• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Reflexión sobre “Tratado sobre la mentira” en Santa Fe de Antioquia


    SOLO PARA TUS VIPERINOS



    Se presenta el sábado 6 de diciembre, a las 4: 30 pm, en el auditorio del Hotel Mariscal

    ... "problemática"... (Pedro Adrián Zuluaga, crítico de cine, Pajarera del Medio) ... "de gran profundidad"... (Alejandro Cock-Peláez Ph.D., documentalista y docente) ... "me sorprendió"... (Claudia Patricia Posada, productora audiovisual) ... "simplemente brutal"... (William Francisco Zapata Montoya, realizador audiovisual y docente) ...

    Por Santiago Andrés Gómez

    "Los acontecimientos del país son exasperaciones de un espíritu que ha penetrado en nuestra realidad por muchos canales. Una exasperación, sin duda, de las condiciones sociales, de los urbanismos inhumanos, del hambre, de las desigualdades abismales, de una ética que se quedó sin fundamento. Pero son también exasperación de un espíritu que el manejo descontrolado, ambicioso, irresponsable, cínico de los medios de comunicación social ha contribuido a difundir. Hay que llevar a cabo una discusión a fondo de la política medial. El descuido en que los políticos y los gobernantes tienen estos temas, la carencia de expertos que los informen adecuadamente, hace que la comunicación en Colombia sea una jungla donde solo los más astutos y arteros sobreviven. Es posible que sea ya muy tarde para que el gobierno asuma su responsabilidad sobre los medios de comunicación e intente devolverles su obvio sentido de servicios públicos".

    Luis Alberto Álvarez, en "El cine en la última década del siglo XX: Imágenes colombianas" (c. 1990)
    URL http://www.banrepcultural.org/node/20173

    Entre los muchos y notables mensajes de felicitación que nutren la edición conmemorativa de los primeros 100 años del periódico El Colombiano hubo varios, según recuerdo, aunque hay uno en especial (si mal no estoy, de EPM, aunque en breve verificaré y publicaré la foto que tomé en mala postura, esforzándome en exceso toda una tarde para hacer el documental que repienso ahora), que agradece al periódico, citaré de memoria: “por llevarnos la realidad todos los días a la casa”. Esto, esta idea es la que quiero cuestionar en mi documental, o falso argumental, mejor. Falso argumental porque asume que lo suyo es una elaboración o puesta en pantalla con fines tremendos, con impacto que, tal vez, hace más cierto de lo que tú crees el tan vapuleado efecto que generara el tren de los Lumière sobre “un campesino”, en la satírica cinta de Robert Paul, creo.

    El campesino y el cine (Paul, 1901)

    Campesinos y letrados creen por igual al tren que se sale de la pantalla. Yo quizá solo creo en eso, porque igual los “indicios”, como dijeran Bordwell y Nichols, el uno sobre el cine de ficción, el otro sobre el documental, siempre me convencen de algo que, ciertamente, no puedo verificar. Tal vez el adverbio de modo aquí sí nos conduzca ondulantemente a la realidad de lo textual de modo más alucinante mientras más realista. Aquí usted lee porque sabe pero lo interpreta según la palabra ciertamente le genere una noción, una pulsión, o nada, o una expectativa, o fastidio, por ejemplo. Pero si, digamos, se ha fumado un bareto, le aseguro que las letras le bailarán como si flotaran en una taza que de agua aromática soplas para que se enfríe, y eso, créanme, es más real. Al menos desde un punto de vista material, se acerca más a lo que yo quisiera llamar real.

    No crea usted que aquel que descubre el signo material y palpa por vez primera o cada que lo advierte la sensualidad durmiente, a medias sobresaltada, de los textos, de las páginas, de una imagen deteriorada o que muestra su fábrica, no lee. Al contrario. En pronta situación de oscuridad, “te puedo decir que lo que veo es mío”, como sugieren los Beatles en With a Little Help from my Friends. La lectura, en términos convencionales, es siempre una relectura, aunque una relectura “sobre la marcha”, digamos que una relectura de trasposiciones, como hace, por ejemplo, Víctor Gaviria con los actores de La vendedora de rosas, que los pone a actuar cosas de su mundo, pero que no pasaron tal cual, o que fueron a otro amigo al que le pasaron, pero que ellos entienden muy bien, como si fueran propias. En cambio, si te muestran una imagen cuyos bordes no entiendes del todo, no necesariamente de la perspectiva del Giotto, o de las perspectivas del arte japonés más antiguo, sino de esas que juegan con la perspectiva, como Tati poniéndose una aureola con el redondel de neón que hay en la pared de atrás, en Playtime, te confundes.

    Mi tío (Tati, 1958)


    Mira bien esa edición de El Colombiano cuando celebra sus primeros 100 años. En la primera página y en la última hay una multitud de retratos pequeños, los lectores y las lectoras, con su nombre. Están bien identificados (o eso supone uno, y aquí sería deseable, pero tal vez resulte indiferente). No hay ningún negro, ni una negra. Parece el periódico de otra ciudad que no fuera Medellín, y sin embargo somos muchos los que estamos hastiados de oír que El Colombiano representa la voz de “Antioquia la Grande”. Esa imagen habla mucho de lo que El Colombiano en verdad quiere no representar siquiera tanto como moldear y definir como voz pensante. Y no se trata de que haya un equilibrio permanente o una simetría perfecta y además, desde luego, solo aparentes en la representación, pero es fundamental abrir nuestra idea de lo humano, de quién merece conversación y participación, más allá de que se la deleguemos, pero sobre todo porque se trata de ceder, de considerar, de tener respeto por el otro y de contar con su presencia sagrada, mucho más sagrada que nuestros proyectos a futuro, que nuestras prospectivas desarrollistas, aunque tanto como nuestra familia y nuestra condición corpórea y culturalmente signada, aunque necesariamente abierta al cambio, a los cambios (recomiendo mucho el cine de Trinh Minh-ha).

    Podría extenderme mucho, mucho más. Tal vez infinitamente, pero quiero dejar la palabra a quien quiera opinar, o más: conceptuar mañana sobre el falso argumental, que juega teóricamente con el hecho de que tú completas la imagen, o aun de que tú eres el único que me entiende o malentiende, pero siempre apropiándote y, como quisiera Bloom, “tergiversando” en el mejor de los casos también lo que digo, realmente sumándole, aportándole (de ahí que la crítica sea fundamental para el artista). Por otra parte, el diálogo que permite el Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, y me encanta que ya no digan “cine y video”, es algo que debe asumirse no de otra manera sino como tal: como un diálogo. Mi argumental es falso porque en realidad se sale de la pantalla. Toca cosas sensibles, hojitas de planta mimosa, esos ojos húmedos, esos corazones que no merecen la condena por llevar un nombre impropio, por hacer lo que otros solo ven. La pantalla, como los estrados judiciales, son espacios de creencia, por mucho que laboremos en el asunto. El genial documentalista Errol Morris, trasgresor como ninguno, en La delgada línea azul (The Thin Blue Line, 1989) nos mostró no solo que un inocente estuvo a punto de ser ejecutado en Estados Unidos, sino más cosas. Deja en el aire: sabe dejar en el aire, con lo riesgoso que esto conlleva, la idea de que eso pasa a toda hora, y aquí, y ya mismo, y al final algo peor: de que tampoco podemos saber si ese sujeto sí era inocente o no.


    Ejercicio de análisis. 1. ¿Cuántas personas hay en esta foto? 2. ¿Cuál es su objeto (refleja o significa)? 3. [va con la primera] ¿Cuál es su oficio?

    Todo está en un acto de convicción frente a indicios. Por algo el amor es tan grande: se demuestra aquí y ahora, lo compruebas tú solamente en tu subjetividad, y no mucho tiene que ver con las palabras, sino con lo que ellas generan, como cuando dice Bataille que “la verdad del erotismo es la traición”[1]. Las fotos que han acompañado este artículo pretenden demostrar esa idea, pero tal vez otra sea la realidad del asunto. Kundera subraya, en sus novelas de los ochenta, la necesidad de desconfiar de nosotros mismos, y la grandeza que puede haber en traicionarnos, en no ufanarnos por ser “de principios”. Y este asunto lo analiza, por necesidad, Vargas Llosa en un texto de El lenguaje de la pasión en que, como casi siempre, se confronta a sí mismo, aunque no lo parezca. En todo caso, nuestros principios no tienen que ver mucho con la realidad de los hechos, esa donde, según le dice Jesús a sus discípulos, de modo que considero bastante convincente, “todos nuestros cabellos están contados”. Donde el amor es fe en el sujeto más allá de la traición, de la idea, que solo comprueba tu flaqueza, tu vulnerabilidad, para que me quieras. Esa realidad, salvaje, que solo podemos gozar, porque del árbol del bien y del mal sabemos, sin probar jamás el árbol del conocimiento.

    "'Sapientia': ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor".
    R. Barthes, Lección inaugural

    Atrévete a probarlo, y verás, con júbilo inmenso, que no somos nada: que en este mundo, mientras estemos vivos, nada se ha consumado.

    Que viva la música.





    [1] Georges Bataille, El erotismo, Tusquet Ediciones, Barcelona, 1985, p. 236.