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    Notas sueltas sobre Bohemian Rhapsody


    LIBERACIÓN Y DERROTA


    Por Santiago Andrés Gómez

    La historia del rock está llena de intentos de los músicos por ser algo más que intérpretes, o algo más que juglares, digamos. El rock en esencia nace de una lejana vocación narrativa, la del folk, que se reconocía poética pero en las formas musicales se concebía apenas artesanal y, con suerte, un tanto mágica. Sin embargo el ambicioso músico de rock, ya en sus orígenes, a mediados de los sesenta, mezcla el más variado folclor americano y la secular canción de taberna inglesa con las tradiciones del viejo vodevil, encarnadas en esos días en Sinatra, y a eso le suma, como factor clave, la diversidad rítmica del negro, desde los palmeados coros del culto religioso hasta el explícito erotismo del rock’n roll, con Chuck Berry a la cabeza, pasando decisivamente por el blues. Ejemplos iniciales del rockero sobresalen por su variedad, aunque son Bob Dylan y los Beatles quienes definen un sonido más elongado en su compás que el muy demarcado rocanrol, lo cual será el rasgo central del rock lato.

    Sheer Heart Attack, el auténtico rock de Queen

    A la variedad que esa elongación permite se le podrán acoplar muchas cosas, y para mediados de los setenta, cuando es creada Bohemian Rhapsody, la intrincada composición de Freddie Mercury que cumple ahora cuarenta años de leyenda, ya el rock ha hecho más que atrevidos coqueteos con la música clásica, la hindú, la caribeña (especialmente Santana), y retornos delirantes a las raíces africanas más remotas: esto ocasionará reacciones violentas a favor de lo más básico, con el punk a ambos lados del Atlántico. Lo que en el principio fue un tipo de música sencilla, o más bien inspirada en los secretos de una particular y ancestral sencillez, y que transitaba o prefería transitar apenas por los parajes de una letra que, eso sí, decía mucho con poco, se había convertido en una de las empresas creativas más colosales del siglo XX. Detrás de su aparente frivolidad pura, el rock se había convertido desde el Rubber Soul, de los Beatles, en una conquista de la expresión sublime.

    Bohemian Rhapsody, uno de los video clips más famosos de la historia

    Cuando Bohemian Rhapsody sale a la luz pública, en medio de hábiles triquiñuelas de sus productores para inducir a las emisoras a que pasen completa la aparatosa obra, de casi seis minutos de duración, la canción llega casi de inmediato a las cimas del éxito, aunque mucho menos en Estados Unidos que en Gran Bretaña. Se ha dicho que este tema es la quintaesencia de lo que no gusta en Estados Unidos, pero sin duda comparte con composiciones eminentes de algunos rockeros norteamericanos (digamos Scenes in an Italian Restaurant, de Billy Joel) el interés por expresar una odisea, por convertirse en un viaje, por reproducir y acrecentar la extravagancia de la vida, una extravagancia mucho más veraz que la de los relatos concentrados en formas de realismo aplicadas a un solo objeto o un solo tema en especial, o por medio de un solo estilo. Esta vasta creación intenta comprenderlo todo, sumarlo todo, no en síntesis, sino con desmesura. ¿Pero cuál es la atracción de su hechizo?

    Sabido es el modo en que el asunto se estructura en seis partes que entran la una en la otra, como hubieran querido y consiguieron en parte los Beatles en Abbey Road, o como había logrado más notablemente Pink Floyd en The Dark Side of the Moon. Bohemian Rhapsody crea el efecto de uno haber revivido al oírla una experiencia vital incomparable, de haber pasado por muchas más cosas de las que se pueden contar en los ya largos, nutridos pero apretados seis minutos que dura el corte. No considero necesario aquí tentar ni la más somera revisión formal de una canción que ha suscitado serios estudios de musicólogos formados que, con todo, aún no logran desentrañarla. Nos bastaría al respecto acentuar un recurso que está en obras similares en su contrahecho pero exquisito gigantismo, como Stairway to Heaven, de Led Zeppelin, y es el lento paso del susurro a un éxtasis que vuelve sutilmente al susurro, modulado con ternura, pero todo a la manera de un gran espectáculo.



    Freddie Mercury: un showman natural.

    La vida, puesta en un ensueño, recupera la agonía universal del ser humano cuando Mercury yuxtapone escenas dramáticas de la letra como si se sucedieran de manera arrolladora, incontenible. Un asesinato evocado misteriosamente desde el principio, sin previo aviso, una serie de incertidumbres inconexas, algunas de las cuales se han querido interpretar como la dubitación de un homosexual reprimido, unos coros y llamados apremiantes, aun más dislocados, en la llamada “sección de ópera”, los reclamos por la dignidad propia, herida, y al final el regreso a las inquietudes filosóficas entonadas en el proemio, que trazan un prodigioso arco desde la pregunta de si esto es realidad o fantasía hasta la respuesta de que hay que hacer como si nada porque “de todos modos el viento sopla”, son momentos nítidos que emanan uno del otro, ondas concéntricas que semejan azarosos recuerdos de vida en recuento vibrante, que se extinguiera con la vida misma.

    La mera idea de la canción, que desde el principio debió haber avisado de su carácter monumental a su creador, cautivó de inmediato a los demás integrantes de Queen y al productor de A Night at the Opera, Roy Thomas Baker, que se entregaron a una producción desmandada, cuidadosa hasta el extremo y costosísima. Brian May ha dicho que su compositor la tenía toda en la cabeza, y es difícil pensar que Mercury, aun de modo indirecto, no se estuviera retratando a sí mismo, cuando uno lo oye cantar tan desgarradamente el tema. Bohemian Rhapsody, que ha sido interpretada en una recopilación iraní de éxitos de Queen como un himno fáustico, en el que el personaje central le vende el alma al diablo, y cuyo título revela el carácter romántico, en el sentido más elevado, de su inspiración, por la tradición caprichosa de la forma rapsódica y por la índole de elegido del “poeta bohemio”, es una muestra suficiente de lo que se puede y debe llamar necesariamente genio en el arte.




    Algo más que una canción

    Porque, como dicen sus amigos de Queen, Freddie Mercury era mucho más que una simple estrella de rock, más que un gran hombre de escena, y más incluso que un vocalista insuperable o un formidable músico. No es necesario escarbar en su vida íntima ni acudir a las frases más autorizadas de quienes lo conocían bien para darse cuenta, si oímos con atención sus canciones, de la delicada sensibilidad que lo animaba, por debajo del regusto exhibicionista y la pasión por las emociones fuertes. El autor de Love of My Life, con Bohemian Rhapsody supo, además, dar cierre perfecto a un disco, A Night at the Opera, que se representa a sí mismo como una “imitación de la vida”, como el asistir a un espectáculo donde lo sublime alterna con lo grotesco y todo se vive y sufre como una ilusión fatal. Desde el durísimo ataque de Death on Two Legs hasta el conmovedor final del elepé (anyway the wind blows), hay un diablo en pugna con su visión, y cuya única derrota es su verdadera liberación.