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    Editorial Octubre


    ANIMALIZANDO EL DOCUMENTAL: REFLEXIÓN CHIGÜIRÍSTICA

    Por José Miguel Restrepo Moreno

    En la performance continua y rutinaria en que vivimos es que el documental puede existir, de otra manera es un grito ahogado, es un lamento en rebanadas, es un adorno al drama que es la vida, la existencia, el acto como acto, y nada más, porque la vida está compuesta es por eso, pequeños actos sin telón, sin divisiones explícitas, únicamente segmentados por la más fina filigrana del subjetivo modo de ver, sentir, pensar, abstraer.

    Actantes, más que silueteados hombres son los personajes, ni siquiera silueteados a nivel fisiológico o filosófico, incluso psicológico. El perfil de todo individuo debiese estar montado en teorías simplemente complejas: POR SUS ACTOS LOS CONOCEREIS.

    Si en un documental las cosas se ponen, ni siquiera la verosimilitud y el artificio de la puesta en escena ficcional logra derrumbar las barreras del tumulto o cúmulo de sentimientos refrenados por la rutina, y con ellas ambicionar demoler los miles de prejuicios que encarnan al espectador a la hora de comparar a todos los personajes de cualquier audiovisual con él mismo; competidor perenne de cada filme.


    Que el llanto sea llanto y nada más. Que la risa sea risa y nada más. Que una curva sea curva, en bicicleta o a pie, o en silla de ruedas, pero que sea la curva cotidiana y no la puesta para saberla hacer. Yo, el documentalista, cámara en mano, en helicóptero, entripodada, o camuflada, con sonido o sin sonido, debo ser el que trota, el que suda, el que se hermana y complementa la acción de vida, el momento vital, la performance que no se ve, porque se vive, se siente, se recrea, se brinca el plan premeditado y recitador, cuasi conmovedor, cuasi sensiblón, lacrimoso, asistencialista, porque no se compara, no se hermana, simplemente se observa desde ese ojo convertido en lupa, microscopio, flotador arrepentido de las corrientes y los remolinos de hacer estando por dentro.

    Sólo se puede recordar al ver, pero incluso para citar al recuerdo hay que ver, y no tratar de manosear la mirada para recolectar flores de un jardín muerto, afablemente embellecido.

    La performance en el documental, a mi manera de ver, es la acción que incluso aprende a detenerse, para morir, para vivir, como el tiempo, que, inexistente, nos permite construir la trama del paso por esta tierra alucinada. Trascender el impulso mecánico y el formalismo, para empezar a sentir, no debiera ser el plus del documental, sino el documental en sí.  El resto “es ñervo” para cortar. Cebo, necesario para el cuerpo que se desecha en el plato, en donde sólo el músculo vale, como corazón, bombeador de vida-pasión, alejado de obsesiones personales,  dañinas y maniqueas, para ser mostradas, exhibidas, rentadas, vendidas, sometidas al escarnio público.

    Hasta dónde puede sacar un realizador los fragmentos de la vida en cualquier historia que se convierta en trampolín o pretexto para contar, narrar, tatuar asuntos varios de la existencia humana, animal, vegetal o mineral. Creo que los cuatro reinos, o los que quiera cada uno contar, pueden citarse acá, siempre desde la perspectiva humana, eso sí, porque la razón indica que el video y el cine, hasta ahora,  el audiovisual en sí,  le es pertinente en su fase de producción-realización a los bípedos, no-chimpancísticos, no a las jirafas; tampoco a los chigüiros muertos de sed por miles en los latifundios del Oriente colombiano. Sería bien interesante de todas maneras que algún documentalista hiciera el ejercicio de pensar en eso, o pensar eso.  Meditar en eso. ¿Cómo harían los chigüiros colombianos para dar cuenta de su exterminio en las enormes haciendas colombianas? Haciendas o territorios  en donde el agua sagrada la dedican exclusivamente a bombear petróleo bajo tierra, regar palma africana en monocultivos extensísimos o  sacar oro a lo Dante en el Medioevo, pero con tecnología de punta, como siempre, desalmada en pro de los reyezuelos de turno.


    Considero que el documental de los chigüiros sería mucho más profundo que las noticias que dieron cuenta de dichas acciones, nunca vistas, sólo retratadas por jornaleros de la imagen, extenuados de su trabajo, manoseado y mal pago, por ende mal concebido. Imagino que los chigüiros sin patetismos amarillos, ni rojos, ni azules, ni rosas, habrían dado cuenta de lo que pasaba en esa tierras cuando la sed aumentaba y los primeros miembros de la familia morían de física sed. Esa acción, de morir de sed buscando el agua no necesita comentarios. Los chigüiros la habrían contado como es, sin adornos pendencieros, sin franjas, sin listones ni bandas sonoras catastróficamente patéticas, cual entierro de héroe de guerra oficial. Desearía ver en ese documental chigurístico a los chigüiros hermanados con el sufrimiento de sus hermanos, primos, concubinos, retratando lo que ellos están viviendo y no distanciándose con miradas expertas de eruditos investigadores no arriesgados por temor al pantano, la resequedad del cráneo o el avance de la pata de gallina por el excesivo y penetrante sol, no amortiguado por la ya harapienta capa de ozono, al mejor estilo de las túnicas de algodón transgénico.

    Los chigüiros sé que nunca entrevistarían a nadie. Observarían sin melancólicos movimientos estilísticos, ni montajes estructuralistas de cedo el turno, cedo el turno, cedo el turno. ¿Se preguntarían dónde está la sorpresa? ¿Dónde la amenaza? ¿Y el riesgo? ¿El aporte? ¿La particularidad? ¿El estilo?  ¿La revolución, o el también llamado arte?

    En fin, nunca habrá final feliz, si hemos aprendido algo de los héroes cotidianos que nos inspiran, porque no se quejan a pesar de la adversidad, ni  tampoco muerden el polvo para que nadie los aplauda y festeje por su dolor. Los héroes cotidianos nos deben inspirar, nos deben permitir ver la muerte y la vida sin fascinación, ni fastidio. Ellos nos invitan como los animales a sacar enseñanzas sin boleto a la reiteración, para continuar y devolviéndonos cuando haga falta, repletos de dudas, de murmuraciones, de encrucijadas, de defectos, forrados en la capa del sentimiento fiel, tragado y expulsado cuando indigesta, sin ofuscación distinta al reflejo orgánico. Enseñanzas que mienten sin querer para permitir sobrevivir. Enseñanzas  que caminan con dolor, y que incluso se pueden presentar arrepentidas, para abrir nuevas puertas, nuevos senderos, nuevas búsquedas.


    El documental que no busca no debiera salvarse. El documental que no se duele no debiera citar la rabia. La vida que no es vida y se retrata, simplemente pinta la publicidad de las colectividades en aras de atormentarse en círculos viciosos de patéticos ayes que otros pueden aplaudir sin escandalizarse, porque solo hacen parte de la pompa fúnebre de un lenguaje que se vitorea al parecerse, sin aparecer, como una lengua sin voz.

    A veces prefiero la mano nerviosa del chigüiro que retrata, que la pata segura del culto que se repite.