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    Éric Rohmer en el 57 FICCI



    APRENDAMOS A CALLAR

    Por Santiago Andrés Gómez

    Recomiendo mucho, con el corazón, la retrospectiva de Éric Rohmer en el FICCI. No iré a ninguna de las películas, porque no, pero son de lo mejor del cine. Y para muchos esto sonará extraño, incluso exagerado, sobre todo después de que las vean. El cine de Rohmer no llega a ser ni siquiera elemental, no se reduce a lo básico. Simplemente se entona con una condición natural de la civilización: el diálogo, la reflexión, a veces interior, por supuesto.

    Son memorables las imágenes de la mujer en el tren (o en un bus, no recuerdo) de La mujer del aviador (La femme de l'aviateur, 1980) o las de la protagonista de El rayo verde (Le rayon vert, 1986) cuando se va a caminar, sola. El pensamiento cobra una fuerza inusitada, en ambos casos muy distinta. En el primero, la mujer se ríe sola, en el segundo, por el contrario, llora. En el primero, la imagen es concentrada en ella, en el segundo, alternada con el viento por entre las ramas.

    Son dos películas, estas, de la segunda serie famosa de Rohmer, la llamada Cuentos y proverbios, que prefiero mucho a la que pasará en Cartagena, los famosísimos Cuentos morales, pero esta también es formidable. La fórmula es la misma en estos cuatro largos y dos cortos: un macho ilustrado de la clase media gala se debate entre dos amores, uno sensual y otro espiritual. La reflexión no es fácil, pero cuando se da, la respuesta es indubitable.

    Además de la filosofía que se encarna en estos deliciosos aunque profusos diálogos de las películas de Rohmer, las cualidades realmente cinematográficas saltan, para empezar, en cierta cualidad improvisatoria y en el tono de las voces, pero por supuesto más notoriamente en la mesurada planificación, de pocos pero atinados cortes y encuadres igual de distantes que compenetrados, con la lente normal de 50mm.

    En cambio, el sonido, puro, casi siempre sin nada de música incidental, sino por lo general solo la que vive en el cuadro, de fiestas, por ejemplo, sonido de ruidos y ambientes que entra por corte en cada nueva secuencia, es la característica acaso más adusta y al tiempo atrevida, revolucionaria y medio hipnótica de este cine. Pero nada, para la historia, como la luz de Néstor Almendros a partir de la realización de La coleccionista (La collectioneusse, 1967).

    El blanco y negro de Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969) es distinto a cualquier blanco y negro, por cualidades propias de la técnica de su tiempo en combinación con elecciones inteligentísimas, relacionadas también con los logros de las otras cintas, y que no solo tienen que ver estos con el sabido, y en cualquier caso milagroso uso de la luz natural, en lo cual Almendros y Rohmer fueron maestros pioneros.

    Se trata también de la dirección de arte, que elige tonos o colores del vestuario en acorde perfecto con vibraciones telúricas, digamos, propias del lugar que se visita y el tiempo (la estación) en que se vive, en que se filma. En armonía con esas búsquedas realmente documentales de una ficción serena y contemplativa, las filmaciones podían demorarse mucho por ciertos detalles y acortarse por otros nada convencionales.

    El resultado es un cine orgánico, que en nada tenía que ver ni con lo que hacían Godard contra el cine, digamos, comercial, o Truffaut, en favor de ese cine. El de Rohmer, en cambio, con menos ruido, ha influido enormemente, por su disposición atenta en la reconstrucción de un ritmo natural de la vida, al cine contemporáneo de países como Colombia.

    Una película como la crucial El vuelco del cangrejo (2009), de Óscar Ruiz Navia, u otra menos conocida pero también muy valiosa: Karen llora en un bus (2011), de Gabriel Rojas, deben a Rohmer directa o indirectamente. El tipo de cine que él creó determinó con sutil poderío la índole del mejor cine francés que se hizo después y se ha seguido haciendo: francés aun en otras partes del mundo, fuera de Francia.