• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Diálogo a fondo con Santiago Andrés Gómez


    LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD


    En México DF, 2008 

    Por Salvador Gallo

    El blog Madera Salvaje, próximo a cumplir sus primeros cinco años, ha encargado a su mayor aficionado, el impredecible y siempre oportuno Salvador Gallo, una entrevista con su fundador, Santiago Andrés Gómez, justo en días en que publica su sexto libro: El cuarto asesino. Esperamos disfruten y acaso puedan aprovechar algo de este diálogo, que nos trae insospechadas noticias sobre asuntos que han sido rumor: la reyerta de Gómez con la crítica nacional, el ostracismo en que ha quedado luego de un malhadado video, su desencuentro con el gremio del cine en Medellín y la disparatada, jamás envidiada cualidad creativa de que hace gala.

    Salvador Gallo: Santiago, no es un placer común encontrarme con vos, luego de los muchos diálogos que tuvimos antes de mi primera muerte.

    Santiago Andrés Gómez: No lo es, Salvador, porque en nuestro caso lo que tenemos de desacorde lo tenemos siempre de amistoso. No necesitamos poner nuestra idea por encima de la del otro, y hasta la desaprobación es una muestra de afecto, o de interés por lo que hablamos.

    Salvador Gallo: Hay una serie de temas que están en el tintero, ahora que el blog que fundaste cumplirá cinco años, el primero de abril.

    Santiago Andrés Gómez: Todo lo que hay por decir lo diremos en el editorial de abril próximo, que saldrá un poco tarde, más o menos el día lunes 4, pero que ya está escrito.

    Salvador Gallo: ¿Y se puede saber, por ventura, quién firma ese editorial próximo?

    Santiago Andrés Gómez: La firma es de varios, pero no es nada que no se sepa. Te adelanto nada más que Madera Salvaje no se cree más que nadie, ni más ni menos que ninguna entidad, y las ideas del colectivo pueden ser tan varias que mucho menos ha sido su idea censurar a cualquiera, sino más bien defender, eso sí, una simple y constante, pero además muy necesaria apertura mental de nuestra o nuestras culturas.

    Salvador Gallo: ¿Vos escribías los editoriales de Kinetoscopio desde tu niñez, no?

    Santiago Andrés Gómez: Escribí mi primer editorial de Kinetoscopio a mis diecinueve años, cuando volví del Festival de Cartagena de 1993, en el número 13 de la revista. Pero no lo hacía siempre.

    Salvador Gallo: Se aprecian contradicciones en algunos editoriales de aquellos años. ¿Había algunos colegas que combatían contra los que vos escribías?

    Santiago Andrés Gómez: Mi primera decepción con el mundo del cine fue con Luis Alberto Álvarez. En esto no hay misterio ya, porque lo ha habido siempre. Nadie habla las cosas de frente, y da mucho miedo aceptar la disidencia. Cuando leí lo que escribió Luis Alberto en un editorial sobre la posición previa que yo había expuesto en el editorial anterior en cuanto a la crítica como impulsora de la realización de cine, me enteré de que debía haber mucha hipocresía y abuso de poder en el medio, porque él nunca me dijo de su indisposición con mi llamado a una crítica creativa, y simplemente desautorizó de un plumazo lo que yo venía haciendo. Creo que desde entonces dejé de escribir editoriales para la revista, voluntariamente.

    Salvador Gallo: Desde entonces solés renunciar a tus trabajos cuando allí no aceptan tus caprichos.

    Santiago Andrés Gómez: Típico de la humanidad es asumirlo así. Digamos que, como le dije a un colega alguna vez, en Santa Fe de Antioquia, donde uno molesta, o más bien: donde uno sin querer o de buena fe lo único que hace es molestar al otro, y el diálogo no existe, lo mejor es irse con prudencia y respeto.

    Salvador Gallo: ¿Cómo sostendrías que no ha habido censura de Madera Salvaje a nadie, luego de los “ataques salvajes”, así llamados por vos mismo, que has publicado contra la crítica y contra los que llamás seudo-cineastas de Medellín?

    Santiago Andrés Gómez: Decir allí “ataque salvaje”, en el título, era ser paródico y a la vez directo, o sincero. Pero, entre otras cosas, como hago al arranque de los dos escritos, se trataba de definir de otra manera lo salvaje, más bien como una lectura auténtica, descentrada, de los temas que tocaba, no propiamente inculta o irrespetuosa. Al contrario, y de eso estoy seguro, o por eso estoy tranquilo, si leés esos textos, verás que son del todo sobrios, aunque desautoricen y enfrenten con decisión algunas tendencias. El respeto está en la argumentación, incluso aunque en esos textos me equivoque, como seguramente pasa en un aspecto o pueda suceder en general. La idea era desde luego motivar cierto debate, pero eso está ausente en Medellín, y aun en Colombia, al menos de frente. Se suele buscar el consenso, o bien un tono gris, o poner el debate en un tercero, como si uno no se implicara de lleno, como sucedió nacionalmente con El abrazo de la serpiente. O sea, se debate siempre sobre el otro, y eso no está mal, pero cuando el asunto nos toca directamente, queda más difícil asumirlo, y es natural. Por lo pronto, yo sé que a mí me leen, y eso me satisface, pero el hecho es que en esos ataques no censuro tanto, e incluso me pongo a mí mismo en tela de juicio, y anticipo siempre la relatividad de lo que digo. Espero, y creo que es inevitable, que en un futuro haya más lectores de estos asuntos, cuando realmente lo que hagamos no nos pertenezca más a nosotros de ningún modo, y hayamos dejado lo que pudimos en las obras de estos tiempos. Tampoco negaré que buscaba sacudir ciertas posturas. Digamos que en el ataque a la crítica quería revelar algunas lecturas comunes, ya casi asimiladas del todo por nuestra sociedad, como visiones, en cambio, terriblemente limitadas sobre el cine, modorras que están más que nada motivadas por la inercia académica o por la necesidad de conservar el puesto. Por ejemplo, para tocar la tendencia imperante, también en la academia, lo peor de un crítico para mí es que sea un formalista disfrazado de moralista, y que actúe al contrario cuando le conviene, casi siempre sin darse cuenta, o sea: que mezcle o tome unos criterios por otros, según le sea favorable, eludiendo siempre lo realmente problemático, que desde mi punto de vista es un asunto social, que nos pide posturas radical y no fingidamente contestatarias, en las que se debería procurar al mismo tiempo una tolerancia absoluta en cuanto al origen de los discursos. La verdadera honestidad intelectual está en ser del todo tolerante en el análisis del cine, y en eso fallamos todos. En cuanto al ataque a los seudo-cineastas de Medellín, es más o menos lo mismo, en un contexto más delicado, que es el que en nuestra ciudad hoy busca negar miradas distintas a las de un cine industrializado y blanco, o disimuladamente blanco, o es decir: en un contexto institucional que busca negar algo distinto a un cine inofensivo conceptual e incluso metodológicamente. Acá sí hay una mojigatería recalcitrante y una vanidad, un arribismo de la ciudad, ya famoso en todas partes, que muchos egresados locales de comunicación audiovisual, por hastío natural con la violencia, traducen en la condenación a algunas de las mejores cosas que tenemos como artistas en la región, que es el realismo, a secas, o el realismo en todos los sentidos posibles. Suelen descalificar incluso personalmente a un genio como Víctor Gaviria por supuestas, a veces inventadas o más bien exageradas falencias suyas, cuando lo que hay es una incapacidad de asumir la significación, desde luego muy problemática, de su obra. Eso es infantil, aunque muy pernicioso, y sobre todo lamentable en el gremio, por la oscuridad intelectual que demuestra y la ofuscación que potencia entre todos. Pero, por supuesto, como artistas que son esos jóvenes, la experiencia de la vida los irá puliendo más en la natural forma de ser en lo creativo, que aquí, en Antioquia especialmente, no puede eludir la violencia implacable de lo real, casi como concepto filosófico, y mucho menos la violencia o lo inaceptado de nuestra historia social, en todos sus niveles. Espero que Los Nadie le dé una lección de sensibilidad y recursividad a todos los que sueñan sobre todo con andar por una alfombra roja, o festivaliar, como decimos, o “figurar”.

    Salvador Gallo: Bueno, te soltaste a fondo. Bien. Este distanciamiento con instituciones donde antes publicabas, como Kinetoscopio o El Colombiano, coincidió con la realización de un video del que prefiero no decir el nombre.

    Santiago Andrés Gómez: Pues deberíamos decirlo, aunque si ese es tu deseo, tal vez es porque la política del blog, según tengo entendido, es evitarse problemas inútiles.

    Salvador Gallo: Exactamente. Digamos que se trata de no botar pólvora en gallinazos.

    Santiago Andrés Gómez: Vale. Pues sí, mi salida de los lugares que fueron casas donde publiqué mucho tiempo, más de veinte años, coincidió con la realización de ese video, que me dio luces sobre las conveniencias que debe manejar todo el mundo bajo un poder hipertrofiado de los medios de comunicación.

    Salvador Gallo: Puedo suponer que al menos los que leen este blog saben de qué video hablamos y de qué medio de comunicación en especial. Se ha llegado a decir que te faltó ser más directo en tus argumentos contra ese medio, y al mismo tiempo que estás envenenado contra él.

    Santiago Andrés Gómez: Mi idea era sencillamente que nadie es dueño de la verdad, o sea que mis argumentos iban mucho más allá de una rencilla vulgar. Mira: hace poco, en The New Yorker, con motivo de la agresiva campaña presidencial en Estados Unidos, se asumía el tema, este desastroso estado del diálogo social en que cada quien se apropia de la argumentación científica o lógica, y de los datos empíricos o documentales, para difundir verdades generalizadas que no tienen nada que ver con el prestigio de que se precian. Por ejemplo, sobre los temas más aparentemente fácticos, digamos el régimen de salud en Colombia, o digamos la situación económica en una ciudad como Medellín o Bogotá, hay personas estudiadísimas, doctores, que esgrimen investigaciones y razonamientos científicos, sesudos, en contra de las investigaciones y razonamientos científicos, sesudos, de otras personas estudiadísimas, por lo general otros doctores, que sostienen lo contrario. En el aspecto de la salud, por decir algo, algunos suelen decir que el régimen que tenemos en Colombia, desde la promulgación de la Ley 100, es muy bueno, integrador socialmente incluso, pero corrupto, lo cual es harina de otro costal, mientras otros señalan el problema de la corrupción como algo estructural y al régimen como intrínsecamente excluyente. Yo he mirado en detalle los argumentos de ambas posiciones y conozco a algunos de quienes argumentan de una y de otra manera, y puedo afirmar que en ambos casos el método y las conclusiones son irreprochables, aunque, como se ve, son irreconciliables. Lo peor es que unos a otros se descalifican como mentirosos, sea por la ideología o por los intereses económicos. De modo que el asunto no tiene que ver con la verdad sino tal vez, más bien, con los fines, pero lo que llamamos verdad, hechos, datos, queda muy maltrecho, por no hablar de los métodos de la ciencia y la razón. Es en ese sentido en el que afirmo que uno decide a quién creer, no porque alguien diga siquiera la verdad según uno mismo, sino lo que uno apoya afectivamente. El momento culminante de ese video que hice es cuando vemos la imagen de Gonzalo Mejía, el potentado de principios del siglo XX, quemar un periódico, en Bajo el cielo antioqueño, mientras el montaje opera un zoom digital, y el narrador dice, sencillamente: "Tú decides en quién creer". Repito, no era otra la intención, y no es otro el resultado, en ese mi video, que contrastar la idea de que alguien puede decir la verdad, cuando apenas nos podemos expresar con cierta coherencia personal desde una ubicación social nunca exenta de presiones, lo cual define, esto último, el polémico fin de la cinta.

    Salvador Gallo: ¿Y sin embargo, siendo tan inocente, sientes que has sido rechazado?

    Santiago Andrés Gómez: Claro, porque al mismo tiempo sostengo esa visión personal, muy clara en cuanto al medio de comunicación de marras. Y como esa posición ocupa todo el documental, molesta mucho pese a la relatividad en que está expuesta. Mira: muchos sitios de proyección guardaron silencio, un silencio reiterado incluso, cuando yo ofrecía la película. Varios críticos y colegas realizadores hablaron de ella en privado conmigo, y para mí lo de menos era si la elogiaban o no: lo frustrante era que ni los elogios ni las reservas pasaban de la esfera íntima. El tema es crucial para mí: los medios son clave en la sociedad, tal vez el asunto definitivo en la forma en que nos entendemos, pero el asunto se eludía por algo distinto a la mala o buena calidad del trabajo. Hay trabajos mal calificados de los que se habla por la importancia: aquí se evitaba tocar el tema por la influencia de ese medio de comunicación, que es definitiva en la ciudad. Muchas cosas podría contar acerca no solo de cómo se me cerraron puertas sino de cómo se me amenazó no tan veladamente de muerte, con presiones efectivas, desde encuentros amedrentadores y nada fortuitos en la calle, hasta el ataque directo de alguien o la intervención y manipulación de mis cuentas de correo electrónico, blogs como este y redes sociales. Se inventaron chismes elaboradamente, se movilizó gente para que me desprestigiara, y mucha gente, incluso amigos, funcionaban, de modo previsto, como multiplicadores de uno u otro rumor malintencionado, de esos que buscan dañar tu integridad para desautorizar un mensaje que, además, no tiene que ver con esos chismes. La situación fue desesperante, pero yo también supe cómo blindarme. Ingenuidad no hubo tanta, de mi parte: al contrario, sé muy bien que hice lo que debía hacer, pues en cierto sentido el público al que hablaba existe pero no del todo aún, o no mayoritariamente. Varias personas me han dicho que la crítica no supo asimilar ese trabajo, que no buscaba más que hablar a una ciudad y terminaba hablándole a cada uno y diciéndole justo lo que no era capaz de aceptar, y es el que andamos a ciegas.

    Salvador Gallo: Es un trabajo que puede pasar por reaccionario o contracultural alternativamente. ¿Y la situación ahora cuál es?

    Santiago Andrés Gómez: No me interesa en ningún sentido seguir en el negocio del cine, aunque de hecho nunca estuve... No profundizaré en el asunto, sino que sé que no tengo competencia allí. Esta última es una frase ambigua, pero la dejaré así: no tengo competencia en el cine. En cuanto a mi situación personal, es inmejorable. Yo, Salvador, siempre he sido un intelectual, más que un artista. Me interesa más pensar que hacer espectáculo o cosas bellas. Por eso estoy dedicado a las letras, y quiero entregarme sencillamente a la docencia, y mientras más bajo sea mi perfil, mejor. Es difícil, luego de haber hecho tanto escándalo, y cuando tu deber sigue siendo ser fiel a la creación, en todo sentido.

    Salvador Gallo: En uno de tus ataques decías casi con sorna que eras un diletante.

    Santiago Andrés Gómez: Creo que el problema estaría en ser un mal músico, no en hacer música, o en ser un mal realizador de cine, no en realizar cine de modo rastrero o barato, que es como yo lo hago, y nada mal, en mi concepto. Yo no tengo superproducciones, tengo obras pequeñas, digamos miniaturas de cine ensayo que no se buscan acoplar jamás a ninguna prescripción, ni siquiera a las del cine arte. En ese sentido todos somos libres, ¿no? Y tal vez ese sigue siendo el deber de todo creador, sobre todo si no hace sus películas con dineros públicos.

    Salvador Gallo: Ahí hay un sablazo.

    Santiago Andrés Gómez: Tal vez sí, pero más que nada una explicación de mi independencia. No me interesa más que crear y dejar la obra como un mensaje en una botella, porque mis canales de difusión no están más allá de mis alcances. Es lo que ofrezco. Con respecto a mis películas, hago casi como con mis libros. Quienes publican estos, saben cuál es su comportamiento entre los lectores, y no es que se queden propiamente guardados. Pero si algo hay deplorable en nuestro sistema es el afán de casi todos los artistas por copar primeras planas.

    Salvador Gallo: ¿Puedo cortar aquí, como un psicoanalista?

    Santiago Andrés Gómez: Por favor, me parece ideal.

    Salvador Gallo: Háblanos solo un poco de tu último libro, El cuarto asesino.

    Santiago Andrés Gómez: Siempre lo he propuesto como una apuesta juguetona en el sentido en que nos enseñó el Boom Latinoamericano. Espero que resista el paso del tiempo, por supuesto. Eso, más que el agasajo personal, es lo menos que un verdadero artista puede desear.

    Salvador Gallo: ¿En qué se diferencia de tus narraciones anteriores?

    Santiago Andrés Gómez: El cuarto asesino inaugura una trilogía de literatura fantástica, creo, a la que he llamado La pausa mítica. Miniaturas infernales. Siempre fue mi mayor ambición creativa, porque aspiro haber desligado, en cuanto a mí me corresponde, ciertos nudos que hacen a la realidad una maldición. Espero, mejor dicho, que obre como un conjuro, pero es una obra que, como otras del Boom o de las vanguardias de los veinte, pide o propone la integración activa del lector. Digamos que es una serie de sueños dentro de sueños, sin una realidad central definida, que se influyen mutuamente entre sí, hasta lograr disiparse. Como si despertaras del sueño de la realidad en una realidad onírica de sueño profundo, en la que ya no hay nada, en la que al fin no habrá nada. En un sentido real, físico, vital, esa ha sido siempre mi única esperanza y ahora es mi única promesa, porque siento que he conseguido fabricarlo, con la ayuda de la editora Silvia García, en la escritura, o que lo hemos logrado posibilitar en la lectura.

    Salvador Gallo: ¿Tanto así?

    Santiago Andrés Gómez: Sí. En palabras de Vargas Llosa, aspiro a que El cuarto asesino sea mi peculiar deicidio, o revancha con el nacimiento.

    Salvador Gallo: Ahora apagaré la grabadora. Gracias, maestro.

    Santiago Andrés Gómez: Por nada. Gracias a ti.