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    Más sobre “Qué viva la música” (Moreno, 2014)


    YO SOY TODO EL AGITE


    Por Salvador Gallo

    ¿Será posible suponer que esta película debe verse al margen de su inspiración? Es tal vez un anhelo que uno tiene para calificarla adecuadamente, ya que su origen es mucho más que un origen: fue ya una culminación y es más, una apoteosis. Pero pecaríamos de presuntuosos. Por un lado, sería un poco como tratar de separarla, por ejemplo, de la ciudad donde sucede la acción de la trama. O sería como tratar de separar la dirección limpiamente del guión, y entender que una película puede funcionar como un ente milagrosamente autónomo de sus circunstancias. No puede ser, entonces. A Que viva la música (Moreno, 2014), la película, hay que asumirla, en principio, como se nos venga encima, y luego, al tratar de comprenderla un poco más, que es algo posterior, por definición, ponerla en su contexto.

    En tal sentido, siempre volveremos a Caicedo y partiremos de él.

    Una crítica fácil es abominar de la cinta porque su texto fuera de cuadro “no es cinematográfico”, pero esto es no entender que la novela, de hecho, vive más allá de las páginas y es un puro ritmo desencadenado. Desde luego, quien se ponga en la tarea de entender, reconocer, identificar palabra por palabra de los párrafos y asimilar de ellos un mensaje limpio y expedito, quedará como bizco y sentirá que se ha perdido de algo, que la película busca que se quede sentadito como en la primera fila de un salón de clases, cuando es cosa bien distinta. Esa persona es mejor que se vaya y se dé una vuelta por la calle, quizá varios años, aunque unas cuantas noches bien vividas bastan y acaso un par de buenos temas de salsa le ahorren esfuerzos desmedidos. No te afanes en seguir los parlamentos de María del Carmen, déjalos sonar.

    Lo que mejor recibirás con ello, y por eso la inclusión de las parrafadas caicedianas es la primera de las buenas elecciones de los guionistas de esta cinta, es un impulso emocional físico, ni siquiera abstracto (abstracto el lenguaje, abstracta la razón, abstractos los relatos). El periplo de la protagonista debe entenderse como una raspadura: ver la película de otra manera sería, eso sí, desatender un espíritu no expresado, y ni siquiera presente en la novela, sino que ella es en sí misma. Todo en ella es artificio, pose, o más bien: danza. Eso: baile. Y para coger el ritmo hay que tener cierta actitud, hay que tener un paso, como se dice, extra-cotidiano. También hay que señalar que termina por afectar una frialdad la hideputa. Esa frialdad es la de María del Carmen. No es un maniquí: es una vampiresa, que es distinto.

    Es un coño dentado.

    Por eso, quienes ven en la Paulina Dávila de Que viva la música a una mala actriz fallan en la sola acusación: si a alguien hay que condenar por esa frialdad, es más bien a Carlos Moreno. En cambio, hay un admirable talento, un real logro, en la disposición gestual, en la dinámica de los movimientos, cuando María del Carmen se come a Rubén en el mismo envión en que, en la novela, abre la boca y le muestra la lengua enterita. No hay mayor énfasis sino en el hecho de que se lo devora, de que se lo zampa, luego de extraer de él relatos trémulos y vibrantes que el enciclopédico melómano guarda como un tesoro de intimidad. A ella eso la arrecha, y no le es difícil, porque sabe cómo empalmar a un hombre, mostrarle el rostro más salvaje de la feminidad, sin necesidad de un gesto tan teatral como el de la niña en el libro.

    Es decir, la frialdad se encuentra a tono con el ambiente, con unas atmósferas ni aun interiores, sino eventuales, hechas de sugestión epidérmica. No hay un simbolismo teatral, de afuera hacia adentro, pero tampoco una falsa espontaneidad imitativa, de adentro hacia afuera. Todo es vacilar en cuanto va a pulso, en el campo de la actuación y la puesta en escena, con una caída, o si se quiere, con el tumbao, porque eso es vacilar: cero timidez. Y obviamente, porque es un texto más que codificado, muy de nuestro tiempo, ello va a pulso también con la imagen y con el flujo previsto desde el guión para la edición. La salida de la fiesta en que María del Carmen se conoce con Bárbaro nos muestra un roce de pieles y una postura del hombre sobre la moto que sin que uno lo note, es la ritualidad de la rumba depurada de toda significación.

    Y depurada de toda significación está la compaginación de secuencias alternadas, de modo igual de transgresor pero mucho más efectivo o insinuante que el uso de pantallas múltiples de Aljure en El Colombian Dream (2006). La significación habría de ponerla uno, y es imposible que no lo haga. Aquí se puede colegir una simultaneidad evocativa desarticulada de María del Carmen desde el inicio de su relato, o sea, al final de la historia, pero atraída en cúmulos asociativos que vinculan un beso con otra cosa, y esa cosa con otro beso de otro día, o la caída de Mariángela y Mariángela en tal o cual trance. Vaciados de significación, sí, pero suscitando un relato que jamás dejará de buscarse a sí mismo, como el camino de una conciencia a través de sus recuerdos agolpados, en la textura del vértigo y no de la representación.

    Como concibamos la historia, y no tanto en su orden, sino en su resonancia, en su valor humano, depende solo de lo que entendamos por María del Carmen a partir de nuestra sensibilidad ante este sistema formal. María del Carmen Huerta no es ningún emblema, sino una conciencia clara, lúcida, despierta, siempre viva, de que el mundo vuelve a renacer con ella, de que toda la vitalidad y toda la decadencia se encuentran en ella, sea de la generación que sea, sea del lugar que sea. Salir de la casa y perderse en la música, con eso basta. No hay que ser ni de clase alta ni de los años setenta para vivir ese destierro. Sucede que en el caso de la novela y en el de la película hay unas músicas específicas que representan suficientemente bien la polaridad entre sofisticación y calle, pero esa pugna es solo la de este mismo par de palabras.

    Que viva la música, la película, concluye bien, así, dejando a esa pelada sola.

    Ella ya ha visto la ciudad desde el pico de las montañas, que son como las rodillas de los negros que nos muestra Moreno un instante antes de que la loca Huerta hable de ese, su sueño de caleña inquieta. No ha celebrado ni motivado la violencia, la ha acolitado sufriéndola, ha sido rozada por la muerte en su imbécil inocencia, y lo ha podido advertir, y no se ha negado a ello. Le ha mandado un beso a su hermano atontado en la comodidad del lujo, despidiéndose para siempre. La película hace más homenaje a todo cuanto Caicedo puso en el libro, que uso de ello para conseguir adictos y taquilla. Se consume en la música como un pacto sellado con quien dijera que también el cine agota, y pareciera querer que uno saboteara la película, porque no sigue la historia con protocolos de causalidad directa, sino apenas sugerida, intuida.

    Que viva la música es más que respetable, una adaptación atrevida en rigor.