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    Los 90: Luis Alberto Álvarez sobre “Pulp Fiction” (Tarantino, 1994)


    NADA IMPORTA



    Iniciamos este gran y sin embargo insuficiente especial sobre la década de los noventa, con el vivo interés por revisar lo que se dijo, debatió y decidió o terminó por suceder en aquellos apresurados años, tal vez más importantes de lo que creemos para nuestra realidad audiovisual de hoy, con el contraste propuesto en Kinetoscopio 30 entre la visión sobre Pulp Fiction (Tarantino, 1994) del gran crítico de cine Luis Alberto Álvarez y nuestro miembro fundador Rafael Mauricio París Restrepo, que apenas incursionaba en la crítica por entonces y cuyo texto, de un valor ciertamente generacional, publicaremos el próximo domingo.

    Por Luis Alberto Álvarez (artículo publicado originalmente en el periódico El Colombiano, el 5 de marzo de 1995. Versión transcrita de Páginas de cine, vol. 3 [Universidad de Antioquia, Medellín, 1998, pp. 223-228])

    Escribiendo desde Cannes un crítico alemán decía hablando de Pulp Fiction (Tarantino, 1994): “los críticos viejos quedaron molestos, los jóvenes salieron entusiasmados”. Me siento horriblemente aludido y encajonado dentro de esta torpe interpretación de las cosas (pese a no haber sido ni de los viejos ni de los jóvenes que estuvieron en Cannes), porque considero particularmente infame reducir el rechazo o aceptación de esta película a un bache generacional, a estar o no fuera de onda. Tal vez por esa razón sentí un insólito placer al ver cómo, en esta violenta Medellín, racimos enteros de jóvenes abandonaban la sala a donde fui a verla. No creo, pues, en los críticos jóvenes, tal vez aquellos mismos que hace unos años militaban en un marxismo fundamentalista (¿hay acaso otro?) y que hoy practican un amoralismo heavymetalista, como adoradores de la brutalidad catártica que les ofrece el cine de las décadas de los ochenta y noventa. Su fascinación es ahora la de los hermanos Coen, quienes decían sentirse encantados con el ritmo frenético de un cuerpo que está siendo ametrallado o que, comentando una escena de una de sus películas declaran: “era ya hora de derramar un poco de sangre, porque la película estaba en peligro de ponerse de buen gusto”.



    Quentin Tarantino

    Con ocasión del estreno de De paseo a la muerte (Miller´s crossing, Coen Brs., 1990), escribí algo que es casi lo mismo que estaba intentando expresar acerca de mi experiencia con Pulp Fiction:

    Ir contra corriente nunca ha sido agradable y, por lo que respecta al cine, hay momentos en que la duda lo asalta a uno y comienza a preguntarse si, en realidad,  está manteniendo unos criterios válidos adquiridos y depurados o, simplemente, se está poniendo viejo, fuera de onda y ha comenzado a no comprender las nuevas expresiones de la realidad. Pasado de moda… fuera de onda… La sospecha me la da leer a los críticos y comentaristas especializados de los grandes periódicos y revistas del mundo. Esta fue, por ejemplo, la impresión que Paseo a la muerte causó en el muy cotizado David Denby de Nueva York: “En estos hermosos decorados hay asesinos con cara de hacha escondidos bajo sus elegantes sombreros y que profieren de las comisuras de sus bocas trozos mascullados de cuasi poesía. Todo en la película tiene sabor y peso masculino, el amado whisky oscuro de contrabando, las pesadas ametralladadoras, la sangre negra que gotea audiblemente sobre el piso”. En otros tiempos (¿ya estoy hablando asi?) el gran público, como ahora, consumía grandes cantidades de basura, pero también una buena parte de la crítica se sentía en la obligación de pescar de entre toda esa masa aquellas cosas que representaran valores estéticos y morales de una cierta permanencia. Tal vez se cansaron de ir contra la corriente. Hoy las grandes revistas de cine buscan entrar en la gran ola de la competencia medial y han decidido que deben atrapar público canonizando el cine que antes, sigo creyendo que con razón, consideraban desechable. Hoy han decidido incorporar en sus esquemas todas estas cosas, darles un status estético, canonizarlas, tal vez por no tener que sentir la extraña sensación de vacío que yo siento al ver que todo en mí desaprueba aquello que se supone debería acoger con entusiasmo.


    Pulp Fiction (Tarantino, 1994)

    Pulp Fiction ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes y es uno de los más firmes candidatos a los Óscar de este año. Las revistas especializadas le dan a su director, Quentin Tarantino, un halo de genio; dicen que domina la historia del cine de la A a la Z y que todos los trucos y técnicas del medio son manejados por él con absoluto virtuosismo. Que el tipo de cine que él hace sea el modelo propuesto por el medio para este año de su centenario es algo que huele a descomposición y a últimos días, después de los cuales se le dará la alternativa definitiva a los juegos de video. Alguien describía la característica esencial de estas obras de esta lúcida manera: “durante un tiempo la frontera entre lo normal y lo patológico se había vuelto borrosa… ahora es obsoleta”.

    Lo que me esperaba de Pulp Fiction era una película extremadamente violenta pero brillantemente entretenida. Mi impresión después de diez o quince minutos cambió esta perspectiva: si bien es, comparativamente, menos violenta que otras cosas a las que nos ha acostumbrado el género, me resultó particularmente verborreica, aburrida y visualmente pobre (“¡ah! ¡es la estética de lo feo!”, me replican), todo lo cual sería simplemente anecdótico de no ser por la insoportable inhumanidad de la que nos hace testigos y la glorificación que esta inhumanidad  obtiene.




    Pulp Fiction (Tarantino, 1994)

    El apelo a la pulp fiction, la literatura policial de folletín por entregas (llamada así por el crudo papel de pulpa de madera en que se imprimía), le permite a Tarantino prescindir de cosas muy importantes pero que parecen molestarle: creación de personajes, construcción narrativa creativamente organizada (o desorganizada), punto de vista y comentario sobre lo que nos presenta. Para el guión de Pulp Fiction él y su colega Roger Avery se comportan exactamente como los escritores de folletines: ponen a hablar sin parar a sus figuras, no de nada que importe realmente, de masajes en los pies o de diversas clases de hamburguesas, con un desinterés y una mecanicidad que es igual a la manera que utilizan para asesinar, con premeditación o por accidente. John Travolta y Samuel Jackson (este último con un poco más de vitalidad), son figuras de juego electrónico. Todo esto podría servir como aporte a un análisis de comportamientos de nuestra época, pero Tarantino parece tan despreocupado con esto como con sus historias entremezcladas de mala manera. Da la impresión de que para el director nada importa realmente y que es lo mismo inyectarse heroína, comerse una hamburguesa burger king o volarle los sesos a alguien. La diferencia entre humor y drama no existe y se supone que uno debería reírse con una masacre, con la aplicación en el corazón de una inyección de adrenalina, con dos bestias humanas sodomizando a un capo mafioso negro o con dos gángsters limpiando cuidadosamente un carro de los restos de cerebro de un compañero al que mataron por error. El problema no es que la película muestre inhumanidad (eso lo han hecho desde siempre casi todas las películas de la historia del cine), sino que el director opta sin problemas por la inhumanidad, integra cotidianidad y patología sin ninguna dificultad. Asesinos por naturaleza (Natural Born Killers, 1994) de Oliver Stone está basada en el guión de Quentin Tarantino y este rechazó la forma como fue llevada a la pantalla. Es comprensible, porque, si bien la cinta de Stone tiene su propia infamia, no hay duda de que su director busca entender el terror avasallador a que nos abandona. Un director que declara: “la vida es un enigma para mí, el periódico de todos los días me horroriza”, no tiene nada que ver con la aceptación jocosa de la bestialidad que proclama Pulp Fiction.



    Pulp Fiction (Tarantino, 1994)

    El background de Tarantino no es, propiamente, la historia del cine, sino las formas externas, los empaques vacíos del cine, la televisión, el video. Sus citas no son homenajes nostálgicos sino colecciones de fetiches, la perversión absoluta de esa cinefilia americana que se complace en averiguar cuántas veces Humphrey Bogart se lleva el cigarrillo a la boca con la mano izquierda y cuántas con la mano derecha. La cinta está llena de alusiones a series de pantalla chica y a películas de serie Z, pero tampoco estas citas revelan cariño o el recuerdo de una experiencia humana interesante. Los personaje consumen su junk-food frente a un televisor que transmite sin cesar junk-movies como autómatas desprovistos de toda gracia. Tarantino dice ser admirador del primer cine de Jean-Luc Godard, pero  en su película no hay ni sombra de la frágil y amenazada elegancia de Belmondo en Sin aliento (À bout de souffle, Godard, 1960) o el  toque romántico de Bande à part ([Godard, 1964] cuyo título emplea Tarantino para su compañía productora).



    Pulp Fiction (Tarantino, 1994)

    Entre los actores Samuel Jackosm, María de Medeiros, Bruce Willis y la pareja de Tim Roth y Amanda Plummer (los jóvenes atracadores) le dan  a sus personajes una cierta caracterización. Los premios otorgados a John Travolta por su interpretación no son explicables si no es por la sorpresa ante un personaje insólito para él. Pero en el desfile de divos sorpresa que [es] esta película no hay lugar para crear a fondo un personaje. Uma Thurman es, como siempre, tan bella como inexpresiva en su papel de la chica del jefe. Sólo su rostro marcado por la muerte inminente, por sobredosis, la saca de su esquema de muñeca Barbie. Tanto ella como la expresiva María de Medeiros sufren de un guión donde el amor, la ternura y el sexo son marginales y casi ausentes, un extraño contraste con la presencia de ambas en Henry y June (Kaufman, 1990), donde amor y sexo eran todo. Para Tarantino el amor es tan falto de interés como cualquiera otra cosa en la vida, incluso la muerte. Esto es lo que hace que esta película, supuestamente de acción, se arrastre con sus tres historias mal hilvanadas a lo largo de dos horas y media de [sic] que dan la impresión de ser cinco o seis.



    Pulp Fiction (Tarantino, 1994)

    Es lo que tengo que decir sobre esta película profundamente decepcionante y, de nuevo, admitir que no logro absolutamente entender su exaltación por una parte de la crítica.

    Luis Alberto Álvarez, un espectador intensivo (Castañeda, 2012) - Teaser