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    Ataque salvaje a los seudo-cineastas de Medellín


    PONELA COMO QUERÁS


    Por Santiago Andrés Gómez

    A Germán Arango, sin mi flow

    1. ADVERTENCIA INÚTIL
    Debería sobrar cualquier nueva claridad sobre lo que significa la palabra salvaje, pero lo común es que veas la palabra salvaje en un aviso de lociones de hombre o perfumes de mujer con luz lateral sobre el contorno de atléticos cuerpos desnudos, en pose turgente, o que oigas la palabra salvaje cuando se trata de publicitar una unidad residencial en un entorno a medias talado que vemos como si fuera el Paraíso virgen. No: reiteramos que salvaje es también, y sobre todo, la pátina de vejez que ya afecta al aviso publicitario pasados unos cuantos días, que salvaje es la palabra que no entiendes, que salvaje es el tiempo que fluye por entre los circuitos, salvaje el robot y salvaje la lectura. De hecho, cada interpretación es nueva y completa al texto: todo es primario, todo es madera nativa. Este ataque busca solo hacerte girar la cabeza, para que mires lo que eres, o sepas lo que no eres. No es más, ni debe verse como más. De nuevo, será real civilidad devota, no derrotada, ni victoriosa; beligerante.

    1. EL CINEASTA INVISIBLE
    Me resulta de mucho interés comenzar mi avanzada contra lo que yo llamo seudo-cineastas de Medellín recordando que aquí se trata primero que todo de definir lo que es una cuestión de lenguaje. Para mí cineasta no es “quien hace películas” o logra dejar una obra. Eso, desde mi punto de vista, debería ser la definición recta de cineasta, e incluso así puede ser polémico. Otros opinarán que cineasta es “el que vive de hacer películas”. Si comparan ustedes las dos definiciones verán que ambas tienen su dominio, su alcance, su parcialidad. Para mí, cineasta es otra cosa distinta a lo que considero su definición más parca y real, la de “quien hace películas”, viva o no de ellas. Pero con solo decir lo que he dicho comprobamos que voy en contravía de lo que se entiende como cineasta en mi sociedad. Puede haber quien haga películas de vez en cuando, incluso por vocación, y así vaya a dejar obra pero, no obstante, para mí, tampoco sea cineasta. Para mí, ser cineasta comporta algo más delicado.

    He de reconocer, entonces, que estoy hablando desde un flanco del todo ideológico, y que cuando digo seudo-cineasta estoy descalificando a cineastas verdaderos, a cineastas inobjetables, sea que vivan de ello o sea que hagan “películas” porque se les viene en gana, como yo. Y sí: esto es una postura tendenciosa, que surge de lo salvaje en tanto inopinado, en tanto fértil desde la nada, en tanto sensible por lo pronto, en tanto humano sin ser. Puede haber cineastas que no hayan hecho ni una película. El cineasta existe más allá de su proceder, desde un punto de vista salvaje. El cineasta sería alguien que reflexione y sitúe su reflexión en una forma u onda audiovisual. Por eso, el cineasta de hoy no tiene nada que ver con el de mañana, ni el de ayer con el de hoy, en términos formales. Sin embargo, en términos semánticos, el cineasta es el mismo hoy, ayer y siempre. Godard es Bergman, Bergman es Chaplin, Chaplin es Truffaut, y Truffaut es Godard. Y Godard es Gaviria, claro.

    (Prepárense para lo nuevo de Gaviria. Pongámonos el babero, niñitos.)

    Hablo de una estirpe que hoy tiene sus representantes, y que en Medellín tiene sus representantes. El cine de autor no es un cine individualista, es el cine del espíritu, y el espíritu no tiene dueño. Marta Hincapié, en este sentido, o su compañero, Santiago Herrera, son cineastas, y menos mal han hecho cine. Debemos agradecérselo. Que la crítica en Medellín y Colombia no sea capaz de advertir dónde está el cine y solo lo vea en los índices de que no quiero acordarme no borra en nada el hecho de que el cine está en otra parte, a veces incluso en lo mismo que nos obstinamos en llamar cine y premiar, bobamente. Pero los cineastas que marcaron el sendero, que ayer fueron muy populares, o que después, en los sesenta y los setenta, cosecharon prestigio intelectual, y aun influencia política, hoy van perdidos entre el gentío, convertidos a veces en meras estrellas de una farándula decrépita, como Rubén Mendoza o Simón Mesa (estos pueden ser cineastas, no importa: mi ataque es a una mentalidad).

    En cualquier caso, la crítica sí ayuda a que desviemos nuestra atención de lo importante por ver lo protuberante, lo que desde los centros tiene influencia, apenas por una cuestión de viabilidad laboral: “¿De qué escribo, si esto no lo va a ver nadie?”. No son del todo culpables los críticos sino de no darse cuenta de (o, como en el caso de Zuluaga, de negar o aceptar a medias) su distorsión del orbe cinematográfico. Esta distorsión solo podría corregirse asumiendo de entrada, y como premisa inicial, un panorama no solo necesariamente incompleto del cine, sino además inevitablemente desfasado. Implica la aceptación de una equivocación flagrante en todo punto de vista. Sin embargo, la situación no la pueden cambiar un crítico ni aun un cuerpo colegiado de críticos, una revista, por ejemplo, una escuela o un colectivo de visionarios. En ocasiones, por prestigiar lo real en procura del conocimiento (ojo a estas palabras), legitimamos estructuras o tendencias de poder que son pura inercia.

    1. OPCIÓN DE PLANTA
    Recuerdo que cuando la Revista Kinetoscopio llegó al número 50, Pedro Zuluaga, estrenado como editor (era el año 1999), escribió un artículo en que presagiaba un tipo de cine en Medellín que rendiría cuentas a sus antecesores: Gaviria, Gonzalo Mejía, Óscar Mario Estrada; un tipo de cine más proveniente de la academia, representado por Andrés Burgos y Santiago Herrera, y más cercano a una óptica industrializada. De a pocos, el tiempo le ha dado la razón. No obstante, ¿esto significa que sea un cine mejor el que hoy, ya casi de modo convenido, se quiere hacer en Medellín? Desde luego que no, y supongo que Zuluaga no quería decirlo así. El cine de “la vieja guardia” sufría y sufre por muchos vicios, por enormes vacíos, pero tampoco son peores que otros vicios y otros vacíos que comienzan a cundir. De hecho, estos reemplazan a aquellos: hoy tenemos vicios de afectación formalista en vez de vicios de desorden productivo, y vacíos de origen o nervio en lugar de vacíos de sentido.

    Desde luego, considero las dinámicas inequívocas. Considero la tendencia de lo que, con la pasividad de los varios o muchos que llamo seudo-cineastas, se quiere llamar cine desde la Comisión Fílmica de Medellín y desde la Alcaldía: un negocio, simple y llanamente, con una componente artística, que debe ayudar por medio de sus ”contenidos audiovisuales” a generar desarrollo en la sociedad y a fortalecer valores cívicos de emprendimiento e innovación. Muy bien, lectores estimados, para ser del todo honesto, antes de intentar un corto análisis en frío, debo expresar mi opinión de esta concepción del cine con una palabra que ya mañana oiré repetida seis y siete veces en las emisoras de la ciudad y veré pintada con carbón en frente de mi apartamento de metrópoli pacata: ¡Gas! Si ser cineasta es participar con éxito o mera aplicación en este programa, menos mal renuncié del todo a serlo. Pero no se ilusionen, viejos amigos del gremio; aquí el cineasta soy yo, y unos cuantos: no suenan todos.

    Y casi diría: solo yo, o nosotros, los salvajes, pero tampoco es tan grave.

    Porque, de nuevo, la culpa no es de un gremio. Se trata de una mentalidad social. Cuando di clases de apreciación cinematográfica para alumnos de primeros semestres de carreras variadas en una universidad privada, muy exclusiva, de la ciudad, muy enfocada en los negocios, e incluso cuando hice seminarios de historia del medio con egresados de esa universidad, porque es gente inquieta, las primeras clases iban bien, pero cuando entraba en terrenos movedizos, como los cuestionamientos por lo que nos atrae hoy en un guión, es decir: actualmente, o en los que nos hace el cine moderno por sí mismo, desde Rossellini, las respuestas más elementales escandalizaban, al hacerse claro que el cine es más que un producto comercial, y no solo eso: que la historia del cine además nos hace entender que el humano es más que un ser racional o bondadoso, más que una variable de la economía, y que la felicidad está lejos de la moda o la comodidad, y la belleza muy lejos del arte.

    Terminé saliendo en términos tensos, amables pero electrizados, de esa universidad, donde además pude comprobar de primera mano lo que es el verdadero espionaje y el bullying institucional e institucionalizado. Esto sucedía a la par que mis ataques al diario El Colombiano en la página de Facebook de mi documental Tratado sobre la mentira; todo se daba a una sola vez: fui víctima, ante todo, de mí mismo, y este reconocimiento me salva de toda paranoia. Lo que conocí es el funcionamiento del planeta hoy, en una ciudad que es, entre otras cosas, primer mundo, y un lugar privilegiado para pocos (también es tercer mundo y el cuarto en que vivo cuando medito). El poder impulsa toda actividad hacia el mercado, y no solo el precio que se pone a todo, sino la lógica que nos dice que lo tenemos, que si no nos lo ponemos moriremos de hambre, de soledad, por exterminio, depreda ya casi el resto, y lo depredará, como si no hubiera más que hacer, por más que lo neguemos.

    La opción que planteo no tiene nada que ver con un cine nacional, ni local, ni con posturas gremiales; la opción que encarno es la de un cine que bien puede no hacerse, que puede frenarse, que puede dar ejemplo de moderación, de ser fábrica pero no industria, de ser simple reflexión cuando resulte pertinente, y no sin otra posibilidad, no porque haya que hacerlo, no porque nos moriremos de hambre, tampoco porque sea útil para difundir valores del todo cuestionables en la coyuntura de nuestra era, o al menos no irrefutables, ni mucho menos inevitables, inexorables, como lo son el progreso, el emprendimiento y la innovación. Ya solo el orientar necesariamente el cine a valores cualesquiera, incluso la convivencia o la solidaridad, es problemático para una expresión que debe ser, quizá no libre, pero sí, más bien, poética, violenta, ya difícilmente rentable; cómo no lo va a ser la camisa de fuerza de una ideología como la del capital, que todo lo edulcora, hasta la sangre, como objeto de consumo.

    Así, hoy tenemos dos tendencias en nuestro cine: una muy formalista, otra comprometida con la sociedad. Ambas están arrinconadas por las exigencias que se hacen desde la institucionalidad. A veces esta institución es académica: la tendencia comprometida intenta poner sello grupal a sus productos y darles categoría y marca, así como muchos creen que hacemos los salvajes y Joche y Raúl y Ana no dejan que hagamos en Madera Salvaje. Del colectivo, el único que pensaba en el gremio era yo, y al mismo tiempo el único que pensaba en un sello empresarial. Joche Restrepo, Raúl Soto y Ana Victoria Ochoa me inspiraron, hace años, para darle un nombre salvaje a nuestro ser anómalo de treinta cabezas, y hoy somos cinco o seis, pero ni aun así el animal se deja; antes bien, ya Madera no existe: Madera somos. Pero pienso que así como somos, no somos: los demás deberían serlo, así como el Neorrealismo dejó de ser y se convirtió en “ellos”, y la Nueva Ola Francesa fue después varios otros.

    Somos muy celosos empresarialmente, tanto en la vertiente comercial como en la vertiente social, que podrían llamarse también ficticia, o de ficción, y documental, respectivamente. Esto supone gran vanidad, y lo que es peor, una adscripción a lógicas que estructuran los discursos de un modo que me autoriza a llamarlo seudo-cine, o cine de seudo-cineastas. Porque poco, o muy poco, viene de lo que quiero entender personal y fieramente como cine: una reflexión formal que honre lo que aprendemos en clase, la libertad con que nos quieren enseñar los profesores, la de Mileidy Orozco al hacer Mu drúa, la de Ángela Tobón y Juan David Gil al hacer con lo que hubiera La otra niña, la de Daniel Quintero al hacer El sonido del los sueños tristes. Solo K-minantes Colectivo, por dar un ejemplo insular, en La muerte del Camajón, sostiene una sensibilidad tan profunda que trasciende los esquemas productivos, llegando a ser un cine inigualable, en el que el arte no importa, porque es todo, y sobra.

    En cambio, el video arte y el video experimental tienen la libertad de que hablo, esa libertad del espíritu que sí permite que llamemos a autores inclasificables como Juliana Arias, cineasta, al mencionado Daniel Quintero, cineasta, a la profesora Adriana Escobar, cineasta, al laborioso Jan Marceau, cineasta, a los no pocos video-artistas (Mariana Gil, de Rara) que están insistiendo en la libertad del audiovisual en la ciudad. Es salvaje el video que nunca acaba, el gesto que permanece, que retorna, que pareciera no ser el mismo, que nos envuelve en una vida bendecida, en el que la imagen en movimiento es a la par la de lo otro y la de tu sensibilidad y pensamiento, como siempre en ese reloj de arena de la pantalla, que cuenta tu tiempo, que cierne tu fértil polvo, y no el de una agreste e indistinta tierra. Yo pensé alguna vez que ese tiempo mío no era mío, sino de todos. Pero para que tu tiempo sea mío también, debemos volver a encontrarnos como lo extraño, insólito que somos. No como otra cosa.



    2 comentarios:

    radio neblina dijo...

    La verdad es que de los Madera Salvaje ya no queda nada, para mí, desde mi óptica, todos se ha convertido en una manada de lamebotas institucionales, gesto que se puede justificar de Joche (el más salvaje otrora) pues es padre de familia y debe lamer todo tipo de culos para proteger a sus cachorros, pero del resto uno no entiende cómo llegaron a ese punto de sobachaquetas con sus trabajos. Y o digo como ex fan decepcionado.

    Santiago Gomez dijo...

    Estimado William, no creo (hablo como Santiago Andrés Gómez) que sea del todo justificable ser un lamebotas, pero si fuera como dices, es muy probable que te llegue el momento. En este caso, yo puedo decir que estamos en un momento más que necesario, quizás, o al menos saludable, de simple pausa o relajamiento. Aquí no hay causa por defender distinta a la de una moderación y sometimiento a la naturaleza y a Dios, más allá de los afanes gremiales y de las vanidades cinéfilas. Si no volvemos a hacer nada, está bien. Hicimos lo que había por hacer, y si no hay más nada que hacer, lo mejor es no hacer nada. Queda quizás hacer crítica, por parte de Salvador Gallo, pero sin pretensiones. De todos modos la expresión seguirá, tal como la vida. Tu examen aporta, pero es solo tu examen. Haz lo tuyo.