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    Especial Ospina (7): Adiós a Cali (1990)


    EXTRACTOS DEL LIBRO INÉDITO TRES CINEASTAS COLOMBIANOS (Bogotá, 1993)



    Adiós a Cali (Ospina, 1990)
    Todas las imágenes capturadas del enlace https://vimeo.com/44988444

    Por Juan Diego Caicedo (versión extraída de Oiga/Vea: Sonidos e imágenes de Luis Ospina [editado por Sandra Chaverra, Ramiro Arbeláez y Luis Ospina], Universidad del Valle, Cali, 2011, pp. 125, tal como se puede consultar como PDF en su página oficial http://www.luisospina.com/sobre-su-obra/libros/)

    La parte más ambiciosa y rica formalmente de este documental es la segunda, uno de los más estupendos logros en toda la trayectoria de Luis Ospina como documentalista. Combina las entrevistas a intelectuales caleños —Karen Lamassonne, Óscar Muñoz, Fernell Franco, Ever Astudillo— y a los encargados de la demolición del patrimonio arquitectónico de la ciudad, con la descripción de este proceso de cambio que deja perplejos, por decir lo menos, a los primeros.


    Ospina cita a Wim Wenders, como corresponde a su empedernida cinefilia, que tanto disgusta a quienes no aman el cine —aunque a veces, por desgracia, lo hacen y se sienten con autoridad para criticarlo— para decir que quizá se puede recordar algo mejor sin la mediación de una cámara. También cita una frase de Eduardo Escobar en el sentido de que el mundo está cambiando y no vale la pena hablar de sí mismo. Nos muestra su propia casa del norte de Cali que, justo cuando graba el material del video, está siendo demolida.

    Allí entra el director para dar inicio a su viaje por la destrucción, vertiginosamente impulsada por la máquina del tiempo. Se nos empieza a explicar luego cómo es que se procede, técnicamente, en las demoliciones. Hermosos planos con la cámara en movimiento registran las postreras impresiones del lugar que se habitó; las sombras de los obreros que echan abajo los cimientos se reflejan en las agrietadas paredes, como en un cuento pesadillezco de Lovecraft. Un tilt-up desde la piscina, próxima a la desaparición, hasta las que ya son ruinas de la casa, nos comunica una emoción muy personal, en la medida en que, como se ha indicado, nos encontramos ante un relato (documental) en primera persona. A la manera de Tarkovski, quien era partidario de fundir el sonido de las cosas con una música muy similar al mismo, Ospina presenta, en una sola unidad sonora, el martilleo persistente de los golpes de la obra y una composición que parece emanar de los mismos, tal como Pacific 231 del gran Arthur Honegger, causa la sensación de brotar del movimiento de un tren.




    A continuación, se da cabida, por primera vez, a las desconcertantes entrevistas a quienes podrían ser llamados profesionales de la ruina; uno de ellos confiesa, nada menos, que las demoliciones constituyen la “parte romántica”, el hobby de su compañía, la cual “rescata” casas viejas para reutilizarlas y, cuando no son rentables, simplemente las borra del mapa.

    Ospina recalca que una ciudad sin pasado es una ciudad sin memoria. Admirables paneos del magnífico camarógrafo Óscar Bernal, el mejor que tiene el documental colombiano, nos conduce a un zoom-back que incluye un árbol en cuadro. De nuevo, el paneo, una disolvencia y movimientos de tilt van del muro a los ladrillos que identifican a una de las más promisorias industrias del país, la de la destrucción-construcción. “Kali”, la deidad a la que la ciudad debe su nombre, es ya una diosa derrumbada, al igual que el Wotan de El anillo de los Nibelungos. Otro tilt-up, de unos baldosines a un muro, nos lleva hasta el símbolo satánico de la cruz invertida, dibujada sobre aquel, y una palabra escrita en grafiti, muy elocuente para el caso, “destruction”.

    A partir de ese preludio, que se podría calificar de estremecedor por la fuerza de las imágenes y el sonido, surge la obra del artista Óscar Muñoz, una especie de “arqueología contemporánea” fundada en un estado anímico particular provocado por un continuo ir y venir, de la negación destructiva a la afirmación constructiva de las ciudades modernas, algo que ya habíamos descrito en el caso del documental de Óscar Campo. Ello nos lo da a entender el mismo Muñoz entrevistado por la solidaridad de Ospina, quien suma a ésta, al unísono, otras voces de artistas que sienten otro tanto. Fernell Franco, el fotógrafo, afirma haberse quedado sin motivos para fotografiar; Karen Lamassonne se refiere a cuadros suyos en los que los lugares del pasado han quedado plasmados: si se va de la ciudad, si todo se aniquila, por lo menos le quedará el recuerdo cifrado en pinceladas; Ever Astudillo, pintor también, dice sentirse afectado por la aniquilación, por la falta de respeto hacia el pasado; Muñoz, una vez más, se siente desalojado de su memoria, de los espacios que son sus recuerdos. Así, los artistas caleños se muestran más preocupados por el problema que un buen número de individuos noveleros del país a quienes sólo seducen la moda y el consumo inmediatista de un mal llamado arte.


    Placas en la casa de una familia de apellido Valencia, tradicional en la ciudad e interesada en perpetuar su nombre, un epitafio enternecedor y el tilt-down desde las lápidas de unas tumbas hasta los ladrillos que hablan por sí solos, preceden a las manos de un obrero concentrado en su incesante martilleo. Ospina cita a Mircea Eliade quien hablaba de Kali Yuga como el último de los yugas. En la secuencia ha introducido, de forma muy laudable, la asociación demolición-muerte y sus ecos en un pensamiento oriental, el cual, sin saberlo sus autores, rinde tributo a una de las últimas ciudades de Colombia que sufre los devastadores efectos del progreso mal entendido.

    Óscar Muñoz declara, ahora, que Cali va a ser igual pero peor. Fernell Franco, que va a ser una urbe sembrada de edificios y rascacielos sin memoria para las generaciones futuras. Uno de los demoledores no comparte, por su lado, semejante pesimismo. Expresa que la ciudad va a ser al fin bella y, luego, un diciente zoom-back, el cual enseña las ruinas que lo rodean, lanza la consigna de demoler, de acabar con el pasado, para ceder el espacio a un mundo mejor, el del cambio.




    El clímax de Adiós a Cali es de mucha altura, poéticamente contundente. Un aviso —“Peligro: demolición”—, ladrillos preparados para una construcción, lápidas del cementerio, la cruz de la capilla de éste, bóvedas de sepulcros abiertos, sin ocupar, y un árbol viejo, inclinado como los jorobados, gracias a zooms y paneos felizmente concebidos, crean una sinfonía del desastre concebida (¡quién lo creyera!) para embelesar a los sentidos, los cuales halagan la plasticidad de esta iconografía, así como la elegía invita a llorar en medio de la armonía del verso. Volvemos al empleo de la cita, uno de los medios distintivos del estilo de Ospina, cineasta educado, al fin y al cabo, por Godard y la Coca-Cola. Esta es de E. M. Cioran: “Cuando hemos aniquilado el mundo y nos quedamos solos, orgullosos de nuestra hazaña, Dios, rival de la nada, aparece como una última tentación”. Las lápidas, los nichos, los escombros que caen a tierra como producto de la demolición, la música —que todo el tiempo ha estado revestida de una tentación trascendentalista— y árboles casi bíblicos, en los que nada ha cambiado desde siglos, todo ello apoyado técnicamente en los zooms y los paneos, anteceden a una cita postrera de T. S. Eliot: “Así termina el mundo. No con una explosión, sino con un lamento”. Y así termina la película de Luis Ospina.


    Lo más interesante de los paneos y zooms en cuestión es que, con frecuencia en un solo plano, sin necesidad de los artificios del montaje, crean el nexo entre las ideas destrucción-muerte y desesperanza-cambio (material y, potencialmente, espiritual, sin que se afirme ninguna creencia), sacando de la misma realidad, como lo quería André Bazin, sus sentidos esenciales, sin los efectismos del razonamiento intelectualmente forzado de los que, desde Eisenstein, el cine, y actualmente la televisión, han abusado con el objeto de tratar de imponer, verticalmente, una ideología o una posición. Los planos-secuencia de Luis Ospina en Adiós a Cali remiten a toda una estética del cine y los fenómenos audiovisuales, dentro de los cuales la realidad cobra sus derechos, los de ser más rica y elocuente que cualquier fórmula mental. Hay que saber observarla para hacer arte. Ospina es un buen observador, a más de que sabe muy bien para qué están hechos, sustancialmente, el cine y el video. Eric Rohmer decía, en su etapa de crítico que, simplemente, para mostrar, con todas las consecuencias estéticas que la palabra trae consigo. El documental de Ospina muestra lo real para adentrarse en las verdades eternas de las cosas.