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    Columna 2 : el espacio de opinión de Madera Salvaje


    DE LA FALACIA DEL REFORMISMO


    Salvador Gallo: Supe que te dolió mucho lo que dije de la venta de Isagen, querido Segundo.

    Segundo Calvo: ¿Quién te fue con el cuento?

    Salvador Gallo: Es lo de menos. A veces no es necesario que nadie nos diga nada. En este caso lo supe desde el principio.

    Segundo Calvo: Pues sí, fue así, pero no imaginé que lo hubieras notado. De todas maneras, yo no me reservé nunca decirte lo que opinaba de tus ideas.

    Salvador Gallo: Casi nadie se da cuenta de que lo más frecuente es no entender del todo lo que alguien dice, ya sea porque uno no se explicó bien o porque para cualquiera entender realmente es casi imposible.

    Segundo Calvo: Ja, ja. Parece que has estado dándole vos solo muchas vueltas al asunto.

    Salvador Gallo: Exactamente. Pero primero quisiera interrogarte, y no sé si me abstendré. Supongo que cuando dije que lo de menos es quién es el dueño del agua vos pensaste que se me da un comino el uso que se le dé al agua en el mundo. Justo quise decir lo contrario.

    Segundo Calvo: Claro, pero es como si no hubieras investigado en manos de quién quedará el agua de Colombia con la venta de Isagen.

    Salvador Gallo: Es más bien porque sé que los colombianos que sí le den un buen uso al agua, que no son todos, solo podrían hacerlo luego de una transformación radical de la sociedad, no reformista, que no consiste tanto en respetar la Constitución como en unas cuantas regresiones, tal vez utópicas, pero que personalmente considero inevitables.

    Segundo Calvo: ¿Cómo cuáles?

    Salvador Gallo: Te dije que se instaurarían mediante la violencia, sin opción. Por eso insisto en que lo primero que habría que hacer es entenderlas como cualquier cosa menos como reformismo. O mejor dicho: la primera de esas transformaciones tendrá que ser la destrucción, lenta o súbita, de todo el sistema tal como lo conocemos. Y si es así, las siguientes transformaciones hay que considerarlas entonces con otros parámetros. Cero desarrollo, para empezar.

    Segundo Calvo: Ya veo. Pero en cambio parece que en tu vida optaras por agachar la cabeza, por no protestar, por suspirar por ese orden regresivo, original, tan alterno al real o al simplemente posible, que no solo desechás del todo la construcción metódica, pacífica y racional del mismo mundo que querrías, sino que desechás algo distinto al triunfo de lo que más odias.

    Salvador Gallo: Puede ser. Pero es que si amo el negro, y solo hay blanco, no tengo porque buscar grises. No hay nada que me compruebe el mayor beneficio de un arreglo a medias de nuestra realidad, que solo retrasará su desplome pero embotando las percepciones sobre su podredumbre. Por ejemplo, no es que el desarrollo se haya salido de madre, que deba moderarse, es más bien que en este instante, y tal vez desde siempre, es absoluta, definitiva, plenamente inviable.

    Segundo Calvo: ¿Y si por vías democráticas y republicanas propusiéramos ese sistema distinto, regresivo, y lo supiéramos proponer, y si basáramos nuestra propuesta en la comunicación de nuestro saber sobre el tema?

    Salvador Gallo: Perdoname, Segundo, eso es fantasear. Los medios le sacan el cuerpo a cualquier cosa que no signifique beneficio económico para ellos o sobre todo para sus promotores. Lo tergiversarían todo, desde la mera forma. Es que ahí está el problema clave de nuestra sociedad, por supuesto. Y va mucho más allá incluso de la supervivencia de la especie: se centra en que casi nadie acepta o puede sobrellevar una supervivencia equilibrada con la diferencia absoluta del otro y con la insatisfacción central de la vida humana.

    Segundo Calvo: Vos pretendés que todos seamos unos monjes.

    Salvador Gallo: Pues los que van a sobrevivir en verdad serán monjes, te la canto así. Aunque hay quienes sobrevivirán como robots de segunda categoría, que es a lo que se está reduciendo el individuo. Estos serán afortunados, pero nada más. Sus vidas no serán ni propias ni especialmente vitales. Sus supuestas comodidades estarán en vilo continuamente. Es que la desaparición de un hábitat no le conviene a nadie, y eso es lo que se han garantizado los adalides del progreso, en espera de una gloria y un poder superiores a los ya muchos que le estuvieron reservados a nuestra humanidad. Mientras tanto, la verdadera o más profunda supervivencia se dará en otro nivel, un nivel espiritual, de conciencia superior, que puede prescindir incluso de estas mismas consideraciones. Es algo tal vez muy sutil, pero a lo que hemos tenido acceso todos desde el principio de los tiempos.

    Segundo Calvo: Bueno, en eso coincidimos.

    Salvador Gallo: ¿Verdad que sí? ¿Entonces qué necesidad tenemos de mentirnos más con la idea de que el sistema consumista puede cambiar, de que puede ser consumista sin serlo?

    Segundo Calvo: La diferencia entre vos y yo es que vos perdiste la compasión.

    Salvador Gallo: La diferencia entre vos y yo es que yo sé muy bien hasta dónde me compete a mí esa compasión.

    Segundo Calvo: Te engañás. Yo no te veo moviendo un dedo a favor ni siquiera de la rebelión armada que concebís como solución única a los problemas reales del mundo. Y afuera, las cosas se mueven a una velocidad que los dos desconocemos. Creo que soñás cuando decís que el sistema es uno solo y se acerca a su colapso. En verdad ya hay muchos o algunos otros sistemas, y el mismo desarrollo podría lograr que el agua se purifique y que sus ciclos se renueven, el desarrollo podría limpiar el aire de las ciudades, el desarrollo podría incluso extenderse hasta niveles de vida superiores en el ámbito espiritual para todos, por medio de una educación más ecologista. Lo que falta es voluntad política.

    Salvador Gallo: ¿Y cuándo lograremos esa voluntad política o ese digno favor de los poderosos quienes tanto necesitamos del desarrollo para mejorar nuestra vida? El que está en el sofisma de una evolución general sos vos.

    Segundo Calvo: Perdón, ¿cómo decís?

    Salvador Gallo: El que está en el sofisma de una evolución general sos vos. Suponés que hay fuerzas diversas en oposición pero que hay unas en especial que sí resultarían más acordes con una especie de perfeccionamiento moral, misteriosamente acoplado con la evolución biológica, como las ideas democráticas de la tolerancia o el animalismo. ¿Me equivoco?

    Segundo Calvo: No, no te equivocás. Es cierto: creo que el mundo evoluciona hacia la compasión y el respeto por la vida cósmica.

    Salvador Gallo: Pero los poderes con que se enfrenta esa visión son poderes de la muerte, Segundo. O mejor dicho: son poderes sin escrúpulos. Son del Demonio, en una palabra. O sea que cuando vos preferís un método republicano, lo mejor es que también te deshagás de los escrúpulos y entendás los valores como algo pragmático, muy variable. En este momento la guerra no es de ninguna manera una opción descabellada, ni en un sentido moral ni en un sentido práctico o militar. Lo que sucede es que es difícil, y que tampoco llevaría a ningún paraíso. De lo contrario, la única alternativa, que es la mía, es esperar a que todo caiga por su propio peso, y mientras más rápido mejor.

    Segundo Calvo: No es la única alternativa. Antes de que el sistema caiga por su propio peso, debemos saber qué haremos entonces. Y no podemos inventar las cosas de la nada. Hay que proseguir con grandes hallazgos que hemos tenido sobre nuestra propia condición, como la democracia participativa o los Derechos Humanos, así y con todo debamos muchas veces imponerlos por la fuerza, en eso te concedo la razón. La resistencia implica hoy más que nunca una preparación para ese colapso del sistema consumista del que hablás. No podemos llegar con las manos vacías a un mundo donde siempre habrá que sembrar.

    Salvador Gallo: Creo que al final, como es costumbre, coincidimos más o menos, Segundo querido. Lo único que quiero que sepás en este instante es que apoyo tus causas, aunque crea que están perdidas. Lo que sí sé es que cuando acaso la humanidad como un todo vea la importancia de esas ideas, y si no es demasiado tarde para eso, otras necesidades más imperiosas se vendrán encima, y no tendremos nada con que enfrentar eso sino nuestras propias manos vacías. Felicitémonos. Estoy seguro de que la compasión encontrará de nuevo su verdadero lugar.

    Segundo Calvo: Ay, Salvador... El diabólico sos vos. ¿Y estas conversaciones habrán importado?


    Salvador Gallo: No soy quién para decirlo, pero sé que también son semilla. Andá atendé a tu hijita, que está llorando.