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    Del baúl de los recuerdos (4): "Satanás", de Andi Báiz


    QUE DIOS NOS LIBRE

    Por Santiago Andrés Gómez (artículo publicado originalmente en Revista Kinetoscopio No 79, volumen 17, Julio - Septiembre 2007, pp. 106–108)

    Ven a comprar y descubre tu naturaleza
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    El estupor que produce Satanás exige sobriedad y valor al hablar de ella: es una película tan agobiante que difícilmente puede uno acertar sobre la naturaleza de sus efectos. Mientras algunos críticos y muchas señoras sólo ven en ella “una explosión de violencia rodada con destreza” (Mauricio Reina), otros la ven muy cerebral y piden más visceralidad (Oswaldo Osorio), pero la verdad es que la película no es ni cerebral ni explosiva, o más bien es ambas cosas, y ni siquiera en dosis suministradas por separado. Yo veo en ella más bien una emocionada templanza, una distancia que permite asombrosamente aceptar lo inexplicable y casi disculpar lo imperdonable, aunque no de un modo mecánico y ni siquiera evidente: Satanás es un relato cuyo poder está en sublimar, sin complacencias con uno o con sus personajes, un sentimiento homicida que, como sabemos, no es tan irreprimible en la vida cotidiana como quisiéramos.

    No obstante, lo más obvio es caer en la trampa en la que cae Pedro Adrián Zuluaga al argüir que las motivaciones del asesino Eliseo son en este filme “sobreexplicadas”. ¿Desde cuándo todo el que se enamora sin ser correspondido sale a matar gente, con todo y que además lo deje de saludar la gente del vecindario o lo insulte la mamá? Cierto es que con menos dan ganas de matar, pero me imagino que quien se deja llevar por ese impulso sabe que el cúmulo de sus motivos sólo permite concebirlos como tales desde su propia experiencia, al margen de la cual no son sino detalles impersonales. Así pues, dado el laconismo de la película, en Satanás no hay motivos siquiera insinuados para lo que Eliseo hace al final, y si uno postula cosas como el amargo almuerzo al que él invita a una mujer escrupulosa que prefiere dejarlo comiendo solo como un motivo de la masacre, eso es cosecha de uno.

    Por el contrario, un guión problemático, como sin duda lo es el de Satanás, adquiere profundidad nada más que por la reconcentrada y sin embargo muy serena dirección del filme. Si Andi Báiz hubiera sido más visceral, como quiere Osorio, la película sí hubiera sido todo lo demostrativa que no es, y si hubiera intentado ser menos escueto, si se hubiera puesto en el papel de “comprender” la psique, el resultado hubiera perdido la contundencia de su insondable absurdo. En cambio, la reacción final de Eliseo nos es cercana pero pavorosa. Cercana por el inconfesable desprecio que nos llega a merecer la humanidad, por la hipocresía en la solidaridad de la vecina, el arribismo de la mamá de Nati (“mi niña es la primera en todo”), la indignidad de putas y miserables y la presunción de los que leen (“¿y usted qué hace, de dónde es, dónde vive?”). Pero que ese desprecio se traduzca en un asesinato a mansalva es otra cosa.

    Nada en la película deja entender ni la soledad ni el desprecio como causa efectiva del asesinato, y ni siquiera la maldad es perceptible en alguien más o menos que en otro, pero sólo porque todo esto, tanto la sensación de vacío e incluso de repulsión como la consternación final, no pueden ser sino afecciones que logra la mesura del director. Por demás, las historias de Eduardo y de Paola, que para muchos fluyen sin gracia en el principio y sin ninguna relación coherente –a lo largo de toda la película- distinta al destino que al fin corren a manos de Eliseo, en realidad no sólo son sostenidas con una narración visual más acerada que correcta, sino que además del presagio cataclísmico que solas y yuxtapuestas entrañan, profundizan sobradamente en el nudo gordiano, en la historia que se va con cada muerto. Si hay algo impropio en todo esto es hablar del principio de Satanás o de estas subtramas como de algo flojo.

    El mismo Andi Báiz dice preferir la segunda mitad del filme, pero pareciera que lo hace más a instancias de lo que dicen los demás, porque previamente, en el mismo diálogo, afirma que, pese a que temía que el arranque no tuviera fuerza, cuando terminó la película se dio cuenta de que era necesario que fuera así. Pero fuerza sí tiene: la tiene toda, y las ruedas del carrito con el que Paola vende café, manchadas con la sangre que vierte una carnicería y que constituyen la mejor presentación de su historia, o la masturbación del padre Eduardo, que es mostrada de un modo sencillo, compasionado y eficazmente incómodo, son los mejores ejemplos del vigor narrativo que impulsa a Satanás y de la pertinencia emotiva de las dos historias paralelas a la de Eliseo. Hasta el personaje de Alicia, una especie de comodín de la metafísica del mal, gravita más como una forma extrema de nuestra propia demencia que como un ardid.

    Paola, por ejemplo, que viola a los hombres, decide hacer matar a sus violadores, y aunque vacile en el último momento, lo que le hicieron quizá puede hacerla intentar cambiar de vida, pero no perdonarlos, y uno la acompaña tanto en el escalofrío que provoca el arrepentimiento de ellos como en los disparos que ordena finalmente y –gracias a la prudente lejanía del audio- sin que lo sepamos nunca. En cuanto a Eduardo, el acto enloquecido de Alicia, quien mata a sus hijos para que no sufran más hambre, y la pasión que él siente por su empleada, son cosas que además de exacerbar violentamente un sentimiento de inutilidad en su prédica, lo llevan a optar por el retiro del sacerdocio y por la entrega a un erotismo pleno con la mujer a la que ama, lo cual sin embargo hunde más a Eliseo en la soledad y da pie a esa fatalidad cuya consideración Eduardo ha desechado angustiada e inocentemente.

    Con todo, lo más impactante es que el encuentro de Paola, Eduardo y Eliseo en el restaurante se deba a meras casualidades que los afectan por todo lo que han hecho, pero que no se muestran como una consecuencia moral severa sino como un orden volcánico de las cosas, un orden exterior e interior, igualmente impasible y por ello más terrible, en el que Báiz no llega a meter la mano. Todo merecimiento trágico está por fuera de la voluntad narrativa del director, quien de hecho parece saber muy bien que en la vida todo es veneno. Lo de menos, mejor dicho, es que los personajes mueran en una masacre, porque ésta sólo es el precipitado de una mezquindad mayor en ese mundo que la hace crasamente posible. El desarrollo de la película es como dicen las palabras que subraya Eliseo en el libro que lee: avanza inexorablemente en una sola línea, y la condolencia que hay en él es de un mutismo infranqueable.

    A este respecto, no puede ser sino alentador para el cine colombiano que un director tan capaz hable humildemente del sabio deseo que lo animó a tejer con su primer largo una narración coherente, homogénea, fácilmente legible, porque a estas volátiles alturas de la historia del cine no hay nada más arriesgado que ser convencional y que expresar emociones a partir de lo que los personajes y las historias sugieren en sus facetas más comunes, o sea no con aquellos jugueteos y ribetes y trucos que, empezando por más de un pelele como Felipe Martínez y terminando por un virtuoso como González Iñárruti, se suelen llevar desmedidamente toda la atención del público y de la crítica. Sólo por eso, sólo por esa postura, que acaso conlleva o al menos permite –o que, bien mirado, incluso exige- logros más profundos que los que importa aún el atrevimiento más brillante, ante Andi Báiz hay que quitarse el sombrero.

    Al final, el plano en el que Eliseo carga su revólver con su imagen proyectada hasta el infinito en los espejos del baño del restaurante donde hace su expiación macabra, es un momento de genialidad que articula cristalinamente el giro siniestro e incontenible de la película, porque ese cuerpo remoto que nos alberga es legión, es un populoso infierno, y la perversión que respira en los paliativos recurrentes de la comodidad, del buen recaudo, del amor al prójimo, perversión que sólo ven unos cuantos dotados de una agudeza insoportable e igualmente perniciosa, no nos puede dejar tranquilos con lo que nosotros mismos encarnamos, hasta que al fin, cargando un revólver, es todo nuestro ejército el que lo carga y sentimos que los ángeles idiotas de la feliz mentira despertarán de la falacia y recibirán su merecido, para que por fin sepan que no son sino como nosotros, un pobre diablo.