• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Los noventa: "La lista de Schindler" (Schindler’s List, 1993), de Steven Spielberg


    LOS VALORES PERDURABLES


    Por Santiago Andrés Gómez (publicado originalmente en Revista Kinetoscopio, Vol. 20 - No 90, Abril - Junio, 2010, pp. 25 - 27)

    En el momento de su estreno, La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), de Steven Spielberg, parecía responder a un movimiento de la sociedad norteamericana, quizá no unánime, pero sí notable, contra la violencia, y tanto más significativo cuanto surgía desde el interior infernal de una violencia, sobre todo mental, que pugnaba por reventar de muchas maneras. Un año atrás, Los imperdonables (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood, era saludada por Thierry Jousse, en Cahiers du Cinéma (número 462, diciembre de 1992), como la mejor representación de ese movimiento silencioso o, más bien, de ese sentimiento colectivo que, luego del show mediático en la guerra de 1991 contra Irak, y de los sangrientos disturbios en Los Angeles por el caso de Rodney King, terminaría poniendo todas sus esperanzas en Bill Clinton, un estadista opuesto al belicista George Bush Senior. Precedida por el pacifismo angustiado de cintas como Gran Cañón (Grand Canyon, 1991), Fiebre de jungla (Jungle Fever, 1991) o el mismo western de Eastwood, La lista de Schindler, sin embargo, con su contraste entre la nobleza de su aproximación a las víctimas y la concisión con que representaba el sadismo nazi, no significó sino el fin de una ilusión en la paz como alternativa.

    El portentoso arranque de Malcolm X (Lee, 1992)

    De todas maneras, el cine ya acusaba, en las películas contemporáneas de Martin Scorsese y David Lynch, un afloramiento de bestialidad que habría escandalizado al mismo Sam Peckinpah o a todos esos cineastas norteamericanos, como Robert Aldrich, Don Siegel o, en un espíritu más formalista, Brian De Palma, que desde fines de los sesenta mostraron en sus obras, sin ningún prejuicio, un interés central por actos y modos de ser bastante crueles, sobre todo en comparación con lo que había sido el cine de Estados Unidos hasta entonces, incluyendo al cine negro, al western y al cine policíaco, géneros en los que asesinatos tan brutales como la famosa descolgada de un minusválido por una escalera, en El beso de la muerte (Kiss of Death, 1947), de Hathaway, se explicaban por el desajuste moral del criminal. Lo que estaba en juego cuando se filmó La lista de Schindler era una batalla perdida por el sostenimiento de unos valores que llevaban varios años desmoronándose en las películas y que en la sociedad acaso eran cosa del pasado. Incluso el cine pacifista de Eastwood, Spike Lee y Lawrence Kasdan al que hemos hecho referencia, no ignoraba la necesidad de una nueva brújula, pero si al final la cinta de Spieblerg no sirvió de norte, nada podía ya servir.

    Aunque para el famoso director estadounidense La lista de Schindler no era la expresión de una inquietud coyuntural, ni por la violencia, ni por el tema específico del filme, sino todo lo contrario, un sueño de muchos años, y la maduración de sus más lejanos conflictos de identidad, la película surgió en un momento afortunado para todos, o mejor dicho, peligroso para todos, en que la negación del Holocausto Judío comenzaba a volverse frecuente en el discurso de algunos movimientos políticos en muchas partes del mundo: “Le Pen en Francia, los republicanos en Alemania, Shirinovski en Rusia” (Álvarez, 1998). No obstante, La lista de Schindler terminó siendo, en el cine de los noventa, una especie de canto del cisne de todo lo que Spielberg significaba como heredero de una tradición clásica y como representante de los más tradicionales valores de confianza en lo establecido, en ese “bien absoluto” que es la lista de Oskar Schindler, dentro de la trama de la película, para el pueblo judío y para el espectador más sugestionable, antes de la irrupción del cinismo pleno que inmediatamente encarnarían Pulp Fiction (1994), de Tarantino, Asesinos por naturaleza (Natural Born Killers, 1994), de Oliver Stone, y Fargo (1996), de Joel y Ethan Coen.

    La secuencia de la trituradora, en Fargo (Coen Brs., 1996)

    A la Cracovia ocupada por los nazis, llega un elegante miembro del partido que busca hacer empresa y, para ello, se aprovecha de la situación de guerra contratando la mano de obra más barata del momento: judíos. Estos han sido confinados en un ghetto de donde algunos de ellos, los empleados de Schindler, salen diariamente a trabajar en su empresa. Conforme crece la violencia contra los judíos, luego del casi total exterminio del ghetto, Schindler va tomando gestos de protector que no parecen muy meditados, pero que sí alcanzan a explicarse por un diálogo sobre el poder que tiene con Amon Göth, el sanguinario comandante del campo de concentración de Plaszów, adonde han sido llevados los sobrevivientes del ghetto. A todo el que esté en peligro, Schindler lo emplea, haciendo pequeños sobornos, y con ello el niño, el anciano o el rabino que se ha ganado un odio gratuito de Göth, quedan a salvo como “trabajadores esenciales”. Cuando los nazis deciden llevar a Auschwitz a todos los judíos de Plaszów, Schindler, que sin saberlo ha compartido con los judíos una experiencia humana invaluable, decide emplear todo su poder y fortuna eligiendo para su empresa tantos judíos como pueda. Al final, son más de mil los judíos que Schindler logra salvar.


    Liam Neeson (Oskar Schindler) y Ben Kingsley (Itzhak Stern)

    La trama de La lista de Schindler es bien sabida, y no carece de importancia, pero se ve nutrida por un sinnúmero de detalles que hacen de ella una cinta nada obvia, maquinal ni determinista. Muchas personas han criticado lo que constituye un toque de sabiduría inesperado en el Spielberg de siempre, manipulador probado y eximio, desde la inteligente Reto a muerte (Duel, 1971), hasta la elemental Jurassic Park (1993), y es que la transformación de Schindler se vea en el filme como algo caprichoso e intempestivo. Esa apariencia, por un lado, es relativa, y su mismo carácter de falencia también es relativo, pues además de que todo en la película apunta, con los detalles más sutiles, hacia ese cambio, lo más convincente de la cinta es justamente que a Schindler simplemente lo vemos reaccionar, y a veces su reacción es precedida nada más por un largo silencio, como sucede en la secuencia del insomnio durante el cual, como supone uno después, él decide entregar toda su fortuna al empeño de salvar a esos judíos que, luego de tanto trajín y tanta contingencia, ya conoce por su nombre… Lo mejor de un cine serio, respetuoso y fiel al enigma de la vida está en ese acercamiento elíptico y perplejo al personaje protagónico.


    Ralfph Fiennes (Amon Göth) y Liam Neeson (Oskar Schindler)

    Por demás, la exaltación a la memoria de Schindler pudo ser no más que eso en la cinta de Spielberg, una idealización de hechos que tal vez carecían del humanismo que el cineasta pone en su héroe, lo cual es otra de las críticas comunes a la película. Pero sería ingenuo valorar la obra por su apego o traición a esos hechos. Más decisivo sería el tratamiento del contexto, un contexto que penetra la trama y la mueve de un lado a otro, y que cambió la historia de la humanidad, pero aunque yo peque de hereje, La lista de Schindler tampoco reconstruye propiamente el Holocausto. Este podría no haber sucedido, y sin embargo el filme nos prevendría de él con una riqueza imaginativa que toca lo más profundo de nuestra vapuleada o incluso anticuada humanidad.