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    “Violencia” (Forero, 2015), según Salvador Gallo


    DE BUENA FE


    Por Salvador Gallo

    Qué fuerza, qué inteligencia, qué importancia la de esta película. Pareciera con la aparición de su título en pantalla, tras todo el acontecer fílmico que ella supone, tras la hora y 18 minutos de cine que hemos visto, que todo lo anterior fuera una definición del término, o que este fuera la calificación perfecta para la parquedad terrible de que nos hace ser testigos. No hay mayor énfasis en nada, y mucho menos en la gracia de los créditos, aunque sea esta austera, y esto es un ejemplo de sobriedad, un gesto de buen gusto, pero sobre todo de respeto por lo que se está tratando. En esta película no hay el engolamiento que veíamos en otras películas colombianas recientes, obsesionadas por demostrar su maestría poética en cada plano, en la supuesta abstracción de cada corte. No: Violencia es un cine adusto, como es corriente en los últimos años en el mundo, pero mantiene su concentración admirablemente sobre lo que, de algún modo, debemos llamar “los hechos”, antes que sobre la forma.

    La forma aquí proviene del impacto que atraviesa desde un orbe referencial muy identificable por todos la conciencia de su creador, y esta conciencia lo es todo en la película, porque acusa ese impacto. Ocupada por entero en la violencia colombiana contemporánea, la conciencia del autor modela una forma selectiva de pertinencia incontestable. Es esa capacidad de escoger los eventos que configuran a cada uno de los tres relatos sucesivos de la película lo que hace de esta una obra superior. Primeramente, desde el guión (o sea: en la escaleta, en la secuencia de sucesos), seguidamente, en la puesta en escena, aunque con seguridad esto también es parte de un momento más avanzado del guión. Parte, no todo, pero sí concebido desde allí. Es decir: la puesta en escena no es el centro del filme, y sobre todo no es una puesta en escena que gire sobre sí misma, ni tampoco sobre un concepto. Hay en Violencia una adecuación a la narración llana que es su gracia secreta.

    Existen pilares sobre los que se sustenta la estética de esta película, y podríamos recordar las precisiones de García Márquez sobre el llamado “relato de la Violencia”, a mediados del siglo pasado. García Márquez llamaba a los escritores de aquellos tiempos a mirar más el temblor de los sobrevivientes asustados que la carne lacerada de los muertos, más el miedo que provocan los disparos que los disparos mismos. Aquí la muerte o la humillación se miran en sus implicaciones, como en la historia del adolescente raptado y asesinado por el ejército, que deja todo un mundo y toda una identidad tras de sí, o en sus consecuencias, como en la historia del secuestrado, que ya es casi vuelto por sus raptores un simple rastrojo, un animal de carga cuya sola carga es él, o en sus delicados vínculos con la vida cotidiana, como en la insidiosa historia del soldado que es capaz de hacer abrir a cuchillo a una mujer el mismo día en que celebra su amor, como todo un caballero, con otra hembra.

    En la historia del secuestro, los diversos aspectos en la vida cotidiana de un hombre prisionero en la selva son reducidos a cuanto emana su crasa vivencia, sin antecedentes. La profusión del encierro, la vastedad de la cárcel, la enfermedad, se resuelven todas en el plano que abre la película, por una combinación de movimiento de cámara y de foco sobre la manigua, que llega hasta el cuerpo estrechamente dormido y llagado. Ahí, en esa imagen del todo ampulosa, se ve que Forero, el director, no condesciende ni siquiera con la humildad. Seguidamente hay imágenes no menos sensuales, pero vectores como la cadena que se cierra en el cuello del hombre o la luz de una radio en la noche, o cortes como el que va del río donde se baña a la hamaca donde sufre de espasmos, fiebres y cólicos, nos arrebatan de la contemplación y nos obligan a considerar la situación en sí misma, dramáticamente. La única abstracción se da justo en cuanto a que esto último no es del todo posible.

    En la historia del joven engañado por nuestras fuerzas militares el castrador entorno urbano juega un papel definitivo que hace contraste con la historia anterior y se cierra significativamente en su aniquilación en el monte. El joven sale, y ha debido entrar, por una ventana, como el enemigo del Evangelio, para amar a su novia sin sufrir por ello. No habla mucho con su familia, y si su madre lo regaña, ella a continuación sonríe con orgullo de saber que tiene a un hombre que se manda en la casa. Se prepara con decoro para enfrentar el mundo, pero si otro se descuida, él sabe robarlo como quien no quiere la cosa. Suele tener como presupuesto que si a uno lo rajan, no es por nada: prefiere azuzar así a su novia para que estudie, que simplemente oírla cuando esta le cuenta de la inquina de una profesora. Sin embargo, sabe en carne propia que por más que uno se esmere, el éxito no está asegurado, y aprovecha cualquier oferta. En cierto sentido, peca de buena fe, y muere creyendo en el ejército.

    En la tercera historia, la última de la película, la del hacendoso asesino, hay una descripción morosa, cierto que muy sutil, de algunos detalles escandalosos de nuestra forma de vivir, pero casi imperceptibles, como el hecho de que un raspado de hielo dulce valga mil pesos, y que una compra de materiales ordinarios para el agro se vaya en setenta mil. El personaje es un hombre que domina a la perfección todo cuanto supone la vida práctica, pero solo conforme pasan las imágenes y de un momento a otro lo vemos mandar y ponerse uniforme advertimos que es un soldado de rango no bajo. Hace matar a una cabra para el almuerzo: señala cuál. Almuerza con hombres cuyo salvajismo y virilidad asoman en la risa franca, en las bromas fuertes, en eso que la civilización le cobra a quien lo deje ver, pero que ellos mismos, educados a plomo, saben ocultar, hasta probarse matando a una inocente (él dice cuál). Al fin, el asesino vuelve a donde su novia y sale con ella a pasar el rato, relajado.

    Los valores de esta cinta están más que nada en este poder de observación general, que precipita en breves escenas todo el aluvión de bestialidad, de automatismo y de complicidad en que estamos volcados hoy en Colombia, en que nos fuimos volcando poco a poco. La cinta ni de lejos pareciera proponer o esperar una solución, y difícilmente podría constituir siquiera un aporte en ese sentido, y no solo porque el cine como institución en Colombia se haya logrado liberar de toda responsabilidad al respecto, sino además porque la película es apenas el diagnóstico de una enfermedad remota cuyos síntomas si acaso esboza. Aquí, creo, solo podemos tragar saliva y reconocer nuestra miserable incapacidad frente a la enorme debacle humana en que hemos caído, nuestra imperdonable ignorancia ante la tragedia indecible que vivimos y nuestra oportunista connivencia con las estructuras que han logrado desde tiempos inmemoriales que seamos cada día más sofisticados en la detestable violencia.