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    En los 40 años de “A Night at the Opera”


    EMOCIÓN PURA


    Por Santiago Andrés Gómez

    En mi niñez, uno de los grupos de moda era Queen. Varios de sus temas sonaban con frecuencia en la radio, los noticieros de televisión pasaban primicias de sus multitudinarios conciertos, e incluso una película reciente (Flash Gordon, Hodges, 1980), como otras posteriores de mi adolescencia, había sido musicalizada por el grupo. Uno de los motivos de comentario que generaba Queen era la supuesta homosexualidad de sus integrantes, que no he querido averiguar si real o no, aunque desde luego, en el caso de Freddie Mercury, el difunto, legendario vocalista, es aún uno de sus rasgos de carácter. El mismo nombre del grupo, que evocaba a las Drag Queen, era toda una provocación, y mucho de la estética del kitsch, tan propia del Glam Rock y de algunas expresiones del movimiento queer, inspiraba los atuendos de Mercury, la escenografía de los conciertos de la banda y los arreglos de sus canciones.


    Killer Queen, en un medley en vivo (1977)

    Queen combinaba el sonido más duro del rock con un empaque pop que lo suavizaba, y había grandes baladas entre sus temas, y siempre, soplando de lejos, un aire melancólico que hipnotizaba. Cuando vi el clip de I Want to Break Free, en 1984, me resultó claro lo que era el rock de mis tiempos, aunque entonces no pudiera expresarlo con palabras ni fuera consciente de ello. Era algo que, muy diversamente, pero sin duda, está emparentado con actitudes como las de los Beastie Boys cuando cantan: “You Got to Fight for Your Right to Party”, y provenía en buena parte de los más vistosos movimientos musicales de los setenta: el punk y el Glam Rock. Espolvoreado en la azúcar fosforescente y chillona del pop que sobre todo Michael Jackson y MTV habían establecido como norma en los ochenta, Queen y la figura de Mercury eran líderes en una exigencia juguetona, libérrima, de los privilegios del consumo.

    Y claro, la melancolía y el absurdo no estaban ausentes de las obsesiones de su rock. Ya desde años atrás, en 1975, la furia, el desencanto, el asombro ante la belleza de la vida, toda la variedad de sentimientos que surgían de un alma insatisfecha, inquieta, habían cosechado la grandeza de temas populares, incluso más espectaculares que nada, como Death on Two Legs, pasmoso ataque de Mercury a las estafas no poco frecuentes en la industria del rock, o Bohemian Rhapsody, el sorprendente sencillo que promocionó al larga duración A Night at the Opera, una de las cimas del rock de todos los tiempos, que este año ha cumplido cuarenta años como si nada, confirmando, corte tras corte, la perfección alcanzada entonces, una cualidad casi intemporal, y una variedad que difícilmente sería alcanzada después por la banda, varios de cuyos fanáticos, sin embargo, prefieren el disco siguiente: News of the World.

    Death on Two Legs (dedicated to...): el sonido Queen

    En verdad, News of the World y A Night at the Opera constituyen la cima del trabajo de Queen como banda creativa, que, en sus palabras, usaba el estudio “como un instrumento más”. Pero A Night at the Opera supuso además un quiebre en su carrera y fue la irrupción definitiva de un estilo, un sonido, que a partir de entonces se hizo ya inconfundible. En su momento, el grupo estaba en deudas pese al éxito de su trabajo previo, aunque Death on Twoo Legs, la muy agresiva canción que abre el elepé (But now you can kiss my ass, goodbye!), demuestra que había una clara reacción y voluntad de cambio que conquistó la confianza de la casa EMI para dar carta blanca al grupo. El nuevo disco fue costoso y demorado, pero el esfuerzo redunda en una obra impecable, todavía despampanante, que lleva los deseos de “profundidad y amplitud” de la banda, como los describía el baterista Roger Taylor, a su extremo.

    Se ha explicado la música de Queen como una elaborada superposición de capas, un tejido en que el conjunto brilla por encima de todos los elementos, ya sean el virtuosismo de un determinado solo de guitarra, la cualidad superior de tal o cual tono de voz (Taylor hacía cosas que Mercury no podía), o el mayor poderío de tal o cual canción, como la inefable Bohemian Rhapsody, y en esto el trabajo de Queen ha sido comparado con el milagroso acople colectivo de los Beatles. Sin embargo, yo sugeriría que hay algo más, o menos. Los temas de Queen, los grandes temas de A Night at the Opera, pueden ganar mucho con su esmero al trabajar en el estudio, pero desde el principio la apuesta está ganada por el afecto, por la inspiración de sus canciones, o es decir: por la sencillez de la composición. Esto se hace innegable, digamos, cuando oímos Love of My Life interpretada por Brian May en solitario, con guitarra acústica.

    ¿Una canción, y nada más?: Love of my Life

    Ahora bien, sería una necedad que, tan solo por no privilegiar el costado más artificioso de Queen, que de hecho A Night at the Opera pone en su justo lugar: muy arriba, y aun más allá, llevando a la exageración de suponer que lo es todo (que Queen es una obra de ingeniería), sería una necedad, decimos, que uno no reconociera o no advirtiera la pertinencia del case entre un lirismo tan entrañable como el de ’39 y los arreglos a que fue sometido el tema. Incluso hay que aceptar que Seaside Rendevouz, Lazing in a Sunday Afternoon, y un poco Good Company, son obras en que el trabajo de estudio se vuelve un soberbio acto de improvisación. El farm sound (sonido de granja), sello de una de las mejores épocas del jazz y de la música, la del Dixieland, que consigue Brian May tocando al unísono en varias capas, en Good Company, es de lo más genial, de lo más retorcido pero encantador que uno pueda oír jamás.

    '39: el "otro" gran tema de A Night at the Opera

    Pero, además, cortes muy elementales, casi convencionales, como el dulcísimo You’re My Best Friend o la mencionada, conmovedora balada, Love of My Life, nos hacen considerar esta obra maestra de Queen y del rock de todos los tiempos, A Night at the Opera, como el fruto depurado de una genialidad en su punto más inocente o pueril, sin mayores afeites ni cálculos. Pueden existir muchas estrategias encomiables, un productor inmejorable, y las elecciones formales al final lo son todo, como el intro de You’re My Best Friend, el arpa en Love of My Life, el rugido de los motores en I’m In Love with My Car, por no hablar del aparatoso montaje de Bohemian Rhapsody, y sin embargo, con todo y ello, no debemos engañarnos. A Night at the Opera es rock puro, sencillo, en un sentido en que casi no se había podido entender antes. Aquí caben Bing Crosby, el Louis Armstrong más original y la ópera italiana de los castrati, por la versatilidad de los músicos, pero el centro de todo es la más limpia vitalidad.

    La memorable contribución de Roger Taylor, 
    I'm in Love with My Car

    La próxima semana miraremos en detalle uno de los temas más portentosos de este elepé: el insuperable Bohemian Rhapsody.