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    Especial Ospina (9): Mucho gusto (1996)


    ENSAYO GENERAL SOBRE EL ECLECTICISMO INFERNAL


    Por María Lucía Castrillón (artículo escrito originalmente para Revista Kinetoscopio, No 40, Medellín, Noviembre – Diciembre, 1996. Versión extraída de Oiga/Vea: Sonidos e imágenes de Luis Ospina [editado por Sandra Chaverra, Ramiro Arbeláez y Luis Ospina], Universidad del Valle, Cali, 2011, pp. 223-227, tal como se puede consultar como PDF en su página oficial http://www.luisospina.com/sobre-su-obra/libros/)

    Para mi gusto, el estreno de un largometraje documental colombiano debería ser noticia nacional, en este caso de primera plana por tratarse de una obra de autor que da argumentos para creer que este género, a pesar de la crisis por la cual atraviesa (las apariencias engañan), sigue siendo el más interesante de la producción audiovisual nacional. El hecho se dio en Medellín el pasado mes de octubre. Para mi disgusto, sólo unos pocos disfrutamos de Mucho gusto (1993-96), de Luis Ospina.





    Se trata de un ensayo, en los varios sentidos de la palabra, que, a través del discurso de unas veinte personas, sin otras imágenes de apoyo y sin sacrificar el nivel conceptual, plantea un tema complejo en términos claros y es categórico en su juicio: entre gustos sí hay disgustos (qué tal que no). El problema está en el cómo se expresan los gustos. El anarquismo de gustos que se da en Colombia (y en el mundo) mata cada día a mucha gente, permite que se sigan destruyendo las ciudades, hace que el verbo discutir suene a bala. Para Ospina es un infierno ético y estético, una condena de la que sólo nos libra la tentación de lo bello...

    Ensayo: n. m. Operación por medio de la cual se examinan las cualidades o propiedades (de una cosa, o lenguaje) o de una manera de utilizarla.

    Por distintas razones, los cineastas en Colombia han ensayado poco. Las experimentaciones de lenguaje más interesantes se han hecho desde el documental. Los caleños han tenido mucho que ver y mostrar, y Luis Ospina es uno de ellos, tal vez el más prolífico, desde hace treinta años examina las cualidades del montaje.

    En su último ensayo, Mucho gusto, mediante el contrapunteo de entrevistas, verifica la capacidad expositiva del género para expresar preocupaciones intelectuales, reflexiones profundas sobre un tema concreto, vigente y universal. El ensayo es una forma distinta de concebir las posibilidades del discurso documental. No se enmarca en el discurso de la plástica, pero es altamente formalista. La narración admite distintos lenguajes y técnicas audiovisuales, expresa algo así como el mundo visible de las ideas. Ya no se trata de mostrar el rostro, sino su pensamiento. Los personajes pierden cierta dosis de romanticismo (bajos mundos, conflictos sociales y políticos). Los temas ganan en complejidad. El montaje es un producto híbrido que articula varios niveles de significación; forma y contenido ofrecen lecturas paralelas y complementarias.




    Así como en un momento la evolución del género se vio en la manera de mostrar y acercarse al sujeto filmado, ahora se da en la forma de dirigirse al espectador. En los años sesenta se exploró el discurso documental como medio de información; la convulsionada actualidad colombiana comenzó a ser enfocada por varias lentes desde distintos puntos de vista, no todos al margen del ángulo banal y superficial que hasta entonces habían escogido los noticieros y cortometrajes llamados documentales. En esta producción lo que más importó fue el tema. Luego aparecieron discursos más elaborados en su forma, que construyeron personajes, generalmente anónimos y algo exóticos, venidos de otras comunidades o clases sociales, que hablaron en primera persona de un país hasta entonces ausente de la pantalla; ensayos ligados a la antropología, a la sociología; búsquedas paralelas que en su diferencia presentaron algo en común: una postura diferente entre quien filma y quien es filmado, el ánimo de entablar otra relación con el tema y el personaje, más personal, más respetuosa. Las últimas propuestas corresponden a trabajos muy elaborados que no subestiman la capacidad del espectador. Según Óscar Campo, realizador y profesor caleño, el ensayo documental es algo así como la “utilización inteligente de la pantalla”. Yo diría que es un tipo de cine hecho por, con y para seres pensantes.

    Ensayo: n. m. Poner a prueba. Acción hecha sin estar seguro del resultado; primera tentativa.

    En Colombia donde pocos trabajos de cine y video se salvan del compromiso de dar gusto, muchos realizadores quedan a disgusto. Los prejuicios sobre lo que gusta funcionan como trampas y obstáculos para la creación. Valdría la pena ponerlos a prueba, aunque sería imposible hacer coincidir a productores, realizadores, exhibidores y público. Tal vez se lograría mostrar que lo bueno siempre gusta, independientemente de las modas.




    Al hacer Mucho gusto, Luis Ospina cuestionó los gustos y se atrevió a construir un largometraje a partir de testimonios, en un tipo particular de montaje intelectual fuera de cuadro, que empuja a cada espectador a armarse sus propias imágenes en la cabeza. “Estoy listo para un gran fracaso”, dice en un gesto de total escepticismo frente a lo que comúnmente gusta en el cine y la televisión. Si la televisión transmite discursos de políticos durante horas enteras, ¿por qué no concebir dos horas entre pensadores y artistas que hablan a la cámara en torno a un tema de interés general? Fue algo así a lo que llegó cuando decidió no utilizar las cinco o seis horas de material que había rodado en Cali, Bogotá, Cartagena y Medellín. “No quería editorializar” (demasiado, diría yo, los testimonios no lo libran de eso). Lo cual no es del todo un falso pudor, puesto que sería muy difícil incluir alguna imagen sin caer en la ilustración (obviamente arbitraria) de lo que es el buen o el mal gusto. En este caso se trata más bien de relativizar esos calificativos, de explicar ese reflejo casi inconsciente que obedece a complicadísimos procesos en constante transformación y explicar su influencia (determinante para el futuro del planeta).

    La idea de hacer un trabajo sobre el gusto en Colombia le surgió a Ospina durante el montaje de Nuestra película (1992), obra que realizó con y sobre el pintor Lorenzo Jaramillo, en la que apela a los cincos sentidos como hilo conductor de la narración. El proyecto arrancó gracias a una beca de Colcultura, de seis millones en 1993. “Inicialmente quería hacer una cosa kilométrica, eso duraba por lo menos tres horas. Los testimonios alternaban con imágenes sobre el mal gusto visible, la imaginería popular, la arquitectura, pero poco a poco el discurso fue cobrando autonomía y descarté los planos que servían de apoyo”, dice Luis Ospina. Además de esas imágenes, rodó más de treinta horas de entrevistas. Durante varios meses estuvo probando montajes, intentó cortar lo menos posible los planos secuencias (conservó pausas, risas, chistes). En la primera versión redujo todo el material a seis horas. Para cumplir con el plazo final de los resultados de la beca, entregó una versión de casi dos horas y media, haciendo malabares técnicos para perder lo menos posible de la calidad del video análogo, llegó a esta sexta versión de 110 minutos, editada en digital (la única que lo ha dejado a gusto...) No se excluye la posibilidad de que hayan más. En ella, prólogo y epílogo se muerden la cola y a partir de segmentos temáticos, argumenta un juicio inicial desde ópticas tan diversas que concilia un tratado de estética del siglo pasado con los Rolling Stones.

    Ensayo: n. m. Título de ciertas obras que estudian un tema sin pretender agotarlo.

    Si no estuviéramos tan seguros de lo que nos gusta, daría gusto oírnos. Pero los colombianos prácticamente desconocemos el gusto por el diálogo y la discusión. La exposición de las ideas ajenas no nos gusta, mejor las imponemos. Nuestro gusto por ciertas formas de progreso dan asco.




    Mucho gusto, sin ánimo instructivo, nos enseña el gusto por escuchar. En este caso una reflexión rigurosa y conmovedora sobre nuestros gustos e ideales de belleza, que en lugar de dejarnos a gusto, nos cuestiona en tanto ciudadanos de un país de mal gusto e individuos impositores de gustos.

    Este tratado, In memoriam de Luis Alberto Álvarez, es riguroso, coherente y claro. Con ayuda de definiciones que van de lo simple (un sentido corporal) a lo complejo (una manera de entender el mundo), muestra ese gigantesco universo donde reina la relatividad. En tono directo y accesible, pensadores y artistas abordan el problema del gusto: la fisiología, la antropología, la sociología, la estética, la historia, la filosofía, la crítica, el psicoanálisis, el arte, la publicidad y la gastronomía...

    Este tratado que deja claro que el gusto determina la existencia de la persona, tiene que ver con una manera de sentir, que a su vez corresponde a aspectos socioculturales, biológicos y psicológicos; define el significado de valores fundamentales: bueno, malo, placer, tolerancia, progreso, belleza, empatía, atracción sexual... Es entendido como efecto sensorial que permite comprender lo contemporáneo, síntoma de una ideología, se revela en la comida, el olor, el tacto, las manera de concebir el espacio público y privado. Es un sistema de códigos muy elaborados que distinguen a las culturas y a los individuos, crea formas de vida intuitivas, no lógicas (decía Kant), conlleva un juicio estético; el objeto del deseo depende del sujeto; la etnodiversidad invalida un único canon de belleza, pero los medios de comunicación en esta sociedad de consumo y de libre mercado transmiten la imagen de una moda que uniformiza; habitamos un mundo esteticista al punto que importa más la imagen que su contenido (los noticieros más que informar, se muestran para dar la chiva de última moda). Vivimos tiempos de sofisticada barbarie, asistimos al sacrificio diario del inventario humano; al negar otros gustos se niega la existencia de otros sujetos. Es todo un infierno y lo peor: puede tener fin.




    Este ensayo es bello en su dimensión ética y estética, tiene humor sin escapar a la gravedad de su juicio, plantea en la negociación de los gustos una salvación a la encrucijada que afronta la humanidad. Por ahora no se sabe si se logrará asimilar el viejo refrán que reza entre gustos no hay disgustos (por lo menos no de muerte). La conclusión del ensayo nos deja pensando:

    “El paradigma post-occidental sería posiblemente: Occidente maximizando, evolucionando, pero sin negar esas otras culturas y expresiones. Lo mismo se podría decir de culturas orientales que han necesitado a Occidente como esa otredad. En este momento yo creo que estamos entrando al siglo XXI, no solamente en Colombia donde hay una gran diversidad étnica y cultural, a veces en guerra, a veces en unas renegociaciones de esas identidades, sino que estamos viendo a nivel mundial. El siglo XXI va a ser un siglo de grandes confrontaciones, no necesariamente va a imperar el racionalismo y la ciencia, vamos a ver de nuevo resurgimientos étnicos, religiosos, fanatismos por esta búsqueda desaforada de establecer la identidad cultural y yo creo que va a ser una gran guerra posmoderna de gustos (...) acompañada con grandes armas, con unos argumentos culturales muy fuertes, en medio de la misma tendencia de un mercado homogeneizador, y de una tendencia a establecer un sistema económico y un mercado universal. Esta nueva cultura en conciencia planetaria, tiene entonces la opción de establecer un paradigma de convivencia, así como tiene uno de crear mayores rupturas, intolerancia; y muy pronto se va a determinar si la humanidad tiene la inteligencia y la capacidad de crear este diálogo de gustos y disgustos de una manera inteligente. Con toda la tecnología y los millones de años de evolución humana, de inteligencia humana, para sobrevivir”. Reflexión de la antropóloga Elizabeth Reichel.

    Ensayo: n. m. Prueba de una creación antes de presentarla en público, repetición de orquesta, obra de teatro, pieza musical.

    En un juego estructural que requiere pistas para descifrar del autor, Mucho gusto es una doble cita: de un lado a One Plus One (1968), una película de Jean-Luc Godard filmada durante el ensayo de los Rolling Stones de un mismo trozo de Sympathy for the Devil; de otro a la letra de la canción: “Encantado de conocerte, espero que retengas mi nombre” (“Pleased to meet you, hope you get my name...”)





    A pesar de lo relativo de los gustos, los opuestos existen, esa es la dialéctica del mundo al que estamos condenados, un infierno donde lo mejor es saludar al demonio. El juicio final del ensayo aparece al comienzo: “El infierno no es sólo ético y religioso, es también estético. Estamos inmersos en el mal y el pecado, pero también en lo feo. El terror de lo informe, de la vulgaridad y de la atrocidad nos rodea en innumerables figuras desde sus pigmeos comienzos a la deformidad gigantesca con la que la maldad infernal ríe sardónicamente enseñándonos los dientes. Y a ese infierno de lo bello al que queremos descender”. Estética de lo feo, de KarI Rosenkranz (1858).

    Ensayo: n. m. Cine de ensayo, películas que se producen y distribuyen fuera del circuito comercial normal.

    La historia prueba que los ensayos siempre han jalonado el lenguaje de las artes. Lo que ayer fue vanguardia, hoy puede considerarse moda y funcionar como modelo. En el documental colombiano, Luis Ospina y otros caleños han sido los “ensayistas” más constantes; sus propuestas han determinado en buena parte el rumbo del género. En los años setenta pusieron a prueba el discurso de la porno-miseria, en los ochenta se sumergieron en la ciudad como investigadores audiovisuales; cansados de hacer lo mismo y buscando no repetirse, en los últimos tiempos vienen explorando nuevas vías de creación.

    Mucho gusto es el último título de esa tendencia que podríamos llamar “formalista”. Óscar Muñoz, retrato (1992), de Óscar Campo, es el primero del que se tiene noticia, un corto realizado para el espacio Rostros y Rastros de la Universidad del Valle, narra las razones conceptuales que mueven al personaje en su trabajo creativo, en este caso un artista de la plástica. El mismo autor hizo Jesús Martín Barbero (1995), ensayo retórico que al discurso teórico del pensador social en plano medio, sobreimpone por asociación imágenes de la ciudad y se acerca a la fragmentaria visión posmoderna.




    Este tipo de trabajos no gustan mucho; al menos eso es lo que se deduce de la poca difusión que han tenido. Han pasado por la televisión sin mayor trascendencia, los comentarios que se han recogido los califican de abstractos y distantes del consumidor de la calle, hechos para intelectuales, la estrechez de los gustos parece condenarlos a circuitos menos comerciales: espacios "culturales y educativos", a horas insospechadas, sin ninguna publicidad, salas de arte y ensayo, videotecas especializadas. ¿Será que el buen gusto es elitista?

    Si nos ponemos a hacer cuentas de gastos, el balance financiero de Mucho gusto no nos deja a gusto y llegamos a la conclusión de que un trabajo como éste sólo se hace por gusto; los seis millones de la beca a duras penas alcanzarían hasta la producción, y en este caso se han editado como cinco o seis versiones. “Nos pagan tan poquito que yo en los créditos, dice Luis Ospina, siempre pongo ‘realización’; por su independencia de forma debería poner autor y coproducción”.





    Aunque Mucho gusto no se hizo para dar gusto, gustó. Ojalá la televisión, siquiera a título de degustación, estimulara la producción y divulgación de estos y otros ensayos. ¡El gusto también se educa!