es una obra en dos partes de media hora cada una, al tenor así de las obras de Rostros y rastros, pero bajo un concepto extremo de experimentación. La primera mitad (llamada Cali plano X plano), es una contemplación llena de estupor ante la imagen que toma Cali en los ochenta, y también un análisis visual de ese formato que, para Wenders, en Tokio-Ga (1985), era acaso más adecuado que el cine para observar y fijar la realidad contemporánea: el video, por medio, entre otras cosas, de una banda sonora inmersa en abstracciones gélidas y desajustadas, que se conjugan con la imagen más impersonal de la urbe en una obra admirable de video-arte. La segunda parte, en cambio, justo en una onda más wenderiana, retorna a una estructura y un acercamiento más propio de lo que iba siendo por esos años el documental caleño, con entrevistas y algunas situaciones suscitadas dentro de los lugares tratados y retratados, para divagar sobre esa destrucción que hemos visto antes, con lo cual nos internamos en sutilezas aterradoras. El cotejo entre la conmovedora declaración de la artista Karen Lamassone sobre su sensación de exilio en la propia ciudad, pues la suya ya no existe, y las declaraciones entusiastas de un demoledor que clama y da la bienvenida al progreso por encima de lo viejo, es uno de los momentos más altos del cine colombiano de los ochenta, para quien tenga el ojo abierto y la mente despejada y el corazón vivo.

    Adiós a Cali (Ospina, 1990)

    Por su parte, uno de mis videos favoritos de Ospina por aquellos tiempos es Cámara ardiente, que reúne varias cápsulas, micro-metrajes, con expresiones espontáneas de los caleños de a pie, en la Plaza de Caycedo, ante preguntas disímiles que les hace Ospina. El video, como el inolvidable Retrato hablado (1991) de Gonzalo Mejía (y por supuesto como el reciente Solecito [2013], de Óscar Ruiz Navia) se forja con el tiempo una resistencia inviolable del tiempo y un valor precioso de lo audiovisual que sólo quien disfruta viéndolo sabe comprender al instante, y es uno de los mejores retratos que existan de la “caleñidad”. Pero de importancia capital viene a ser, especialmente, la llamada Trilogía de los Oficios: Al pie (1991), Al pelo (1991) y A la carrera (1991), que explora, ya por fuera de las lógicas a veces muy académicas de Rostros y Rastros, pero sobre su misma estela, al modo más rastrero del muy versátil Ospina, la vida de emboladores, estilistas y taxistas en la Cali de los tiempos duros del Cartel de Cali. Una época ruidosa bulle aquí, una sociedad exhibicionista, muy violenta, pero llena de espíritu en medio de los peores traumas, de personajes pensantes donde quiera, como el embolador Euclides: todo un filósofo, sin bajar de ahí, o más de un peluquero que o bien se confunde ante la pregunta por la palabra vanidad y se muere de risa cuando encuentra la respuesta, o bien sabe perfectamente, otro, de antemano y con hermosa elegancia, de qué se trata la palabrita esa, todo en voces entretejidas con la inteligencia casi inverosímil de un realizador que siempre edita como si todos los personajes entrevistados hablaran entre sí y de lejos, sin saberlo, respondiéndose, oponiéndose, apoyándose, dejándose en paz por principio que sólo el diálogo documental supiera favorecer, simplemente existiendo de una manera coral y a la vez individual...

    Son todas obras las de este periodo de Ospina, como es notorio, que varían en su aproximación, en su estructura, en su alcance, en sus modos de producción, pero siempre según una sabiduría cinematográfica reconocible, juguetona, concentrada a fondo en sus temas y personajes, coherente en sus estilos hasta dar piezas de unidad y solidez impecable. Todo esto irá generando un acervo cuyo influjo sobre Ospina no será tampoco en vano. Poco luego de la Trilogía de los Oficios, el realizador caleño recibirá una llamada desde Bogotá. Un artista joven, el pintor Lorenzo Jaramillo, que ha visto su documental sobre Antonio María Valencia, lo necesita... De ahí surgirá Nuestra película, caso aparte y punto de inflexión insoslayable en la vida y obra de Ospina... Cuando vuelva a Cali, después de una enjundiosa aplicación a ese nuevo largometraje de video documental, memorable y tal vez fundador en rigor de la historia de nuestro video independiente, Ospina encontrará una ciudad que sólo parece habitar en el video que él forjara años atrás... Su nuevo proyecto, la historia de Cali, llamado Cali: ayer, hoy y mañana, surgirá de ese sentimiento, de esa realidad, y será el adiós a su ciudad natal y a cualquier video hecho de afán o por encargo... Se iniciará una nueva jornada en su camino, más seria y a la vez emancipada, autónoma, segura de sí misma, libre, y de su propio valor.


    El próximo domingo hablaremos de este episodio, vigente aún.