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    "La madre" (Dayipâpârâ, 2014), de Marta Hincapié Uribe


    LA CAJA DE MÚSICA


    La madre (Dayipâpârâ, 2014), de Marta Hincapié Uribe 

    Por Santiago Andrés Gómez

    A Selnich Vivas Hurtado, maestro, amigo, hermano

    Aún no comprendo, y tal vez es una ojalá pasajera falla mía, cómo no se ha advertido la grandeza de este documental, de esta obra fílmica, o texto audiovisual, o película, pues, que poco tiene que ver con “la realidad” en el sentido de lo que se ve o lo que hay, sino con una verdad más de largo aliento, y sobre todo deducida por una personalidad, digamos que decantada, o quizá también imaginada, quizá también soñada, y esto en un sentido visionario del sueño, un sentido profético tal vez, que revela lo que es improbable.

    Supongo que esa ligera intrascendencia de La madre (Dayipâpârâ, 2014), de la realizadora colombiana, más antioqueña que la arepa, Marta Hincapié Uribe, pero de mente universal, como su propia madre, la famosa y eminente investigadora social María Teresa Uribe de Hincapié, se debe a que, en una o dos palabras, en tres, no sabemos ver. Yo no es que sea muy ducho aún en la apreciación del cine indigenista, o cine indígena (creo que hay diferencias, los adjetivos lo sugieren), pero siento que en esta película hay una sensibilización notable del cine occidental, del documental clásico o más bien de la tradición del documental, pues el documental clásico no ha sido sino una transformación de su propia convención, la de los treinta, sobre todo, hacia un asunto que trastoca por completo la percepción que hubiera quizá deseado el ente productor y, me parece que muy naturalmente, la institucionalidad antioqueña que encargó la realización del video.



    Más a fondo, La madre nos lleva siquiera a contemplar la asunción de una manera muy distinta de ver el cristianismo, más cercana, por ejemplo, a posturas ecuménicas como la de Juan XXIII, o incluso a la de reformadores cristianos excomulgados por la Iglesia católica y romana, como Erasmo o, por su apropiación personal, Lutero. En últimas uno se siente conectado a un entendimiento que pareciera místico, y eso quisieran muchos adoradores escolásticos del fervor desencarnado en Antioquia, pero no llega a ser tal, sino más bien panteísta. El humanismo, incluso sensual, en desmedro de un teísmo sublimado e incorpóreo, no es otra cosa aquí sino una integración con lo natural y un reconocimiento de lo divino en el orden material de la creación: en lo animal, en lo vegetal, en lo mineral. Mucho en lo mineral, en el correr del agua, en el golpe de la lluvia sobre las hojas, en los reflejos de la luz, en las sombras, en los colores de los elementos, en la gracia de los sonidos.

    El documental se inicia con las palabras del Papa Bergoglio en el Vaticano sobre Madre Laura: dice que llevó la esperanza a los pueblos indígenas, haciéndose “todo para todos”, como reza la asombrosa frase de San Pablo (un tanto megalómana, pero, en cuanto a él, y a otros, exacta sobre la ambición de hacer el bien). Seguidamente, la narradora en un texto fuera de cuadro nos revela que en el año de la canonización de Laura, inicia un viaje para descubrir lo que fue su experiencia. Se interna primero, como la monja, en la selva, en Dabeiba, conoce a los pobladores y dice una frase que, para quien sepa ver, oír y pensar, no puede pasar por alto: se pregunta cómo sería la vida en 1914 para los embera, que huían al monte con la esperanza de que no los encontraran. Es apenas el primero de muchos sablazos a la arrogancia cristiana, aun la del tan célebremente humilde papa Francisco. Los embera no necesitaban esperanza, ya tenían la de vivir sin la intromisión de nadie. Con todo, Madre Laura será pues una esperanza ante el catolicismo convencional, el de la Cruz y la Espada. La sutileza de Marta, con toda seguridad, va entrando por los oídos aunque uno no se dé cuenta.



    En el convento Marta es testigo (con su camarógrafo, el sensible y afinado poeta que es Santiago Herrera), de cómo las monjas rehacen el hábito de Madre Laura en la cama, y contempla varios de sus objetos personales. Uno de ellos “le llama poderosamente la atención”: el Catecismo Catío-Español que algunas de sus discípulas salvaran del veto y la destrucción ordenadas por un tal “monseñor Caicedo”. Se sabe que el orden hispano primero, y luego las avanzadas civilizadoras criollas, han “confiscado” el saber indígena, y primero que todo su lenguaje y sus formas de percepción y expresión, para su usufructo y sobre todo para extender su dominio por medio de algo más que su absorción. En el caso de Madre Laura, escandalizaba que ella acogiera algo un tanto distinto: la apropiación indígena del panteón católico, que Harold Bloom, con sobradas razones, al menos como judío que es, llama “politeísta”, en Jesús y Yahvé: los nombres divinos. Sobre esto volveremos, el documental no hace énfasis en ello sino muestra los rezos propios del indígena en su lengua, transliterados admirable, laboriosa, cariñosamente, por Madre Laura, y pasamos a uno de los instantes más privilegiados del cine antioqueño en toda su historia, sin la menor duda.

    La caja de música de Madre Laura, apreciada en su sonido y desde adentro, en las luces que sus orificios proyectan hacia su interior, que se van desenfocando y creando una visión de cosmos alucinante, delicado y primoroso, hecho para nos por mano maestra, trascendente, se disuelve hacia las imágenes más preciosas de la selva, de su intrincadísima geometría: las siluetas trémulas del sol que cae por entre las hojas sobre un matorral que también se estremece, el paso veloz de unas filas opuestas en la misma rama de hormigas correlonas, en trajín vertiginoso, cada una un destino, el sonido de la selva, ese silencio musical de gritos y caídas sin ley y perfectas, y retorna el sonido de la caja de música, esa armonía remota, prefigurada, celestial... y volvemos también, en disolvencia, al juego anterior de sus luces geométricas, de simetría muda, imprecisa y sugerente (Marta y todos vemos por ojos de Santiago)...





    La narradora cuenta la historia de la caja de música, que Madre Laura llevaba a todas partes, y se pregunta esta enormidad, para el contexto religioso del video: si realmente lo primero habría sido la palabra (usualmente “el Verbo”), como dice el evangelio de San Juan. Puede uno suponer que las imágenes demuestran que hay o pre-existe un orden, pero no de índole racional, o exclusivamente racional, y, en todo caso, no de jerarquías verticales, o mejor dicho: no patriarcal. La anécdota que la narradora cuenta a continuación se puede entender del mismo modo. Madre Laura no conquistaba el corazón de los indios con la caja de música, sino que el corazón de los indios se abría ante esa música y, además, era ese gusto, esa recepción, esa apertura, en suma, lo que Madre Laura buscaría, en lugar de una aceptación dócil y meramente permisiva. Como si Madre Laura valorara al indígena por lo que puede compartir con ellos, por lo que hay en ellos de humano, o de espiritual también, más allá de cualquier credo.

    Me parece importante añadir aquí que, según mi percepción, los movimientos en que el camarógrafo se reacomoda sin dejar de grabar y Marta decide dejar en la edición por lo menos en dos o tres ocasiones, hacen parte de una mirada que no “limpia” o “depura” lo irregular, sino que halla en él un camino, un sendero y una presencia vital. El feminismo está completo, también más allá de los credos, pero sin ninguna falsa inocencia. Yo me permito advertirlo en detalles como estos, por más que pueda equivocarme.

    Es porque de un paneo largo por el monte llegamos a un resguardo y Marta empieza a contarnos lo que fueron y son María y Madre Laura para los indígenas, o sea la religión católica en su experiencia. María fue imagen fundamental, que favorecía las lluvias por ejemplo (volvemos a la idea de Bloom del catolicismo como religión politeísta), y en esto encontramos vínculos indispensables de conjunción entre las religiones de Laura y los embera. Ellos solo pueden asumirla en su forma de ver el mundo, integrarla como representación de sus valores, no adoptarla como revelación ajena, desconocida. Es decir, lo que para Bloom es una suerte de paganismo en el catolicismo (y para Lutero era idolatría del romano ante el panteón de imágenes, como la de los hebreos ante el becerro de oro que Moisés denuesta), es el punto de contacto con los indígenas, es lo único, o bueno: lo que más realmente les permite asumir una religión impuesta, o al menos, y sobre todo, intrusa, extraña.



    El punto culmen es este: para los embera, nos dice la narradora, Madre Laura es un jai, “un espíritu bueno que intercede en los milagros que hace la naturaleza”. No está lejos, mejor dicho, de la propia virgen María. Nuestro panteón se enriquece con la presencia prolífica de vidas bondadosas, se refuerza la existencia de nuestras proles y de las demás existencias futuras, como si cada uno fuera un dios y pudiera con su bondad, desde una fuerza que se puede identificar con la memoria que dejamos, interceder, contribuir a la fe o esperanza con que hemos de vivir en el impredecible y riesgoso mundo.

    Lo que puede ser paganismo y panteísmo nos reconoce como entidades sagradas que ante la muerte habremos de nutrir la conciencia de bondad de las generaciones futuras.

    Madre Laura, el documental nos lo muestra, supo convivir y hallar en la cosmogonía embera todo un orden espiritual que no reñía sino, antes bien, no hacía más que integrarse con su propia experiencia religiosa. Esto no era bien visto, y luego observamos “un momento histórico”. “Soy testigo de un momento histórico”, nos cuenta la narradora: el momento en que los padres carmelitas le piden perdón a las lauritas por los muchos conflictos que hubo entre Madre Laura y ellos. Marta confiesa que piensa que ella tuvo el valor de llegar a donde los hombres no se atrevieron, y esto tal vez debe interpretarse no solo en un sentido topográfico, sino mental, desde la actitud misma de la hoy santa, antes proscrita. Por ello Hincapié nos muestra con una foto invaluable la interacción que hubo entre su bisabuela, una de las fundadoras de Uramita, y el cacique de Murrí, a quien cuidó en enfermedad y salvó para luego cocinar juntos, como vemos en la foto. Y añade Marta que fue en Murrí donde Madre Laura hizo el pacto con las fieras, por el cual las serpientes nunca atacaron a ninguna de sus discípulas misioneras. En este punto, luego de ver la caldera de la bisabuela católica con el cacique al lado, entramos en zonas erógenas, quizá irritantes.




    Dabeiba, hoy. Ejército. Una anciana, la única sobreviviente de quienes hayan conocido personalmente a Laura. Al lado su hija, viuda de un líder indígena asesinado. Es el día en que llegan las reliquias (los restos) de Laura al pueblo, luego de la canonización. La fiesta es del pueblo, del pueblo indígena. Marta Molina Carupia, soberbia cantante embera, canta dos canciones: una cumbia para Santa Laura, otra dedicada a su gente.

    Indio...
    Qué soledad
    en esta tierra
    en que con guerra
    buscan la paz





    Los vivos planos de Herrera, siempre demorados en la contemplación del tiempo que fluye por entre el mundo, son de indígenas oyendo. Son largos planos de indígenas oyendo a su cantora. Y uno sabe que el indígena es también violento, pero que el mensaje de Laura y de Jesús no lo son. Que hoy tal vez, en suma, quizá sean más cristianos los indígenas, en un sentido practicante del amor, que la gran mayoría de creyentes en Colombia. Los ejemplos abundan de propuestas de integración y mansedumbre, propuestas de apaciguamiento y pacificación, de desprendimiento de afanes narcisistas y egocéntricos de falso conocimiento y vana o excesiva comodidad, desde numerosas comunidades indígenas de todo el continente americano, de la Sierra Nevada a la Amazonia, del Chocó a México, de Chile a Bolivia.



    La idea del individuo, en el indígena, está mediada por una experiencia que siempre es común. El anciano es portador de una sabiduría que comprende milenios, acaso eternidad. Nosotros somos, cada uno, parte de un ramal que extiende la vida de los ancestros, y nunca estamos realmente separados del entorno, sino en interacción perpetua, cuyo equilibrio es un fluir y cuyas diferencias una ilusión momentánea. Hace unos años pregunté a Marta Rodríguez cuál sería la propuesta indígena para el mundo, y me dijo delante de todo el auditorio, en la Biblioteca Pública Piloto: “¡Estudie!”. A esa idea he llegado: el indígena nos previene de la falsa idea de que somos individuos separados del resto, y desde luego ha de proyectarse hacia el cosmos.

    Silencio.

    Marta vuelve a la selva. Su guía, Leonardo, cumple un ritual de retorno y purificación que su padre le enseñara en su niñez. Marta dice reconocer en la naturaleza el espíritu divino que Madre Laura también supo encontrar (como lo comprueba su texto Las voces místicas de la naturaleza). Marta pues, descubre a Dios. Y lo vemos. Lo oímos alrededor allí, en la imagen del agua, de la vida, del viento, en el rumor, en esa música, en ese silencio que no existe.