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    En los cincuenta años de The Times They Are A-Changin’


    LA VOZ DEL POLVO

    Por Santiago Andrés Gómez

    A Camilo Suárez, parlante

    Yehudi Menuhin, de quien ya hemos hablado alguna vez en este recuento de grandes elepé del rock, el sabio violinista que tanto hiciera por el diálogo intercultural e intergeneracional en la música mundial, y por la consecuente comprensión de este fenómeno en un sentido amplio a lo largo y ancho del mundo, mucho más allá de las divisiones genéricas, por ejemplo entre música culta y música popular, afirma en un capítulo inolvidable de su estupendo libro La música del hombre (escrito en los setenta en colaboración con Curtis Davis, y del cual se desprendió una memorable serie de televisión), que algunos exponentes de la música rock eran dignos de lo más selecto o sutil y complejo, digamos expresivo, de la música de todos los tiempos, o sea, de Dufay a Bartók, someramente, pasando por Purcell, por Beethoven, por Pergolesi. Entre los autores que recuerdo que él mencione, están el Paul McCartney de Here, There and Everywhere, y el Bob Dylan de Blowin’ in the Wind.

    "No sigas líderes, vigila los parquímetros"


    Para el momento en que Menuhin hacía esa aseveración, ya la imagen de Dylan estaba en franco desgaste, pero al mismo tiempo se comenzaba a ver ese desgaste como una especie de giro o incluso declive propio de la misma grandeza que lo identificara desde el principio como un rebelde, un iluminado que de pronto se hacía delirante, que era tan independiente como tozudo o a veces desfasado. Tal vez Menuhin ni siquiera se hubiera enterado aún de lo que sería el mayor fiasco de la carrera de Dylan: su conversión apasionada en esos mismos años al cristianismo, que lo conduciría por un tiempo a giras estrepitosamente fallidas, en las que lo recibían miles de personas nada más que para abuchearlo, desesperadas de que un autor libertario se diera a profecías milenaristas: “Quizá no vuelvan a verme, pero recuerden que esto lo oyeron aquí: ¡que Jesús es el Señor!” (Tempe, Arizona, noviembre de 1976).

    Ya a mediados de los ochenta era sabido por todos que Dylan, en cierto sentido, era una leyenda del pasado. Llevaba el peso de todo lo que prometiera fallidamente “su sueño”, como reza la portada del Beggar’s Banquet de los Stones, que ironiza con un graffiti que lleva tal expresión con una flecha a un inodoro. Todo lo grande y toda la desilusión del rock estaban vivos en Dylan como una amargura digna, que ya no sorprendía a nadie pero que, para quien lo conociera, significaba mucho más que la pervivencia de lo humano en el mundo: era como la realidad última de la vida. Cuando un admirador devoto, John Bauldie, fundador y director de The Telegraph, periódico dedicado a investigar la carrera y la obra del portento inmensurable que fuera Dylan, se le acercó por primera vez, este solo le dijo: “Asegúrate de decir la verdad”.




    Hoy: Robert Allen Zimmerman (Duluth, Minnesota, USA, 24 de mayo de 1941)
    Más que rock, rock de verdad

    Esa verdad es ciertamente tentadora y difícil de reconocer. Si se mira a vuelo de pájaro, desde 1963, cuando Dylan graba su primer elepé, aunque también desde antes, desde 1961, cuando se decide a viajar a Nueva York y conocer a quien fuera su primera gran inspiración y luego su maestro reconocido, Woody Guthrie, de quien portaría una chaqueta, ya muerto aquel, en su primer gran concierto, la vida de Dylan, sobre todo en los sesenta, pero también hasta los años en que pedía esa aplicación de sus biógrafos a la verdad, es una sucesión atropellada, muy azarosa pero muy natural, de momentos clave, que solían levantar costra, dejar huella, hacer historia, antes por lo impetuoso de su protagonista, luego por el nivel de sus implicaciones, más tarde por la estela que Dylan traía consigo... y todo eso es lo que hoy podemos celebrar como los cincuenta años, medio siglo de un momento en que “los tiempos cambiaron”.

    En 1964, cuando el álbum The Times They Are a-Changin’ sale a la luz pública, Dylan apenas está emergiendo como la figura gigantesca que será luego. No ha llegado aún al célebre instante en que su presentación con instrumentos eléctricos en el Festival de Folk de Newport de 1965 generará en desbandada la postración absoluta, la rendición definitiva de la juventud norteamericana al rock, incluyendo por supuesto a esos Beatles que justo entonces dirán ser más famosos que Jesús y conquistarán así el terror del FBI y de toda la institucionalidad de los Estados Unidos de América. Sin embargo, es eso lo que se está fraguando: es eso, en más de un sentido, lo que anuncia el nombre del larga duración. Si el disco anterior de Dylan, The Freewheelin’, había comenzado a conquistar al gran público, en este el cantante se revelaría plenamente con canciones suyas de un nivel nunca antes visto en su país.


    Pero para que surgiera una canción como The Lonesome Death of Hattie Carroll, el penúltimo tema de The Times They Are a-Changin’, y, en este sentido, según mi superstición y entender, el verdadero mensaje del disco, algo muy profundo debía haber también desde antes... Mejor dicho: un cambio debía haber sucedido para que el disco nos alertara, o una alteración previa existía en el mundo, en el ambiente de la sociedad norteamericana, como para apenas hacer conciencia de ello, y así el gran álbum consistiría en una suerte de floración. Pero no se trata nada más de que ya existieran un Woody Guthrie, o un John Steinbeck... (la primera canción de Dylan es dedicada a Guthrie, y uno de los temas más famosos de Guthrie homenajea a Las uvas de la ira)... En una entrevista de Paul Williams al fotógrafo y, por un buen tiempo, gran amigo de Dylan, Elliot Landy, este decía unas palabras reveladoras:

    “Por supuesto, uno piensa que Bob Dylan es una persona muy politizada, pero es evidente que no lo era. Es un tío psíquico [sic]. Me dijo que era un maestro del lenguaje... que sabe manejar muy bien el lenguaje y que lo que escribía eran solo cosas que estaban en el aire, lo que significa que las captas psíquicamente, intuitivamente. Así que simplemente captaba esas cosas psíquicamente, y sabía manejar el lenguaje para convertirlas en música y poesía. De eso estoy completamente seguro [...] Bob no habla mucho. Le gusta escuchar... necesita a la gente para saber lo que pasa, ¿sabes? Él sabe que sabe lo que tiene en la cabeza –está muy convencido de sus propias opiniones y es difícil hacerle cambiar de idea– una vez que lo tiene claro, ya está. Pero le gusta escuchar, lo cual es una gran cualidad en un ser humano. El problema es que a veces no puedes sacarle una respuesta clara. A mí me gusta cómo es”.


    ¿Cuántos caminos debe uno caminar
    antes de llamarse hombre?
    ¿Y cuántos mares debe surcar una paloma
    antes de dormir en la arena?
    ¿Y cuánto tiempo tienen que volar las balas del cañón
    antes de ser prohibidas para siempre?
    La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
    la respuesta está soplando en el viento...

    ¿Cuantos años puede durar una montaña
    antes de que sea lavada por el mar?
    ¿Y cuántos años puede cierta gente existir
    antes de que se les permita la libertad?
    ¿Y cuántas veces un hombre puede girar el rostro
    y pretender que no ve?
    La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
    la respuesta está soplando en el viento...

    ¿Cuántas veces un hombre debe de alzar la vista
    antes de que pueda ver el cielo?
    ¿Y cuántos oídos debe uno tener
    antes de que pueda oír llorar a la gente?
    ¿Y cuántas muertes tendrán que pasar hasta que uno sepa
    que mucha gente ha muerto?
    La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
    la respuesta está soplando en el viento...

    The Lonesome Death of Hattie Carroll nos relata una historia en una de las primeras cúspides del arte lírico de Dylan. William Zanzinger, más que adinerado individuo, lanza un bastón a una mujer en una reunión social, en Baltimore. Ella, Hattie Carroll, es una criada, madre de muchos hijos, nunca se ha sentado a la mesa con la gente que atiende, nos cuenta Dylan, y desde el principio sabemos que Zanzinger la mató con su acción, que el hombre ha sido apresado, que se ha reído de su acusación por homicidio en primer grado gracias a su confianza en el poder que tiene, a que pronto saldrá bajo fianza. Dylan nos cuenta en largas estrofas quién es cada personaje y parecen fotos lacerantes de la Gran Depresión pero en entornos opuestos, como hubieran querido los primeros cineastas soviéticos o muchos escritores marxistas, como el propio Vargas Llosa, que ese año publicaba su primera novela.

    La estrofa final es proverbial. El juez golpea el estrado con el martillo de la justicia, mira severamente a William Zanzinger y demuestra el imperio de la ley insobornable condenando a quien no sintiera nada al hacer lo que hizo a seis meses de prisión. Entre tanto, el coro nos ha repetido varias veces esta frase turbadora: “Y ustedes que filosofan sobre la desgracia y critican todos los miedos, quítense el pañuelo de la cara, que no es tiempo aún para sus lágrimas”. Literalmente, no hay nada más que decir. De alguna forma, lo que Erich Fromm llama pensamiento paradojal, algo que todo artista verdadero cultiva pero que el filósofo de la Escuela de Frankfurt definió de tal manera, se expresa a plenitud en el arte de Dylan, en esa visión intuitiva, ese manejo del lenguaje que capta “lo que hay en el aire” con una mirada honda, que no se estrecha, digamos, en dualidades, ni de bien y mal, ni de deber o castigo.




    Qué uñitas

    La pregunta: ¿está validando (hay quienes usan la palabra “reificar”), o como quisieran cuestionar muchos críticos del relato realista, reproduciendo esquemas? Aquello que, por ejemplo, a una de las más famosas corrientes literarias de aquellos tiempos, el boom latinoamericano, se le atribuye mucho: el perpetuar valores tradicionales (machistas, sobre todo) por su representación sin ambages de los mismos, que no era tan inocente y de hecho pareciera celebrar los hechos nada más por ellos ser, por suceder, no creo que pueda echársele en cara a Dylan, pero desde luego si uno mira bien, hay cómo entender que él quedara luego en aprietos cuando se le exigiera una postura más decisiva al respecto. Ni Lennon, ni Dylan, ni el mismo Bob Marley, pasaron de la expresión poética de un misterio trágico, sin duda infame, pero ante el cual ninguna revolución, y el castrismo lo demostraría en breve, podía resolver.

    Por el contrario, ellos eran aun más revolucionarios, no en su individualismo, ni en alguna eventual, inevitable resignación ante injusticias que, sin duda, podían favorecerlos, grandes fortunas especialmente, sino por los alcances de su arte, de su música sobre todo, pero esto es también la resonancia desesperanzada y visionaria de su escritura. Cuando el poeta Allen Ginsberg le preguntó a Dylan si quería ser inmortal, y por qué, este respondió: “Sí, me gustaría que mi obra sobreviviera”, y citó a continuación una frase del malcriado Henry Miller: “Un artista inocula al mundo su desilusión”. El pacifismo a ultranza de Lennon, el misticismo loco de Marley, la irritante desorientación de Dylan, son muestra de esa, para mí, ejemplar desilusión, que a nadie satisface. La frase monstruosa, la frase devastadora, la frase indescifrable y sin embargo definitiva de la canción que hemos tratado es: “no es tiempo aún para sus lágrimas”.



    Y no es necesario ser un plañidero del castigo eterno para encontrar allí una sabiduría que no aligera ninguna de nuestras cargas, si no es con el pregón de su absurdo inevitable. Si dices: mal de muchos, consuelo de todos, no niegas el desagrado que te afecta, lo refrendas, lo quisieras negar. Dylan seguiría siendo durante años, aun hasta hoy, un artista que no se dejaría clasificar por las tendencias comerciales, menos que nada por la popular idealización del sexo en que otros vivirían revoluciones mucho más cambiantes de lo que podría creerse, los Stones a la cabeza, con Lou Reed y Freddy Mercury, e intocado por las mil otras tendencias que ha habido, del satanismo al techno, pero, tal como lo reseña Bill Wyman (no el “stone alone”) en un texto reciente (ver http://www.vulture.com/2014/07/how-did-bob-dylan-get-so-weird.html ), tampoco ha querido jamás dar gusto ni siquiera a sus admiradores: algo genial.


    Caso aparte, por supuesto, es el sonido de su literatura. El insuperable guitarrista Eric Clapton ha enfatizado sobre el asunto de esta forma: “Musicalmente no tiene sentido para el erudito. Cuando toca el piano, solo tiene sentido para el que lo oye, solo para él. Si fueras músico dirías: ¿pero qué estás haciendo? No tiene sentido. Y lo mismo cuando toca la guitarra. Haga lo que haga, es como si tuvieras que esperar un año o dos para poder coger el punto de poder escucharlo. La primera vez que lo oyes, es inútil. Después reflexionas y te das cuenta de que es perfecto”. Los sonidos de Dylan solo surgen del polvo veraz de la carretera y de sus afines en la caminata: Kerouac y Guthrie. Ese hombre que a los diecinueve años era ya un desterrado, que sin méritos se ganaba el odio de sus compañeros en su residencia universitaria, no supo nunca, lo sé, cómo cambió todo por solo saber decir lo que su voz pedía.

    El domingo hablaremos más de estas cualidades musicales en el tema que abre y da nombre al inmortal álbum del que nos hemos hoy ocupado: The Times They Are a-Changin'.