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    Cines colombianos (y 15): las nuevas independencias


    POR EL SABOR OLVIDADO DEL CINE


    Los nadie (Mesa, 2015)

    Por Salvador Gallo

    Ahora que con este artículo cerramos esta serie iniciada por Santiago Andrés Gómez, debemos recordar sus presupuestos iniciales. Hubo desde el principio un interés por encontrar la variedad en nuestro cine, que hoy se ve un tanto reducida a un estilo, por demás, reiterativo en las diversas cinematografías latinoamericanas tal como hacen presencia en los principales festivales internacionales. Más allá de este estilo de tono menor, en una narrativa que se ha dado en considerar, desde Rancière, como perteneciente a un régimen ético y no de representación, o más allá de la pertenencia de ella a tradiciones que se remontan contemporáneamente al primer Jarmusch, o al Rohmer típico, y aun más lejanamente a los parentescos subterráneos de Bresson y Rossellini, hay un cine incluso más independiente en nuestros países que mejor que nadie representa José Celestino Campusano, y que en Colombia tiene también varias expresiones, muchas de ellas eclipsadas por las modas de la crítica arribista.

    En la entrada número 13 de esta serie considerábamos la doble cara de la Ley de Cine, que ha permitido una mayor producción pero la condiciona a patrones de conveniencia diplomática de la fementida nación colombiana y focaliza casi todo el quehacer cinematográfico en los centros tradicionales de poder. No es raro que un enorme porcentaje de los largometrajes colombianos que se avecinan en las salas comerciales sean bogotanos. Los diversos cines se ven menospreciados, y sobre todo las expresiones audiovisuales que no tienen por qué llamarse necesariamente cine, pero más si no pertenecen a las órbitas capitalinas. Últimamente se da el fenómeno de camadas de realizadores que regresan de estudiar en el exterior, muy bien formados, y se encuentran con una mentalidad cinematográfica reducida a la influencia apabullante de un par de críticos (Juana Suárez y Pedro Adrián Zuluaga) y a las reducidas opciones de exhibición de uno o si acaso dos festivales (Cartagena y Cali).

    Estas pocas opciones determinan en muchas ocasiones el destino de las películas, por más de que sus productores se esmeren en crear nuevas opciones. Varios realizadores son explícitos al señalar cómo el favor de Zuluaga es fundamental para el éxito de sus cintas, tanto nacionalmente, por la situación del crítico como programador del Festival de Cine de Cartagena, como por el ascendente que tiene en la dirección de Proimágenes al escogerse lo que se enviará a festivales internacionales. Sin embargo, la cartelera comercial no redunda en los beneficios que el sistema oficial del cine en Colombia pretende. Hace poco se daban alegremente cifras infladas sobre la asistencia de público nacional a películas colombianas en 2015, y era pasmoso constatar que, si uno sacaba de las cuentas las cifras de espectadores de Colombia: Magia Salvaje (Slee, 2015), fenómeno bien insular en nuestro cine, el promedio de espectadores para las demás películas era menos que exiguo.

    Entre tanto, la generación de un circuito de distribución alternativo a los hegemónicos, que ya todos sabemos bien renuentes al cine colombiano, es algo que no entra ni por asomo en los planes de Proimágenes, porque, entre otras cosas, tampoco hay la idea de un cine que pueda entrar en contacto con sectores de la población proporcionales a la inversión, al modo de lo que hace notablemente Campusano con el Clúster de la Provincia de Buenos Aires, en Argentina. Sin embargo, la existencia de productoras atrevidas como Monociclo, responsable de Los Nadie (Mesa, 2015), o de realizadores como José Miguel Restrepo (que tiene varios largos de ficción a su haber, alguno censurado por Proimágenes en su momento, cuando un jurado especializado lo recomendó para recibir un apoyo en distribución), son apenas señas de un movimiento subterráneo que en Colombia podría tener sus propios públicos, generar sus propias dinámicas, retando los canales usuales.

    En esto, el trabajo de las universidades debe comenzar a entenderse como una producción de implicaciones comerciales y necesidades de exhibición mayores que las simples muestras comunes. Son las universidades espacios llamados y privilegiados para potenciar la producción audiovisual en un rango mucho mayor al de la simple realización y sobre todo en unos sentidos emancipados y potenciales, que no se limiten a lo que ofrece la coyuntura oficial, sino que aprovechen novedades descatalogadas o hasta hace poco inadvertidas, como Youtube. Las olas pasan. Es hora de dejar de pensar tanto en Cannes y otros festivales internacionales, porque el sabor olvidado del cine se da realmente en una dinámica local que puede justamente multiplicar la grandeza de la tradición en dimensiones que significarían un retorno afortunado a la vena auténtica, popular o selecta, de un cine que precisa del diálogo, así sea para que te tiren las piedras con que Buñuel se quiso defender en su estreno como director.

    El llamado que hacemos, en esta verdadera despedida, la última entrada no solo de la serie Cines colombianos, sino también del blog Madera Salvaje, es hacia un cine más desprejuiciado y consciente de sus posibilidades. Los criterios con que se aprecia una película de corto, brevísimo o largo metraje, de cualquier género, son varios que pugnan simultáneamente: por más que priviligiemos alguno, los demás también entran en el debate, y es absurdo despachar una obra de modo tajante. Es más importante comprender que juzgar, repetimos, y no hacer o dejar de hacer solo por fuerzas externas o categóricas. La transacción entre lo que intuimos, deseamos y podemos es lo único que cuenta, y no la postura de un crítico o de un jurado, que solo están ahí por casualidad y deben ser por nosotros mismos relevados. Faltan organismos de expresión de los cineastas en torno a su oficio, falta romper falsas barreras. Al mismo tiempo, la crítica debe resultar creativa, o si no es esterilidad delirante.

    Nuestro criterio siempre ha sido la compasión, lo decíamos en las primeras entradas de esta serie. Buscamos en el pasado y buscamos ahora un cine siempre inexistente, que abra puertas, y por eso lo “malo” de una obra, o lo “inconveniente”, o lo que sin objeción resulte poco rentable nos resulta indiferente, por parecernos esos criterios demasiado susceptibles de caducidad. En efecto, lo que parece bueno (o malo) para una época, en otra se debe apreciar con ópticas aun menos que historicistas: simplemente empáticas. La variable humana, la sensibilidad, la concepción que el cineasta tiene del ser humano, de la vida, de la experiencia vital, en suma, dentro de sus limitaciones técnicas, presupuestales, incluso discursivas, es algo que podemos considerar con una objetividad solidaria, y esto es factible dadas las características semánticas de un lenguaje que no es desconocido para nadie, cuando nos aplicamos con humildad al fenómeno estético que tenemos delante.


    Así, lo único censurable sería una actitud despótica, pero al mismo tiempo es disculpable, si consideramos con seriedad los hechos que forjan a un producto. Es el espectador quien debe asumir la actitud crítica con la sabiduría de quienes fueron ejemplo de ello en su momento, y ponerse a la altura del fenómeno que trata, no de ninguna autoridad, por mucha voz que tenga para apuntalarse a sí misma. Hablamos de algo que trascienda lo institucional y que sea un cine hecho por críticos y una crítica hecha por consumidores (o prosumidores, como se dice). Hablamos de un diálogo de virtualidades, de redes que no cubran como una capa y apresen, sino que comuniquen e iluminen, que incluyan sin necesidad de los grandes núcleos de poder, o al menos de una tan enorme dependencia como la que sufrimos hoy todos, obnubilados por una fiebre pasajera, la de un cine colombiano que cree estar tocando el cielo que nadie hubiera tocado ya, y es pura espuma.