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    Defensa racional de la crítica salvaje


    QUE VIVA EL CINE

    Por Santiago Andrés Gómez – La palomera perdida

    Para Patricia

    Es importante insistir en una crítica descriptiva. Estamos cansados de los artículos que se casan de afán con tesis parciales, y pretenden con semejante apariencia hacer algo más que un jugueteo. Cansados, sí, porque es más deprimente que cualquier cosa ver atado lo que, así, solo puede quedar muy mal atado, pero además dejado a su suerte, como si importara menos para la crítica que la crítica misma, o mejor dicho, como si importara más el crítico que el cine. También estamos cansados de los artículos que corren a matricular las películas en tal o cual corral o a hierro de hato de vacas. Entre los primeros textos, los académicos son los que mayormente firman. Entre los segundos, los mal llamados críticos en rigor o propiamente hablando. Lo más común es que ambos pongan un tipo de tradición por encima del vuelo del artista. No más hierros al rojo vivo para nuestros cuartos traseros, del espectador o el autor.

    A nosotros, en cambio, nos importa el cine que no existe tanto como el que existe. Y la crítica salvaje asume, de hecho, que el mejor cine no existe. La crítica salvaje sabe que prosigue un movimiento, que también debe dejar a la película intocada, pero justo para que la atraviese, para que la película ocupe, imponga y trascienda cualesquier tipos de lectura, estilo o incluso proyección. Las películas que no existen son las únicas infinitas, las que existen se dejan catalogar, fijar, nominar. En últimas, la crítica salvaje, una crítica descriptiva, busca también ser inexistente para que toda película por ella tocada pueda liberarse, existir de nuevo casi como si pudiera ser otra, como si en el último instante... se apagaran las luces de adentro, también... o se fundiera el proyector, el aparato, el video beam, el plasma, y tú supieras que lo que iba a pasar, porque has visto la película, no fuera ya igual que antes. Así: tal cual.

    Queremos una crítica que disminuya sus ambiciones especulativas. Los académicos de tradición rancia, o bien, rigurosa, y sobre todo rigurosa por principio, como clave de sol, habrían de sorprenderse ante la opción de una fase o género menores, la crítica salvaje o descriptiva, de amplia tradición igualmente, desde Wenders, por lo menos, o Truffaut, menos contemplativos que llanamente imitativos, y con filones nítidos ya en Bazin y Agee (improviso), pero inspirados todos, se me hace, y no solo afines a él, por el cine francés de mayor lejanía en el tiempo, tanto entre los teóricos como entre los cineastas, con Epstein y Dulac a la cabeza, hasta los pintores impresionistas y los poetas malditos. Porque la crítica salvaje privilegia la sutileza impalpable del encuentro, y transforma lo que la inunda, haciendo de ello un agua que la llena, un oleaje interno, un ojo ardido, una enfermedad, un cosmos turbio y vivo.

    Nuestra crítica busca potenciar sus capacidades cognitivas. La aplicación a lo real es posible, pues si el objeto no nos sacude, no tenemos por qué ocuparnos de él, y si no lo amilanamos calmándonos nosotros mismos con recia lucidez, jamás veremos el pálpito de sus sienes, el llamado contrito de sus ojos a una alegría imposible, hacia una paz de antes, desde el anciano horizonte de la mañana que somos en inocencia pasajera, furtiva, de antifaces y dorsos y enveses. El montaje sin nombre, la luz ciega, el diseño sonoro que soñamos, que intuimos, la actuación improbable, impávida y desmandada a la vez, o insurrecta y ciega, el guión bajo, más bajo, cobran nuestra cuota de poder al precio de su propia vida. El cine nos chupa la sangre, y así nos quita el miedo, nos mata el amor, para saber mejor, nos infecta de añoranzas, nos vuelve a enamorar, nos enloquece, para que escribamos, para que hablemos afuera...

    ... para que juguemos una vez más el juego del nunca más...