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    Especial Ospina (6): Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986)


    DE LA REALIDAD AL MITO



    Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (Ospina, 1986)
    Todas las imágenes capturadas del enlace https://vimeo.com/30413482

    Por César Pérez (artículo escrito originalmente para Revista Kinetoscopio, Vol 6 [sic] – No 22, Noviembre – Diciembre, 1993, pp. 131s. Versión extraída de Oiga/Vea: Sonidos e imágenes de Luis Ospina [editado por Sandra Chaverra, Ramiro Arbeláez y Luis Ospina], Universidad del Valle, Cali, 2011, pp. 117s, tal como se puede consultar como PDF en su página oficial http://www.luisospina.com/sobre-su-obra/libros/)


    Humor y hasta humorbo —como se quiera—, gran fascinación por el horror y una constante y aguda crítica, se compaginan y entretejen en las obras de Luis Ospina, Carlos Mayolo y Andrés Caicedo. Ese Grupo de Cali que con gran exquisitez y sensibilidad se preocupó por rescatar la cotidianidad que les pertenecía, Cali: la urbe que les inspiró vida y que a la vez se las quita... “Maldita sea, Cali es una ciudad que espera pero que no le abre las puertas a los desesperados”[1].


    Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), si bien sólo se puede entender como un homenaje póstumo a Andrés Caicedo, encierra la tristeza y la ira que al mismo tiempo produce en Luis Ospina la falta de memoria. Aún más, la amnesia colectiva. “Morir y no dejar obra”, como él mismo dice. Preocupación que de igual manera manifestó Andrés Caicedo: “No importa lo popular que uno sea sino la huella que deje”. Este significativo hecho se pone de manifiesto cuando al comienzo del documental Ospina le pregunta a la gente común —y a quemarropa— si sabe quién es Andrés Caicedo, demostrando con las respuestas obtenidas, la ignorancia y el desconocimiento (por no decir amnesia) del pueblo caleño y provocando con ello tanto risa como pequeñas dosis de odio. Odio que  obedece a la pérdida de una ciudad que cada vez se vuelve más ajena a ellos mismos. Hecho que espanta a Luis Ospina, así como espantó a Andrés, quien consideró que esa ciudad que amaba sólo podía ser vivida por adolescentes. De allí que su última temática documental obedezca a la recuperación de esos personajes que cotidianamente son vistos y empleados, pero que de igual manera se discriminan y hasta se aíslan, como es el caso de A la carrera (1991), que tiene como protagonistas a los taxistas, o Al pelo (1991), que de igual forma rescata a los travestis que trabajan en los salones de belleza, etc. Ese mismo intento de recuperación o reconquista de su ciudad lo aplica —aunque de modo diferente— en Adiós a Cali (1990), en donde a través de planos lentos y rescatando de muy bella forma cada uno de los más pequeños detalles, remuerde el olvido al que fueron sometidas las viejas construcciones de la ciudad, haciéndolas ver aún más vivas al mismo tiempo, tristes y abandonadas.




    En Unos pocos buenos amigos, el sentimiento y la fuerza creadora que Caicedo despierta en quienes lo conocieron, esos pocos buenos amigos, rompen fuego dejando a un lado la esteticidad de las imágenes. Son, por el contrario, la simpleza y la emotividad de los relatos, las que hacen ver como propio y real lo que se está mostrando: la evocación de un mito. Y si bien puede parecer un poco egoísta de su parte, Luis Ospina pone en vilo la fascinación por ese mito, aun en quienes no lo conocimos. Mito que de una u otra forma marcó las vidas de quienes lo conocieron en épocas del Cine Club de Cali, de la Ciudad Solar, del Teatro Experimental de Cali, etc. Una historia que se agotó tan rápido y dejando tantas inquietudes que aún se intentan responder el mismo Luis, Carlos Mayolo o, más recientemente, Óscar Campo, quienes en medio de su trabajo de reconquista de la cultura caleña de una u otra forma recuerdan a Andrés y su fascinación por la vida y al mismo tiempo por la muerte.


    Esta dualidad de sentimientos (la vida y la muerte, el amor y el odio, la apropiación y el olvido) hacen de su cine y video un trabajo de provocación, misma que no debe ser entendida como el acto de agredir o incitar a la violencia, como algún día se le tachó con Asunción (1975) en la época del sobreprecio, sino la provocación a la reflexión y con ello a tratar de olvidar el olvido o matar la muerte. En Oiga vea (1971-1972), por ejemplo, es claro ese acto de provocación a la reflexión cuando a lo largo del documental le pregunta a la gente que se va encontrando si sabe qué es el Cine Oficial, el cual, por esa época, contaba con todo el apoyo para producir y se paseaba, como él, por la ciudad, filmando los VI Juegos Panamericanos, para vender una realidad ficticia. El resultado: un característico humor negro que disfraza y envuelve la crítica en cada una de sus películas y documentales. Esto sin hablar de la provocación de Agarrando pueblo (1977), una de sus obras maestras. Estas últimas características: el humor negro, la exacerbada crítica y la provocación están siempre presentes en ese grupo de pocos buenos amigos, que de una u otra forma dejan huella cada vez que se les mira.


    “No sé, pero para mí lo peor de este mundo es el sentimiento de impotencia. Darse cuenta uno que todo lo que hace no sirve para nada. Estar uno convencido que hace algo importante, mientras hay cosas mucho más importantes por hacer; darse cuenta que se sigue en el mismo estado, que no se gana nada, que no se avanza terreno, que se estanca, que se patina. Rrrrrrrrrrr - rrrrrr - rrrrrrrrrrr”[2].




    [1] CAICEDO, Andrés. “Infección”, en Destinitos fatales. Editorial Oveja Negra.
    [2] Ibídem.


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