• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Dos capítulos eliminados de "Fuera del amor" (Universidad de Antioquia, 2013)


    FUERA DEL AMOR (capítulos 8 y 9)

    Compartimos con ustedes, a modo de aguinaldo, dos capítulos eliminados de la novela breve Fuera del amor, durante el proceso de edición del libro Todas las huellas. Tres novelas breves (Universidad de Antioquia, 2013)

    ***

    Ocho

    Pedro, el editor de la revista de cine en donde trabajo, me ha respondido un correo que le envié anteayer, y me ha dejado en vilo… No hay alternativa: si quiero que mi último artículo sea publicado, es preciso citar el libro que extravié en la biblioteca del Colombo y que, en una parte del escrito, critico sin decir el título ni el nombre de la autora, los cuales he olvidado. Pedro dice que otras ligerezas mías de ese corte, en artículos anteriores, pudieron ser pasadas por alto gracias a la solvencia de mi exposición, pero que ésta es “imperdonable” porque no hago una simple referencia anónima a ese texto, sino, precisamente, acusando como ilógico su postulado de la “inexistencia del autor”. Según Pedro, eso es una contradicción penosa, y aunque yo, defendiendo esa negligencia, alego que cualquier teórico que niegue al autor no merece ser mencionado, ignorar su nombre, dice Pedro, sí resultaría impropio en este caso, y le quitaría seriedad a mis ideas.

    Es una contrariedad insalvable, no sé cómo encontrar el dato que necesito. En la biblioteca del Colombo no solo he buscado ese volumen por estantes y mesas, y en el carrito donde se llevan los libros que hay que reubicar, y en la sala donde guardan los que se deben arreglar por deterioro, sino que también he hecho en vano hasta lo imposible por averiguar su título en el catálogo, descartando una pista tras otra (tema, país, idioma, etc…) Ya no sé qué hacer, y Pedro, en esta ocasión, se muestra inflexible. En tales condiciones, creo, la única posibilidad para que el artículo se publique sería no hablar del libro, sino, en general, de la tesis que refuto, pero pese a que, al parecer, eso es a lo que me veré obligado, yo no quedaría nada satisfecho.

    Lo que quisiera es dejar en claro que ese libro me importa un rábano.

    De cualquier modo, ahora le escribo a Pedro que mañana le enviaré una nueva versión del artículo, con esa ambigua modificación.

    Luego de enviar el mensaje, voy a apagar el computador y me detengo… “Se me olvidaba”…, pienso. “Hace tanto que no entro a un sitio porno, que ya perdí la costumbre”.

    Haber terminado mi noviazgo con Mónica me da grandes permisos, y, de hecho, he disfrutado enormemente poder leer esta mañana sin la presión de las llamadas y salidas que, hasta ayer, me exigía la producción del corto, pero cuando terminé la lectura me sentí vacío, solo, un tanto inútil… Añoraba a mi novia con un afán sincero, pero puramente carnal, y el creciente latido de un deseo imposible de hartar, cuando menos en el corto plazo, me hizo pensar de inmediato, aunque con calculadora reticencia, en Valeria, y también en la oportunidad, más cercana, y así de halagadora como de frustrante, de deleitarme viendo chicas desbocarse en la pantalla de mi computador.

    Ingreso en el portal…

    La oferta es ilimitada: diálogos voyeuristas en línea, bases de datos para ligar en Medellín y en cualquier lugar del mundo, imágenes de dominación sádica, de modelos solitarias, de abuso infantil, de parejas de toda clase… Hay para todos los gustos, y por eso se puede decir que uno también llega a conocerse un poco a sí mismo viendo porno en Internet… Las elecciones que se toman en ese laberinto, la actitud frente a las opciones que uno escoge, los sentimientos que preceden a esa decisión y los pensamientos que le siguen después, la curiosidad, los temores, el asombro que te provoca un hermafrodita despampanante, el estragado pesar ante una mujer que se deja penetrar por un perro, y que uno ha querido ver no solo en una fotografía, sino en video, esperando más de un minuto a que el computador descargue la información, el arrobamiento ante una chica que parece encarnar el tesoro más celestial, las recriminaciones sin sentido luego de haber visto a un adolescente follándose a una viejita arrugada, todo eso es un caudal afectivo insospechado y al que tienes un acceso que te puede parecer a veces peligroso, u ofensivo, y casi siempre vil, o ilícito, pero al que te entregas con la convicción del todo ciega –o tal vez nada más con la creencia– de que, bien que mal, en ese momento eres, si no más completo, siquiera un poco más libre, más recorrido…

    A decir verdad, muchas veces viendo porno he aprendido cosas fulminantes de la mujer, y del hombre, de mí mismo… Desconocidas posturas en la cama, gestos reveladores de la pasión, debilidades naturales del cuerpo, imperfecciones graciosas del acto, y también los notorios detalles que revelan, sin querer, los extremos a los que nos llevan en el engaño las más perniciosas ilusiones de la lujuria, y que no son sino deformidades circenses: las ubres de mastodonte, la guaya de un bus de colegio… Ver a una esposa que por dinero se acuesta con un amigo del marido, mientras éste la graba, puede significar muchas cosas, y no solo la evidencia de que eso sea posible. Es algo que dice mucho de los otros, de sus fantasías y atrevimientos, pero que también habla, de refilón, sobre aquéllos que, siendo igualmente otros, no son los mismos del video, ni encontrarán nunca su placer de ese modo… Pero ante todo, a mí ese video, como todo el cine, me muestra quién soy yo, que lo veo y quiero apartarme…

    “Ni siquiera en el porno se disuelve el autor”, pienso, con una especie de perversión, una manía cerebral… “Puede ser un lenguaje puro, y al mismo tiempo una realidad imponente, que no necesita de mucho amaño, pero quien lleva la cámara lo define casi todo, aunque no parezca”… En el porno está lo más animal del hombre, y al mismo tiempo el automatismo, la rutina más pura, y la fuga en tropel del ánima de sus personajes tal vez sea casi indiferente para quien la presencia en carne viva, detrás de unos lentes, pero tampoco es, de ningún modo, lo que menos le importa… De hecho, lo que uno descubre, en una mezcla de fascinación y cansancio, cuando mira el porno con cierta atención, y con cierta distancia –cosa que por lo general solo es posible cuando se ha dejado de mirarlo hace un momento–, es esa peculiar frialdad que guía a quienes lo producen, y que, sin embargo, toma formas disímiles, opuestas, algunas innegablemente bellas…

    En el portal que acostumbraba visitar por la época previa a mi noviazgo con Indira, después de haber salido del tratamiento, y durante el periodo que hubo entre ella y Mónica, descarto vínculos escabrosos de orgías borrachas o excentricidades de feria, y elijo los que más me gustan… Busco en especial alguna galería con fotos nuevas de Katie Fay, una modelo hermosa, de abundantes senos naturales y fresco rostro de arroyuelo… Encuentro a la hembra en poses un tanto más arriesgadas de lo usual en ella, y cuando amplío una de las fotos no puedo evitar un murmullo de agrado ante esa forma de guitarra onerosa que se abre discretamente, revelando a medias el secreto que antes guardaba con tanto celo… Será mejor cerrar esta ventana, salir de este sitio ahora que me he calentado lo suficiente como para revivir el crepitante fuego que por varios días he mantenido tan dormido… No me quiero masturbar todavía, prefiero una mujer de carne y hueso, y no dejo de imaginar, con incómodo apremio, cómo se verán desnudos los tiernos pechos de Valeria… Cualquier fantasía en la que no esté Mónica me sirve para olvidar su delicada espalda, su cuerpo delgado y armonioso, sus manitos juguetonas…

    Apago el computador, cierro las cortinas, me niego a sobarme la entrepierna, voy serenamente hasta el armario y saco un suéter, me sueno la nariz, me unto el lubricante para los labios, que se me resecan fácilmente, me aplico una loción de manos que necesito por la inexplicable alergia que sufro, y me acuesto, me acomodo, me desabrocho el pantalón, cierro los ojos y me entrego a mi hora de siesta… Para relajarme, permito que todo pensamiento escape. Las formas de Katie Fay me acosan, aunque traen consigo una voluntad más profunda… Quiero sobar un cuerpo, pero la realidad es que no hay cómo. La realidad es que estoy aquí, solo, y que en el fondo lo que más quiero es relajar la bisagra de mi rodilla derecha, centro de mis tensiones, las tuercas de mi nuca, mi seño adolorido, Dios mío, tan pero tan adolorido… “Relájate, relaja tu seño”, pienso, y mi cuerpo entero se afloja cuando una línea de paz se extiende desde el centro de mis cejas hasta las sienes… “Relaja tu corazón… Mi corazón se relaja”, me digo, y es como si tumbara al suelo todas las injusticias del mundo, como si se elevaran al cielo las ruinas y despojos de la última hecatombe de judíos y palestinos, y como si no hubiera tampoco secuestros ni niños tarados del hambre, y este baño con jardines colgantes al que entra mi profesora de inglés es ya un sueño, y es tan curioso cómo aparece de la nada, que despierto un poco, pero me estoy yendo, y por la calle pasa dando campanadas el camión del gas, y no abro los ojos ni aunque me paguen, y la ansiedad ya solo está en que el sueño nunca es el mismo, y cuando niño, recuerdo, el reloj de arenas multicolores por donde el universo deslizaba mi pecho, no volvió jamás a cernirme, ni volví a empujar por un bosque el carrito de mercado en donde un día llevé a mi sobrino, y relajo los dedos de mis pies y vuelve a aflojarse mi cuerpo, de raíz… Un estremecimiento atraviesa mi muslo, escurriéndose la preocupación inútil de la vida, y me duermo del todo…

    De pronto han pasado mil cosas, un robo a un casino, un baile de viejos amigos, y estoy con Mónica en una pequeña tarima elevada cientos de metros sobre el centro de Medellín… Me pongo a arrancar la maleza que crece entre las junturas del tablado, al pie de una batería de rock, y le digo: “Aquí es donde duermen los sueños”… Ella me responde: “Ya tengo sonámbulo, pues”, y soltamos una carcajada… La beso, ella me muerde la nuca… Le aprieto la nalga, porque ahora estamos desnudos, y despierto con mi sexo hecho un tiesto… “Estoy cebado, carajo”…, pienso, y me levanto de un tirón… Voy hasta el teléfono, en la sala…

    -          ¿Vos no estabas dormido? –me pregunta mi madre, sentada en el sofá, con la camándula en su mano.

    -          Sí, mami. Estaba…

    El número del Matacandelas todavía me lo sé de memoria.

    -          Buenas tardes, ¿con quién hablo…? Hola, Sergio… Con Santiago… ¿Puedo hablar con Valeria, por favor? Gracias.

    Quiero invitarla a salir, ver qué puede haber entre nosotros, demostrarle quizá que lo único que busco no es “fornicar en paz”, como le dije alguna vez en la clínica… Pero no demoro en darme cuenta de que esta llamada no tiene sentido…

    Valeria me dice que no puede verse conmigo… Hablamos un rato solo porque el grupo está descansando, luego del almuerzo, y ella todavía tiene un poco de tiempo antes de volver a trabajar. Me cuenta que está ennoviada con Cristóbal, el director del grupo… Asombrado, le pregunto si está loca. Ella me dice que no del todo, pero que está haciendo lo posible… Con una carcajada le respondo que se nota, sin duda, que el Matacandelas le está calando, y me dice que sí, sin advertir mi sarcasmo, y enfatiza que está dichosa, que no le importa nada que no tenga que ver con el grupo…

    Era previsible. Yo mismo pensaba así, incluso cuando más harto estaba con esa gente…

    No he querido dejarle sentir demasiado a Valeria cuánto me gustaría salir con ella, sobre todo porque al final de nuestra conversación me doy cuenta de que, a sus ojos, esa intención solo le haría parecer que, simplemente, sigo llevando unas ganas locas de llevármela a la cama, y no más, unas ganas que fueron frustradas varias veces en la clínica y que permanecieron apenas distraídas en el fondo de mi ser por un tiempo. A final de cuentas, yo mismo debo aceptar que, por más que pretenda otra cosa, tampoco me interesa mucho ir más lejos: deseo su cuerpo, y ya, con una lujuria rapaz, casi impersonal, y que se aplacaría, muy fácil, con otra visita a Internet, o tan solo bajándome los pantalones…

     “Bueno”…, pienso, con el teléfono inalámbrico aún en la mano… “Las cortinas de mi pieza están cerradas”…




    Nueve

    Hace ya más de una semana terminamos, y todo me la recuerda…

    No más para meter mi mochila en la maleta del carro, hace media hora, de viaje a la finca con mis padres, el leve dolor de mi hombro izquierdo me hizo revivir los besos que Mónica me dio la noche anterior a nuestra ruptura, cuando, al cruzar Ayacucho, bajando hacia el Metro desde Omero Manzi, por perseguir a una cucaracha me golpeé contra la punta de una reja que sobresalía del ventanuco de un parqueadero, y, después de verme gritar de dolor, ella me bajó la camiseta y, sin importarle nuestra reciente pelea, me cogió la herida a picos.

    -          Mi novio, mi novio lindo… –susurraba.

    De repente, el recuerdo de su llanto al otro día me sobrecoge, como un relámpago… Me paso la mano por la cabeza, aprieto mis dientes, y gimo para mis adentros. A través de la ventanilla del carro, que conduce mi madre, las ramas de un bosque de pinos trazan veloces rayones…

    -          Mi amor, ¿qué te pasa? –pregunta ella, y, sin inmutarse, con un veloz quiebre de cabrilla, esquiva a una campesina que, con un bebé en sus brazos, cruzaba la autopista corriendo.

    -          ¡Animal! –exclama mi padre.

    -          Nada, mami –respondo–. No me pasa nada…

    “Yo puedo cambiar”, insistía Mónica, con la voz entrecortada, “no terminemos, Santi, por favor”. “Es una decisión, mi amor”…, me obstinaba yo, y, con odiosa torpeza, corregía: “No, ya no mi amor… Mónica”…

    -          Te noto callado por estos días… –dice mamá.

    -          ¿De verdad? –pregunto.

    En mi pieza, cuando hago yoga, encuentro largos cabellos sueltos de Mónica en el suelo, y a veces, luego de terminar con mis posturas, los acaricio contra mis mejillas, con los ojos cerrados y mi ser perdido en las memorias más tiernas…

    No entiendo cómo llegué a quererla tanto.

    Hace poco, yendo a donde Carlos, mi mejor amigo, luego de pasar por el Matacandelas para devolver las boletas de la función de video, que Mónica decidió cancelar el mismo día en que terminamos, pasé al frente de Diógenes, la taberna de bolero y son a donde fuimos la noche de nuestra primera salida, y en el cielo resplandecía, con una redondez perfecta, la misma luna que los dos admiramos entonces. ¡Qué dolor fue recordar, en el frío y la soledad de la calle a esas horas, las otras veces que contemplamos, arrobados, la luna llena! La melancolía romántica de muchas canciones de las que siempre me burlaba, me atravesó en un silencio más parecido a la muerte, sin embargo, que cualquier lamento que pudiera entonar… Era ese silencio, no el dolor, mi sufrimiento. Me sentí arrancado de mí mismo, como si alguien distinto hubiera caminado, en vez de mí, cogido de la mano con Mónica en la dicha más sencilla, imperceptible y, ahora, cruelmente extinta…

    “Tu rastro es imborrable, Mónica”, pienso… “Todo lo que me diste permanece intacto”.

    -          No volviste a cantar –observa mi madre, con esa hechicera intuición que siempre parece leerme el pensamiento–. ¿Estás triste o es idea mía?

    -          ¿Querés que te cante? –bromeo.

    -          Cántame…

    Yo no lo pienso dos veces, y entono, con voz grave…

    -          Quiero emborrachar el corazón para olvidar un loco amor, que más que amor es un sufrir…

    -          Ajá –asiente mamá.

    -          Avemaría –dice papá.

    -          Te hace falta Mónica, ¿no? –me pregunta mi madre.

    Siento que he cedido en algo, que sin darme cuenta he dejado ver una tristeza de cuya existencia soy bien conciente, pero no acepto.

    -          Querías que te cantara –explico–, y te canté. No es más que eso.

    -          Bueno, mi amor… Si tú lo dices.

    -          ¡Pero con qué sentimiento! –comenta mi padre, con sorna.

    Yo sonrío, y mi sonrisa se desvanece en un gesto de resignación. Las colinas que rodean a La Ceja y bajan hacia el pueblo verdean bajo el sol, como un bucólico madrigal.

    -          Yo a Mónica la quiero –digo–, y sé que todo lo que vivimos fue muy bello… No voy a negar que me hace falta… Al contrario, la extraño mucho, pero sé que lo que hice fue lo mejor para los dos… Me imagino que ella también aprenderá de esto…

    -          Así es, mi amor –responde mamá–, y las cosas se van dando… Si lo de ustedes ha de ser, será.

    -          Lo de nosotros ya no ha de ser –replico, un poco molesto–. Carlos me dijo lo mismo que vos en estos días. Lo primero que hizo fue preguntarme por Mónica, y, cuando supo que habíamos terminado, me empezó a decir que lo mejor era que habláramos, que resolviéramos las cosas…

    -          Y tú le dijiste que no… –me interrumpe mi madre, con un cierto tono de reproche.

    -          ¡Pues claro! –exclamo– ¿Qué tal uno quedarse toda la vida resolviendo lo mismo?

    -          Hay que pasar por los zapatos –le recuerda papá a ella.

    Estamos a punto de llegar al pueblo. Pasamos al lado del lujoso restaurante que hay medio kilómetro antes del ancho letrero que da la bienvenida a La Ceja, y por la gravilla del parqueadero desfila una familia entera: la abuela, una pareja, dos niños, y un perrito.

    -          Es que el problema venía desde mucho antes –concluyo.

    Mamá le da dos palmadas a mi padre en el muslo, le aprieta los cachetes y le dice, sonriendo:

    -          ¿A quién se parecerá este hijito nuestro, ah?

    -          A Elizabeth Taylor –digo.

    Mi padre no puede contener la risa. Entramos al pueblo. En un costado del primer parquecito que uno se encuentra, hay un carro viejísimo, de inusual color café, con la trompa abierta, y sin nadie alrededor.

    -          ¡Ve! –exclama papá, señalando hacia la izquierda.

    Mi madre gira bruscamente y entra por una calle vacía.

    -          Ay, mijito… –me dice ella– La vida da unas vueltas…

    Avanzamos en silencio. Por una esquina aparece tambaleándose un borracho con un gran raspón en la cara, y da un tumbo intempestivo hacia el carro.

    -          ¡Huy! –se asusta mamá.

    Parqueamos frente a una casa vieja, de puerta muy estrecha.

    -          ¿Sí es aquí? –pregunta mamá.

    -          Sí –responde papá, y se baja.

    Llama dos veces, y de un almacén vecino, una papelería en la que también se exhiben largas filas de chanclas variopintas, colgadas de un cartón, se acerca una jovencita delgada, de cabello castaño, que saluda a mi padre, abre la puerta y lo invita a pasar.

    Mamá se gira en su asiento y me aprieta la mano, sonriéndome. Luego se acomoda otra vez, se quita las gafas oscuras, y se queda mirando la acera de enfrente.

    -          Hubo un momento de nuestro noviazgo en el que nadie hubiera creído que tu papá y yo duraríamos tanto casados… –dice.

    -          Ustedes como que peleaban, ¿no?

    Mamá asiente, distraída, y, de pronto, alza la cabeza, como si cayera en cuenta de algo.

    -          ¡No! Solo una vez…

    -          ¿Y por qué fue? Yo solo he sabido que fue por celos de mi papá…

    -          Exactamente… Una mujer quiso dañarnos la relación…

    -          ¿Una mujer? ¿Pero entonces los celos fueron de quién?

    -          De él… Lo que pasa es que a ella, que era muy amiga mía, le terminó un novio que vivía en el pueblo donde Fernando estaba haciendo la judicatura, y por eso la mujer pensó que nosotros le habíamos arruinado la relación contándole chismes al otro… Algo tendría que temer, ¿no? El hecho fue que ella, cada que iba a mi casa, empezó a llevarme a un señor que yo ni conocía, para que la gente pensara que yo estaba viéndome con alguien distinto a tu papá…

    -          ¿Y eso sí tenía algún efecto?

    -          ¡Claro! Fernando llegó un día a donde mí, todo prevenido, porque seguramente ya le habían contado quién sabe qué historias, y me encontró atendiendo a ese señor, y con verlo en mi casa tuvo… Le dio rabia de que yo no pudiera decirle que se fuera a alguien que había ido a hacerme visita, y ahí mismo salió, sin despedirse, y me escribió una carta horrible…

    Papá toca la puerta, con un paquete en su mano, y con señas le pide a mi madre que abra la maleta del carro.

    -          Te dijo que vos no eras digna de ser la madre de sus hijos… –me adelanto, porque ese pedazo de la historia me lo sé desde niño.

    -          Imagínate… –dice mamá, tapándose la cara– Y yo libre de todo pecado…

    Papá entra y mamá enciende el carro.

    -          Hay procesión –le informa papá–. Tenemos que desviarnos…

    -          Pues claro… Estamos en la fiesta de la Virgen del Carmen… –recuerda mamá.

    -          Volteemos por la Clínica… –propone mi padre.

    -          No… Por allá también debe estar cerrado… –responde mamá– Déjate yo pienso bien…

    Nos ponemos en marcha. Un grupo de colegialas camina por la acera. Una de ellas juega con un bastón brillante, haciéndolo dar vueltas en el aire y tomándolo con la otra mano.

    -          Papi, ¿y vos por qué decidiste volver con mi mamá, si ella no era digna de ser la madre de tus hijos?

    Mi padre solo alza las cejas.

    -          Se arrepintió… –contesta mi madre por él– Se arrepintió de tratarme así…

    -          ¿Y vos le hiciste caso después de lo que te dijo?

    -          Quemé todas las cartas que me había mandado, y las que me envío después se las devolvía sin leerlas… Sin abrirlas siquiera…

    -          Por aquí no es, negrita –se queja mi padre llevándose la mano a la frente, cuando damos con un lote baldío en una calle ciega.

    -          Bueno, esto tampoco es tanto problema –intento relajar a papá.

    Mi madre retrocede, mirando por el retrovisor.

    -          Discúlpame, mi amor, discúlpame… –susurra– Pero no me tensiones más, que así es peor…

    -          ¡Téngalo…! –grita afuera una voz de niño.

    Por detrás del carro pasa un muchachito montado en una bicicleta demasiado aparatosa para él, y, sin detenerse, se queda mirándonos.

    Luego recorremos los suburbios del pueblo, bordeando una unidad residencial en construcción, y tomamos un camino que desconozco, empedrado y lleno de charcos y baches.

    -          Nos perdimos –se queja papá.

    -          Yo sé por dónde vamos –dice mamá.

    -          Le devolvías las cartas sin abrirlas siquiera… –retomo la historia, en medio de los brincos del carro– ¿Y entonces?

    -          ¿Entonces? Me empezaron a llegar noticias de él… Bernardo, un amigo de tu papá, que fue el que nos presentó, me contaba que estaba muy mal, que estaba bebiendo…

    -          ¿Bebiendo? ¿Te pusiste a tomar de la pena moral, papi?

    Él no responde. Va con la cara contraída por la ansiedad. Al fin exclama, como si se acabara el mundo:

    -          ¡Vea eso!

    A lo lejos se ve una nutrida cabalgata que se acerca por el camino empedrado.

    -          ¡Negrito! A la finca llegamos, no te preocupés, que a la finca llegamos, y si no se le puede pagar hoy al jardinero, se le paga mañana…

    -          Bernardo te contó que mi papá se estaba emborrachando, ¿y vos qué hiciste? –pregunto.

    -          Ve, ¿y a vos qué mosca te picó? –repica papá.

    -          Yo le dije: Mirá, Bernardo, vamos a hacer una cosa –continúa mamá–… Vas a hablar con él y le preguntás qué es lo que le pasa, si siente algo por mí, y si lo que siente es en serio… Si él de verdad está por algo, si vos ves que así es, le decís que me llame, y vemos qué pasa…

    -          Y te llamó –adivino sin esfuerzo.

    -          ¡Me llamó! ¡Lloramos por teléfono como hora y media!

    -          ¡Hora y media! –me asombro.

    -          Pregúntale a él a ver si no es así…

    Yo no le pregunto nada. Lo miro. Es un anciano bien conservado, de muy buen ánimo, que mira con ofensa cómo pasan los caballos al lado del carro, en medio de una gritería de borrachos, y que no manifiesta ante la historia de su noviazgo otra cosa más que un silencio inescrutable…

    Me pregunto qué habrá en mí de su enigmático carácter…

    De pronto sentimos dos fuertes golpes en el carro.

    -          ¡¿Qué fue eso?! –grita mamá.

    -          Un borracho –digo yo, mirando hacia atrás. El jinete nos mira muerto de la risa.

    -          ¡Hijueputas! –refunfuña papá.

    Mamá se orilla y detiene el carro.

    -          ¡No…! –se lamenta papá–. Con suerte estaremos llegando el domingo…

    -          Ya… Esto pasa… –lo tranquilizo.

    -          Pues sí, mijito… –reflexiona mamá– De modo que no hay por qué cerrarse a las cosas… No hay nada más bello que una pareja que reconoce sus errores y se confiesa su amor… Eso es lo más lindo que puede haber en una relación de pareja, porque es aceptar todo lo que se necesitan el uno al otro…

    -          ¿Lo más lindo? –exclamo, fingiendo un escándalo mayúsculo– ¿Y es que para vos lo que más importa es que las cosas sean lindas?

    -          ¡Sí…! ¡Que sean lindas…! –recalca mamá, e insiste–: ¡Lindas…!

    Yo me río. Me quedo mirando el llano que se extiende al lado del camino. Comienza a atardecer, y frente a una casa rústica que se ve detrás de una verja de madera, una pareja de campesinos se revuelca en el piso, a las carcajadas, atacándose a cosquillas, como locos, con entusiasmada violencia…