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    Columna 5 : el espacio de opinión de Madera Salvaje


    DE URIBE Y LA CONTAMINACIÓN


    Segundo Calvo: Me puse un pañuelo en la boca al venir desde la universidad hasta mi casa y respiré con dificultad, pero creo que gocé de un aire más limpio, Salvador, aunque mi garganta sufrió por el esfuerzo de aspirarlo durante tanto rato a través de las varias capas de tela... No sé que hacer ya.

    Salvador Gallo: La solución es dejarse morir en calma, Segundo, no hay de otra. Esta guerra con nosotros mismos está perdida ya, hagamos lo que hagamos.

    Segundo Calvo: ¿Eso es lo que pensás todavía, realmente? Llevás un buen rato diciéndolo, pero no hay cómo creerte...

    Salvador Gallo: En verdad, las razones para decirlo son muy profundas, Segundo, casi inexplicables, y en cierto sentido muy crueles. Mi convicción es que el ser humano es una suma de experiencias individuales, aparentemente libres, que conforman un destino único y desesperado, pero ese destino masivo es el de cada quien, y es una muerte solitaria, al fin tranquila. Es como si uno no existiera, y ahí está la gracia. Uno lo único que puede y debe hacer a lo largo de este espinoso o árido camino es hacerse buena compañía, ser su amigo, y no hay de otra, por triste o difícil que sea. Tampoco hay cómo entenderlo bien, al menos por el momento, porque esta idea niega al ser humano como especie e incluso como concepto. Todos necesitamos de todos, es cierto, pero lo único verdadero es la vida interior. La memoria de cada uno es simplemente el remedo más ajustado de una realidad efímera pero trascendente, en la que solo reina una gran alma. Lo exterior, al contrario, la materia, digamos, es muerte, o bulla, contaminación, justamente, montonera, un pedrero que se desmorona y nada más.

    Segundo Calvo: Salud. En esa metafísica nos entendemos, ¡y no estamos solos! Ja, ja.

    Salvador Gallo: Claro. El uno asoma la boca y el otro quisiera oírlo, y lo entiende solo cuando es uno mismo. Pero bueno, eso no quiere decir que nada más exista el cedazo de los hechos en la memoria, y que estos sean aun menos que pura escoria, menos que grano desechado. Hay algo más profundo aun en que caben esos hechos separados y apartados del mundo, solo que eso no nos compete a nosotros.

    Segundo Calvo: Ejem. Muy bien, muy bien. Visto de cerca, es lo que llaman el karma, ¿no?, pasajero pero definitivo. La pregunta esencial es que hacer con él.

    Salvador Gallo: Te desviás. Para nosotros, es lo que llaman pecado, castigo, o infierno. Pero bueno, va siendo lo mismo que karma. Y si la pregunta esencial es que hacer con su acechanza o atractivo o necesidad, lo que querás que nos llama de él, la respuesta obvia es trascenderlo, y punto. Acabose.

    Segundo Calvo: No. Hay que enfrentarlo, incluso amarlo.

    Salvador Gallo: Justamente. Enfrentarlo, o asumirlo, más bien, es trascender tu propio miedo, ser dueño de tu deseo, soltar tus escrúpulos frente al dolor propio o ajeno, que es universal, o ineludible, y llegás a amarlo, amándote también como yerba al viento, como la piedra que desechás vos mismo para la erección del templo. La última sabiduría, Segundo, es contemplarse a uno mismo en la acción, con gesto divertido.

    Segundo Calvo: Pero vos gozás distanciándote de todo.

    Salvador Gallo: Mientras pueda, claro que sí. Es mi destino ser escritor, y me dejo volar.

    Segundo Calvo: Sabés que eso es mentira. Todo te empuja ahí, pero yo mismo, que debo dar clases, caminar y cruzarme con la gente, también pienso y trazo una escritura. Vos, de hecho, solo podés reclinarte en tu cómoda y delinear realmente muy otra cosa que el libro que componés. A vos simplemente, te dejan las circunstancias hacerlo a voluntad, y decidís aprovecharlas. Menos mal.

    Salvador Gallo: Estás inspirado. Pero ponete a pensar: si no participo en nada, si no actúo, si no salgo a ninguna marcha, es porque me parece que todos están equivocados. La marcha del uribismo, el sábado pasado, por ejemplo, es la marcha por la contaminación universal, en últimas.

    Segundo Calvo (asintiendo gravemente): ¡Sí, sí! ¡Por el santismo!

    Salvador Gallo: No hay santismo, o sí, claro: por el santismo, ¡ja, ja! Por el desarrollo, por la civilización, ¿por qué más?...

    Segundo Calvo: Por el alto nivel de vida, por el bienestar de todos...

    Salvador Gallo: Eso. Y por la condenación de los criminales, por una paz justa... Por todos esos vacíos que nos inventamos... El peor es el de la armonía entre el hombre y la naturaleza.

    Segundo Calvo: ¿Estás meditando diariamente? Vos sabés que no te estoy cambiando de tema...

    Salvador Gallo: Por supuesto que medito diariamente, aunque a veces fallo, y no siempre lo puedo hacer dos veces al día... Tampoco trato de forzar nada. El caso es que el hombre es la naturaleza, o es de la naturaleza, y no podrá convivir ni siquiera con él mismo si sigue pensándose muy distinto al mono, aunque bueno, eso como que es parte del juego. Mirá: la propuesta salvaje no es tan descabellada, y desde luego podrá pelechar sin necesidad de mucho esfuerzo por nuestra parte. Deberíamos quedarnos callados desde ya.

    Segundo Calvo: Es que hay cierta urgencia en captar las contradicciones. Por ejemplo, si vos decís que lo único que existe es la experiencia individual, o la vida interior, ¿no pretendés que desde luego el sujeto aislado es superior? Ahí, incluso, está la raíz de todos los miedos colectivos, y el motivo de los agrupamientos fanáticos...

    Salvador Gallo: No, no, no... Respondete a vos mismo, Segundo...

    Segundo Calvo: Acudime, como parturienta.

    Salvador Gallo: Vamos, lo haré. Decime, Segundo, ¿la experiencia interior tiene algo que ver con la exterior?

    Segundo Calvo: En cierto sentido, depende de ella.

    Salvador Gallo: Vale, ¿pero entonces la experiencia interior no depende de la exterior solo entendiendo aquella como una memoria?

    Segundo Calvo: Eso quiero decir.

    Salvador Gallo: ¿Entonces un paramilitar sería lo mismo para vos que para él mismo?

    Segundo Calvo: Tal vez solo él podría conocerse realmente, pero sin duda necesitaría la ayuda de todos para hacerlo.

    Salvador Gallo: Y así nosotros necesitamos la ayuda de todo individuo para conocer una parcela que solo él puede conocer de sí mismo.

    Segundo Calvo: Digamos que puede llevar una ventaja de conocimiento e incluso de dignidad en cierta dirección. Pero entonces, dejame preguntarte ahora: ¿la responsabilidad individual en un crimen no puede determinarse, entonces, si no es con ayuda, digamos, del propio sindicado, o del criminal?

    Salvador Gallo: Desde luego, y eso pondría en tela de juicio nada menos que a quien juzga, pero no por su atribución, no porque juzgue, sino porque él sabe que en su intimidad no puede hacerlo.

    Segundo Calvo: ¿Y lo sabría realmente? ¿Creés que la sociedad puede saberlo, eso de que nadie puede juzgar al otro?

    Salvador Gallo: No lo percibe en la actualidad, ni el juez ni nadie se da cuenta de esa descompensación, que nos honra a todos. No podemos darnos cuenta en la lisa, como se dice, en la arena, en el ágora, no en el trajín, mejor dicho, pero sí en un ámbito posterior que intuimos como algo tan apartado que al fin no importa cómo obremos. Al final, todos somos displicentes con el otro y complacientes con nosotros, y no puede ser de otra forma. Mientras tanto, vos y yo sí podemos reírnos de tanta vanidad. “Sea lo que fuere”, termina respondiendo Hamlet a su pregunta famosa, sobre si ser o no ser, ¿no es así?

    Segundo Calvo: Sí. Vamos a ciegas, pues. Eso quiere decir que la opción sería la que decís, contemplarse con regocijo y con cierta admiración milagrosa. ¿Pero y si acaso debés actuar violentando tu entorno, si te ves obligado a ello?

    Salvador Gallo: ¿Quién no lo hace? La idea de una evolución cósmica reconcilia a la vulgar materia con la conciencia íntima, es lo que da grandeza a todo como semilla mortal de dignidades volátiles pero trascendentes, tanto por lo fundamentales como por lo ajenas, y cada ser devuelve lo que ha recibido, magnificándolo: todos arribaremos a esa divinidad inmediata que en principio desconocemos.

    Segundo Calvo: ¿Querés decir, por favor, Salvador, querés decir que Uribe y Santos y nosotros y Jorge Cuarenta y Timochenko somos una sola y misma cosa?

    Salvador Gallo: Y nosotros y Sharon Tate y Charles Manson, y alegrate, vos y Sasha Grey y Mickey Rooney, pero además somos una sola y misma cosa Hitler y Gandhi y yo, por no hablar de nosotros todos y la perrita Laika, la mata de la puerta y el caballo de Julio César, junto a las cosas o eventos más próximos a donde estaba cada parte de mi avejentado pero hoy dichoso cuerpo hace diez o quince mil años, o dentro de tres millones.

    Segundo Calvo: Llegás muy lejos, en verdad. ¿Es mejor vivir con esa idea en la cabeza a toda hora, Salvador?

    Salvador Gallo: Hay que hacer lo posible por saberla a conciencia, por vivir de acuerdo con ella. Tal vez, Segundo, tal vez así incluso, con el tiempo, se redujeran de modo más efectivo los altos índices de contaminación en el Valle de Aburrá, quién lo sabe, y la corrupción y degradación de todos y cada uno de los políticos de la Vieja Granada, perdón, de esa patria falaz que funciona todavía bajo el nombre de Colombia, aunque no por mucho tiempo, y que es inmunda, y no tiene nada que ver con el territorio y las faunas, floras y gentes que la habitan.

    Segundo Calvo: Tomaré aire para salir. Fue un placer verte. ¿Tenés un paraguas que me podás prestar?