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    Nuestras películas (3): "La muerte de Pedro Canales" (Gómez, 2003)


    LA CANSADA PAYASADA DE LA VIOLENCIA


    Por Santiago Andrés Gómez


    Poco después de la muerte de Manuel Mejía Vallejo, en una de mis frecuentes reclusiones de aquellos años en la finca de mis padres, cuando cansado de tanta autodestrucción con la droga me iba a La Ceja y soñaba con entregarme únicamente a la literatura, encontré un folleto que había publicado el periódico El Mundo con tres cuentos del difunto escritor antioqueño como homenaje a su, más que grandiosa, incisiva obra, vehemente, un tanto desbordante.



    Mejía Vallejo era uno de los verdaderos héroes de mi infancia. Oírlo en entrevistas como alguna que le hiciera Margarita Vidal era vérselas de frente con un ser embrujado cuyo absoluto interés era hablar de la vida, evocar, pensar, de modo bastante rotundo a veces, como en frases lapidarias que mucho de volátil tenían, que no se podían entender muy bien sino como un entrarle al fuego de la vida con una pasión maliciosa, que le hacía finta a su envión.

    Mejía Vallejo no era un cantor fácil de nuestra tierra, sino un comentarista dolido de sus torpes, encendidas ilusiones, convertidas en cada rincón en tragedia. Leer La muerte de Pedro Canales meses luego de la muerte del escritor, me puso en encrucijada que se prolongaría años. En Canales y su amigo rival veía el choque vivido poco antes, durante la primera muerte de Madera Salvaje. La anarquía contra una doble moral era un asunto infernal que el cuento revivía.



    Yo también veía en Pedro Canales la exaltación y el devorador ánimo que veía en mis compañeros del colectivo, y que compartía pero envidiaba porque muchos escrúpulos me impedían ir hasta donde me lo exigía el reto contra el destino de la muerte y el poder timorato y opresor. Al mismo tiempo, sentía que haber acabado literalmente con  mi mano la empresa que todos formábamos había sido traicionarme con la mejor excusa.

    El cuento de Mejía Vallejo llega a revelar en Canales una fuerza destructora, como una némesis, que cada uno debe reprimir, sintiendo que se traiciona, por más que lo debido sea preservarse, no sin algún hastío. "Flotaba en derredor suyo esa atmósfera de extrañas dualidades imposibles de amoldarse a un ente real", escribe Mejía, y también esta perla: "[...] a su manera tenía mínimas delicadezas de amigo, era demasiado animal en sus sentimientos para ser traidor".



    Cierta amplitud épica del relato, que evoca desde el principio un asesinato y se explaya en anécdotas de poderosas resonancias salvajes, electrizadas, del reto permanente de Canales contra todo lo que parezca imponérsele como obstáculo o como deseo, me llevó a escribir un guión y promoverlo como una pequeña superproducción en Antioquia, lo que me costó gran esfuerzo, desmedido. Pero cuando tiré la toalla, todo salió.

    Silvia María Hoyos, por su gestión en el IDEA, y Ana María Peláez, productora infatigable, cómplice ideal, lograron dar empuje a lo que se había vuelto una espera angustiosa por conseguir los recursos de la película, que de todos modos se hizo, como se ha vuelto casi norma en mí, y no muy de mi agrado, a lo guerrero. Pero desde el principio había opciones estéticas que asumí sabiendo el vínculo entre lo estéticamente disruptivo y el comentario político.



    Embellecer la imagen, redondear el relato, darle continuidad e incluso posibilidades de identificación al espectador con héroes o demonización de antagonistas era lo que más quería evitar. Mi intención era mostrar la historia en un estilo muy cercano a la exacerbada puesta en escena de Glauber Rocha, porque las atrocidades que hemos hecho los colombianos en todas nuestras guerras, estoy seguro, se dramatizan en exceso, para dar sentido a lo que no lo tiene.



    Mentalmente es mayor, me parece, un conflicto que no asumimos, interior, que acaso sea incluso imposible de entender, pero que es imperioso, urgente, trascender. El cuento de Mejía Vallejo, como he insinuado antes (ver http://maderasalvaje.blogspot.com/2013/07/en-recuerdo-de-mejia-vallejo-1923-1998.html ), da pie a que veamos la violencia como una postura que se toma, si no a conciencia, sí en una actitud que excede toda causa, y que se despeña en una avalancha cuya lógica es ciega.

    En cierto sentido, podría uno pensar que La muerte de Pedro Canales, tanto el cuento como esta pobre adaptación, muy polémica, como ha dicho Oswaldo Osorio, pero que recibió el elogio halagador del godariano Óscar Campo, quien la relacionó con Los carabineros (Les carabiniers, Godard, 1963), es una payasada que quiere burlarse de los terribles complejos que cada guerrero y todo indidividuo comprometido o sensible asume como búsqueda sagrada.