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    The Times They Are A-Changin’ (la canción)


    COMO MENOS TE LO ESPERAS


    Por Santiago Andrés Gómez

    Hacía nada le habían volado la cabeza a Kennedy delante de todos. El documental de Scorsese sobre Dylan, de exquisito acabado, por supuesto, pero también de algo más dentro de su aparente o incluso real “corrección”: expósito, irónico poderío subliminal, no por nada enmarca la llegada de Dylan a Nueva York, en 1961, y el inicio de la transformación del músico, justo por los días en que lanza The Times They Are A-Changin’, entre los dos momentos clave que son la llegada de John Fitzgerald Kennedy a la presidencia de Estados Unidos, anunciando a todos (“amigos y enemigos”) que “la antorcha ha pasado a una nueva generación de americanos”, y el de su muerte, en noviembre de 1963, durante un pequeño desfile por Dallas en el que se veían pancartas que Scorsese hace pasar en ralentí: “Kennedy para el 64”. Pero bueno, el que pasa es el carro, e igual, aquí pensando en valores musicales, para Dylan, autor de Renaldo & Clara (1978), el cine consiste en “detener el tiempo”, y si vieron bien, esa frase es el verdadero preludio del documental.


    Hemos insinuado que el sentido de la canción y el álbum llamados The Times They Are A-Changin’, está en una alteración previa de la realidad de Estados Unidos, país al que Dylan se sentía tan vinculado como para ni siquiera pensar en ello, en la peculiaridad del asunto, y aun como para no querer hacerlo, para evitarlo, dado el caso, como casi cualquier gringo. Porque los norteamericanos más críticos y sensibles sabían que no era Estados Unidos sino una tierra baldía. Su nacionalismo es el de los desterrados: su amor a la nación, su sentimiento patriótico, es individualismo craso, incluso anarquismo, algo también peligroso pero que desentraña los valores más puros de solidaridad y esperanza cuando te ves al pie del fuego mientras cae ese frío que, según nos cuenta Dylan, no dejaba a nadie en su pueblo robar. Peligro, claro, pues estos sujetos, como Kerouac, pero también como Whitman y Emerson, fundadores auténticos del intelecto “americano”, llaman a la desobediencia civil (y ya de frente Thoreau) porque “somos el pueblo”, y esto en realidad no tiene bandera.

    Dylan se contradice a veces, por no decir que siempre está en un lado del espejo sin ver su reflejo, así como casi siempre cantaba sin mirar al público, lo cual fascinaba a Joan Baez, por difícil que fuera acompañarlo en escena, pero la incongruencia es a veces flagrante y muy arduo seguirla o comprender los matices de sus opuestos, al decir, por ejemplo, que él “no inventaba nada”, que seguía una tradición, pero también que, sobre todo a partir de su tercer elepé, The Freewheelin’, y para muchos desde que viaja a Nueva York y traba amistad con el combo de artistas de Greenwich Village, había inventado algo que nadie había hecho, y sobre todo “un nuevo lenguaje”. Quedar fichado por Columbia siendo artista del folk, sin gran voz, sin florituras, sin ningún acompañamiento, es algo que no consigue cualquiera, pero Dylan sentía que era hermano de todos sus compañeros del Village, y simple heredero de los músicos que rememora en su primera composición, dedicada apropiadamente a su gran, pero entonces muy desconocido maestro: Woody Guthrie.




    Pete Seeger: el puente entre Guthrie y Dylan, ¿traicionado? 

    Entre tanto, muchos de esos artistas, notablemente el influyente Pete Seeger, se confesaban, pero luego Dave van Ronk daría a entender que acaso “se necesitaban confesar” como izquierdistas, e incluso varios como miembros del Partido Comunista, un partido cuyos fundadores, como se sabe, plantearon “internacional”, o sea: correspondiente al movimiento globalizador del capital como única alternativa para la revolución. Sin embargo, el vínculo que se establece entre Dylan y estos creadores es el primordial que hay entre ellos (el productivo, el gremial): son músicos, y muchos pensaban que Dylan era blando ideológicamente, o al menos nada enfático, en un contexto candente, en el que el reverendo Martin Luther King Jr., el profesor Mario Savio, de Berkeley, e incluso los aristócratas Kennedy eran disonantes, una amenaza a lo que Eisenhower advirtiera poco antes como una maquinaria, la industria armamentista, que se le saldría de control a esa democracia americana que originalmente inspirara o reforzara a la misma Revolución Francesa.

    En 1963 la marcha por los derechos civiles que culminara en el mítico discurso de King, tuvo en Dylan y su reciente compañera, la extraordinaria Joan Baez, dos de sus principales participantes, y el propio Dylan cantó en el mismo estrado en que King gritara “Yo tengo un sueño”, y tan pronto lo contara: “Nos hemos liberado”, cosa que el músico confesaría luego que lo dejó marcado. Contar un sueño, o decir que los tiempos están cambiando, o que la antorcha ha pasado de manos, es lo que yo llamo peligroso también en el cine. El lenguaje porta un inflamable "mensaje", digamos, palabra que luego molestaría mucho a Dylan, pues lo puso en verdadero riesgo, quizá no mortal, pero por algo existen filmaciones (como alguna de Lennon en su conferencia en la cama por la paz) en que las amenazas se ven como una broma o un serio aviso. Los destinos de Savio, de King, de Kennedy, pueden ser investigados en Internet, cierto que no tanto como el sentido de los mismos, aunque el consenso es que es cosa que “todos sabemos”, seamos estadounidenses o no.


    En diciembre de 1963, semanas luego del trágico tiroteo de Dallas, Dylan es homenajeado por una “liga de los derechos civiles” de corte liberal, progresista, seguramente demócrata, aunque muy oficial y engalanada, y él pronuncia un discurso incendiario en que dice que todavía tiene pelo en la cabeza, pero que allí los ve a todos calvos y eso le preocupa, y añade que ya no ve diferencia entre izquierda y derecha, entre blanco y negro, sino “entre arriba y abajo”. Un mes luego comienzan las grabaciones de The Times They Are A-Changin’ y cuando el disco salga a la luz pública, cuando su autor pase por el Festival Folk de Newport, cuando comience a ser entrevistado en cuanto canal de televisión y estación de radio lo sepan cerca, Dylan será ya un portavoz generacional, pero uno cuyo arte es sustituido, o creado, por todo lo que los demás ven en él. Por ejemplo, la frase de Blowin’ in the Wind: “¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que se le llame hombre?”, fue muy interpretada como una proclama antirracista, y debía serlo, pero quizás Dylan ni se dio cuenta.

    A esto lleva a pensar todo lo que sucedió después. Hay que insistir en que Dylan es voz del suelo, de los elementos, muy a tono con las frases de Tom Joad a su madre al final de Las uvas de la ira, cuando el mensaje revolucionario es llevado por Steinbeck a un sentimiento cósmico que, en un contexto igual de politizado, muchos años luego, Sting diría “biológico”, en The Russians. Los derechos universales de los seres humanos se fundan en lo que la propia constitución americana considera una verdad incontestable: que todos somos iguales, lo cual se entiende hoy como un reconocimiento a nuestra corporalidad. Sin embargo, para gran parte de ese pueblo americano, y sobre todo para los medios de comunicación más allegados al poder en ese país, la mera defensa del suelo propio se convertiría en simple excusa, de hecho muy artificial, para justificar torturas a otros seres humanos vistos como enemigos, así fueran compatriotas (ese escándalo está fuera del debate). Dylan ni siquiera protestó por la guerra del Vietnam, lo que hirió en el alma a Joan Baez.


    Porque la letra de The Times They Are A-Changin’, ese tema tan traído y llevado y que se pensó como profecía de mejores cosas por venir, solo puede constatarse en lo impredecible, y también en lo endemoniado, en lo tétrico que se hizo el largo viaje de Dylan hacia ese hogar que nunca ha podido reconocer en ningún lado (él dice que solo le importa el viaje), y que sin embargo debió llamar Estados Unidos cuando renunció a una gira en Europa por la mistificación odiosa en que todo él había caído al querer hacer algo nuevo y confesar que no tenía respuesta para todo. “Quiero volver a casa”, dice en una imagen de 1966, como cuando casi grita que quiere comprar un nuevo Bob Dylan, debido a los abucheos que su música eléctrica conquista entre gente que sabe bien que paga para sabotearlo. La locura del culto a la persona tiene en Dylan el primer gran revés triunfante del mercado del rock. The Times They Are A-Changin’ advertía a los mayores que se prepararan, que abrieran paso, que el que gana hoy perderá mañana, pero no percibía el éxito (a codazos) desde el que hacía su proclama, y Dylan será el primer derrotado de su vaticinio.


    El trauma que esta canción significa, y Joan Baez da testimonio de la rapidez con que su compañero escribía, fue inmediato y se hizo descomunal. Ella expresa con claridad lacerante que si ella, estrella popular, le hizo espacio a él cuando apareció en su vida y se dejó cantar junto al joven principiante, tan pronto Dylan fue centro de atención, sencillamente la excluyó del estrado, aunque estuviera allí: sin mirarla, sin darle interés. En Don’t Look Back (Pennebaker, 1967) hay una imagen desgarradora al respecto, y Baez contaría que ella misma ya no sabía lo que estaba haciendo con él. En ese momento, Dylan se siente bendecido, todos se lo dicen y parece real: nada que haga deja de estar tocado por el genio y en todas partes proclaman que ha captado el espíritu de los tiempos. Pero la prensa se vuelve amenazante, todos le presionan por que señale un horizonte político e incluso algún periodista de voz severa le pregunta cuántos cantantes de protesta conoce, evocando no sin querer los interrogatorios de McCarthy, que habían vuelto sin gran exhibición mediática.


    ¿Cuáles hijos estaban fuera de control? ¿Qué intelectuales no atinaban a entender el nuevo camino? La canción de Dylan pretende hablar de gente que todos reconocemos de inmediato, pero su título es la vaguedad que él mismo luego debería aceptar como algo más o, mejor, algo menos de lo que quiso decir. Por eso el tema es infinitamente vigente: los tiempos siguen y seguirán cambiando, y lo que se desmadra no es obra de iluminados, sino de diferencias que hay incluso entre todos los jóvenes, así como los ancianos eran tanto el humilde padre de Pete Seeger, que según John Cohen determinó la ruptura entre Dylan y su radical amigo, como los calvos que el joven cantante veía como expresión de un poder lejano a la realidad. Todos estaban en el sistema que Mario Savio delataba como una máquina que había que entorpecer para ser libres. Like A Rolling Stone te dirá que una cosa es hablar y otra verte en la calle: fruto triste de la profecía de 1964, el mayor éxito de Dylan será el último, y quizás exprese que todo cambia, sí, pero como tú menos te lo esperas.


    Now you don't walk so proud