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    Cines colombianos (13): la Ley del más fuerte


    NO HAGAS MÁS EL PAYASO


    Por Salvador Gallo

    Como es bien sabido, o al menos fácilmente perceptible, y no menos justificable, aunque no del todo lógico o natural, el cine, como fenómeno histórico, es en todo el mundo, y de modo irónico en las llamadas periferias, una disciplina anárquica y polifacética pero dominada por una institucionalidad cultural que signa lo que ha de verse, lo que de ha de llamarse cine, lo que ha de ser histórico. La propia institucionalidad es anárquica y esto es: sacudida por pugnas entre fuerzas disímiles, a veces más conservadoras y a veces menos, a veces un tanto más abiertas, a veces nada. La dirección mental dominante en esas esferas, o la dirección culturalmente preponderante, es conservadora, mientras que las fuerzas económicas y tecnológicas tienden a liberalizar los discursos y las prácticas. En un país como Colombia, y es apenas comprensible, el esquema se repite desde el gobierno y aun más, es lo de veras lamentable, entre los incipientes brotes de independencia.

    No obstante, la diversidad de facetas del cine, sobre todo en un aspecto discursivo, desde la excentricidad de prácticamente todo en nuestro país, empezando por las regiones hasta dar con el tejido subcutáneo de las más encopetadas celebridades o directivas, consigue airear y dar un sello vago de aquella falacia llamada Colombia a obras que mientras más anónimas, más puras y además auténticas. El cine debería dar un nombre por principio a las realidades que recrea o tal vez, más bien, construye. Estas provienen de un cúmulo de adosamientos y parentescos que no podemos llamar del todo ajenos, pues marcan a fuego la experiencia de las gentes, y sin embargo, como hace la poesía y como hace el arte en general, lo que más reconocemos como nuestro de un sendero o grupo humano en una película es lo que tiene de lejano y autónomo, y en todo caso, si algo hemos compartido con él, sin duda es un desacomodo con las identidades sociales. Esta situación es universal.

    Por el contrario, todo lo que nos reúne como colectivo choca de un momento a otro con una barrera de peligros. Los cines colombianos hechos en el siglo XXI bajo la famosa Ley de Cine están enmarcados por una coyuntura que ha facilitado la producción pero bajo parámetros que no son desconocidos: que las películas sean rentables y al mismo tiempo, “buenas”. Tales cualidades le son atribuidas a proyectos que pueden resultar en productos no tan buenos y no tan rentables, pero lo definitivo es lo que los jurados, dejados a su libre albedrío, entienden por rentabilidad y calidad. A su vez, este último criterio se traduce en características de coherencia en el guión, principalmente, y una sustentación sólida de los estilos previstos en imagen, sonido, edición, arte y actuación. El sentido de todo apunta a crear y consolidar una industria que, idealmente, amplíe sus públicos nacional e internacionalmente. A nuestro modo de ver, este es el primer peligro con el que choca nuestro cine.

    Lo que llamamos cine colombiano solo puede existir como tal, solo puede ser bautizado así, convencionalmente, si compite y triunfa según estas reglas. Lo que de allí se salga es visto a regañadientes y examinado con lupa en las altas instancias por el resultado mensurables de sus beneficios, más que nada los laterales para la industria, ya que un corto de animación, por ejemplo, difícilmente recupera costos, y por premios o reconocimiento en el exterior. En un contexto como el que vivimos desde los años noventa, descrito en la entrada anterior de esta serie, es frecuente entender que la excepción que tratan de hacer los estados contemporáneos con el cine para regalarle una ley de subsidios se debe a una presión interior y exterior, casi necesaria en el primer caso, forzosa en el segundo, por que los países tengan un cine que los identifique o interactúe con otras cinematografías mundiales y con los códigos que comparten con sus culturas autóctonas, incluyendo el comercio turístico.

    Nuestra idea es que el resultado de toda esta operación mental y cultural, digamos inobjetable, es bien otro: que reproduce otra mentalidad, quizás inconscientemente; pero incluso llegamos a pensar que la misma intención de base era otra, más definitiva. Se trata de regular el peligrosísimo mercado de imágenes audiovisuales, de protocolos de producción e identificación, de modos de significar ante el mundo. Con los propósitos altruistas que se quiera, en el fondo el afán, probablemente inevitable para la sociedad, y a todas luces trágico, conmovedor y pernicioso, es generar discursos que nos unifiquen. La diversidad es la mayor de las falacias, porque el acento se marca sobre lo que resulte global en la forma, universal en el sentido, ejemplar como ficción. Lo alternativo se define como algo salido de un patrón, y cuando acaso lo abarca todo, el patrón es el cine: un cine clásico matizado por valores de nación. La pregunta por la legitimidad de lo que llamamos Colombia o mundo no cabe.

    Solo muy de vez en cuando, con películas como El vuelco del cangrejo (Ruiz, 2009) o El abrazo de la serpiente (2014), y próximamente con la aparición de La mujer del animal (Gaviria, sin estrenar), una verdadera reformulación de la realidad nacional se plantea a fondo, y esto, por supuesto, es una odisea de los realizadores. De inmediato todo se concierta para que la película represente en festivales internacionales a una nación que insiste en el centralismo, en la democracia representativa, en el desarrollismo, como valores sustanciales, porque al fin y al cabo así fue fundada, para eso fue preparada aun antes de las independencias burguesas. Entre tanto, infinidad de cines quedan por fuera de la distribución, que es el momento más importante, y también muchos del subsidio de producción. Claro es que quien juega al cine de grandes ligas, como se le dice, no hace más que suspirar por un reconocimiento publicitario. El independiente, en términos latos, no necesita del Estado, y lo evita.

    Pueden darse y se dan mixturas, pero siempre quedan aplanadas en el campo de la distribución y la puesta en contexto de lo que se da y se seguirá dando en llamar nuestro cine, además de que este desde el principio privilegia, como es común en el mundo, lo que se venda o tenga vigencia, de un modo u otro: en una época los jurados agachaban la cabeza ante los culebrones de fuerte respaldo de producción como El arriero (Isaza, 2009) o el cine de Luis Alberto Restrepo, actualmente quieren estimular pero ya más bien agachan igualmente la cabeza ante el cine desdramatizado y apuestas chick “sólidas”. Muy poco de un cine rebelde o bien, lúcido, puede verse ahí, porque el divorcio entre las políticas culturales y las reformas radicales es absoluto. Cuando documentales de protesta emergen, suelen estar hechos con esos códigos inofensivos, superficialmente académicos y clasicistas, que a veces anulan incluso al cine de corte más radical en la forma cuando se publicita mayoritariamente.

    Hay que preguntar legítimamente qué del tema, de los temas, y de su revisión o intervención formal o conceptual, subsiste en formas de entretenimiento popular o embellecimiento elitista conminadas a cualquier reingreso de la inversión, sea monetario o publicitario. Qué de cierto queda al fin en las sentidas palabras de los productores y actores de una película sobre el holocausto del Palacio de Justicia cuando dicen en un magazín cultural que esperan motivar una reflexión benéfica y no solo “hacer una buena película”. Cuánto de desencarnado no hay en una hipnosis que solo fallaría, pero mucho, por pretender ser algo más que una evasión, sin lograrlo. Porque el rótulo de cine colombiano nos pide que hablemos con seriedad del territorio al que se da o sigue dando, y aún por un tiempo, el nombre de Colombia. El cineasta colombiano, sea cual sea, necesita de más lucidez para dejar de ser el payaso a que está condenado ser desde el falaz principio de sus propios tiempos.

    ¡Agúzate!