• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Trump: el sheriff de los Estados Divididos de Norteamérica




    Por: Alexander Rocha Sierra* 
    Este artículo fue publicado originalmente el 8 de febrero de 2017 en el periódico El Espectador: http://blogs.elespectador.com/actualidad/de-ti-habla-la-historia/trump-sheriff-los-estados-divididos-norteamerica
    *Asesor estratégico y conferencista
    alexanderochasierra@gmail.com
    No existe mayor locura que la organización actual de la vida
    Guy Debord

    Un (anti)héroe de película

    En los debates presidenciales entre Hillary Clinton y Donald Trump, este último pareció en varias ocasiones un boxeador rodeando a su contrincante —estilo avispa— sobre el ring, mientras Clinton intentaba desmarcarse. Esos encuentros se parecieron menos a un debate político que a la noche del 28 de junio de 1997 en el Grand Garden Arena, en Las Vegas, cuando Mike Tyson le arrancó con un mordisco 2 cm de oreja a Evander Holyfield.
    Lo más cercano al episodio de la oreja hubiera sido que Hillary, en uno de sus ataques maniáticos de risa espasmódica, le hubiese arrebatado ‘el peluquín’ a Trump y se repitiese la escena de Dalila contra Sansón, con la consecuente impotencia del macho. Sin embargo, contra todo pronóstico, fue una mosca (y no la avispa Trump) la que eclipsó el conjunto del debate al posarse sobre el rostro de Hillary.

    En una escena de la película Brazil, de Terry Gilliam, otra mosca no contó con la misma suerte que la del debate presidencial de Estados Unidos y fue aplastada sobre un teletipo para provocar la detención errónea de un inocente de apellido Buttle, en lugar del original Tuttle.






    Para seguir en el cine, recordemos que George Custer fue un personaje interpretado por Ronald Reagan en la película de 1940, Camino de Santa Fe. A este actor le tomó 40 años llegar a ser el presidente que hizo del título de esta película un camino para los votantes y devotos del neoliberalismo. Los electores de Donald Trump han peregrinado de nuevo este camino con la fe—por ahora intacta—de cumplir el santo sueño americano, en una Norteamérica que espera ser de nuevo grande.
    La trama de esta película se desarrolla en los días precedentes al estallido de la Guerra Civil americana (1861- 1865), que se dio entre el Norte industrializado y el Sur esclavista (¿son sus correspondientes hoy la sociedad del rifle, el Ku Klux Klan y las petroleras vs la sociedad de Hollywood en cabeza de Meryl Streep, Silicon Valley y la reserva federal?). En la película, dos soldados se enfrentan por una irresistible mujer (¿la rivalidad de los dos partidos por la hegemonía financiera?) al tiempo que combaten a un antiesclavista de métodos radicales (¿Donald Trump otorgando prosperidad a su ciudadanía desempleada, deprimida?).



    Como ya se habrán percatado, pareciera que la mosca de Brazil o la mosca posada sobre Hillary ha vuelto a trocar la letra inicial de un destino: esta vez respecto al nombre Ronald (Reagan), que cambió por Donald (Trump). Pero mientras Reagan llegó a la presidencia después de varias décadas como personaje de celuloide, Trump no tuvo que actuar ningún papel escrito para él sino encarnar directamente el típico forajido de los westerns y thrillers de Hollywood. En cierta medida fue decepcionante que este año Trump no fuera nominado a los premios Oscar o Globos de Oro puesto que ha seguido el guion al pie de la letra en su papel de (anti)héroe:

    * Se permite ‘violar’ las leyes que regulan el contrato social con total indecencia, inclemencia y demencia sin contar con el aval de una herencia de sangre azul. Sólo burlándose de la ley y el orden puede superar las pruebas, vencer a sus enemigos, quedarse con el botín y ganar estatus;
    * Ha protagonizado escándalos e intrigas más audaces que las persecuciones de coches atravesando la ciudad en medio del fuego enemigo sin quedar despeinado, como en las películas de vaqueros a los que no se les caía el sombrero.
    * Es mordaz como el excomandante Hugo Chávez; indolente como la exsecretaria de Estado, Condoleezza Rice; ambiguo e impredecible como el presidente colombiano Juan Manuel Santos; rudo como el expapa Joseph Ratzinger; viril como sólo puede serlo el semental Vladimir Putin, con quien lo asocian algunos periodistas porque los dos hombres comparten la lujuria por el dinero, el poder y las mujeres. Trump es pues un macho alfa en toda la regla: un hombre Marlboro, pero pro-ruso según los medios occidentales.
    * Despierta envidias, amores y odios, más que por todo lo anterior porque expele de su piel anaranjada una siniestra felicidad que no es otra cosa que su particular autenticidad de ser leal a su propio código del Viejo Oeste y desde esa lógica disfruta el juego que domina y que otros terminan jugando, a pesar de sí mismos, sin entender cuándo ni por qué.
    Ronald
    Donald
    Clint (sin la O y la N)
    Otro de los astros del cine de vaqueros, Clint Eastwood, dijo, dejando explícito su apoyo a Trump en las pasadas elecciones, que “estamos así por esta generación de nenazas que es demasiado políticamente correcta como para no haberlo votado”.

    ¿Acaso no es ésta el acta de graduación para un hombre como Trump, que quiere mostrar en carne propia que es posible vivir el sueño americano? ¿Acaso la inducción a este sueño no comienza con las películas de Disney, continúa en Hollywood y termina en Wall Street?  ¿Acaso no estamos frente a un caso en que la serpiente se muerde la cola y al mismo tiempo teme que uno de sus mejores pupilos la lleve a su extinción? ¿Es Donald Trump el nuevo huevo de la serpiente estadounidense? En otras palabras, según el argumento de la película de Ingmar Bergman, es Trump la incubación, retorno y vivencia del fascismo desde la eugenesia o extirpación radical de los diferentes a no ser que funcionen en un campo de concentración tipo Guantánamo. En esta situación la primera baja es la estatua de la libertad.

    El sheriff contra los indeseables

    Existe si se quiere un arquetipo, un símbolo arraigado en lo más profundo de la historia y del inconsciente de la nación estadounidense. Y ese símbolo toma cuerpo, figura, funciones sociales y administrativas en el personaje encargado de aplicar la ley para mantener el orden: el sheriff. Este personaje es una variante del vaquero por su olfato y pericia, por su atuendo y rudeza. En algunos casos fue precisamente un forajido que “enderezó su camino” y ahora está facultado para zanjar los conflictos de convivencia por ser el representante del Estado. Es decir, cumple funciones administrativas y legales: es el juez del Condado.

    El arquetipo del sheriff cumple la doble función de encarnar el mito, la idiosincrasia y la cultura profunda de un pueblo y, simultáneamente, de ser quien se encarga de velar porque dicho pueblo tenga las garantías que considera necesarias para su convivencia. El sheriff es el súper hombre o, en lenguaje colombiano, el putas, y por tanto el antepasado de Superman.

    El sheriff fue un producto importado del Imperio británico cuando se necesitó en sus territorios ocupados de Norteamérica impartir justicia frente a la amenaza de los indios nativos. Luego fue el encargado de mantener el orden frente a la llegada masiva de forasteros por la fiebre del oro. A esa fiebre hoy se la llama sueño americano y los actuales nativos, más los nuevos inmigrantes, son a los que el sheriff debe controlar y/o expulsar.


    Los indios nativos que le usurparon el territorio al hombre blanco porque tuvieron la osadía de haber nacido ancestralmente en ellos pagaron con la vida tal atrevimiento. Los actuales ‘indios’, que también han tenido el atrevimiento de haber nacido donde bien han podido, deben de nuevo rendir tributo a los cara-pálidas, toda vez que los Estados Unidos de Norteamérica se asumen como imperio y policía global.  Hoy los indios, bárbaros o indeseables son principalmente:
    * Inmigrantes mexicanos y productos importados chinos. Los mexicanos son el rostro de los centro y sudamericanos, y los productos chatarra chinos son el Caballo de Troya para devolverle el favor a los gringos por la creación de la comida chatarra tipo MacDonalds.
    * Y los otros que son potencialmente peligrosos para la seguridad: afroamericanos (porque se niegan a reconocer su supuesta naturaleza de esclavos), musulmanes (porque pueden ser eventualmente terroristas) y los que tienen tendencias sexuales diferentes (porque desvían el patrimonio de la nación al no procrear y exponer en lo público los placeres que deben permanecer en privado).
    Además, el presidente número 45 sabe que la lengua es el arma conocida de más largo alcance, y por eso su discurso tiene la contundencia de una pistola Colt 45.  Su velocidad mediática es la misma que la de su jet privado (que hace las veces de su caballo) y su ‘peluquín’ (que hace las veces de su sombrero) sirve para adornar la recámara de donde dispara ráfagas más que ideas estructuradas. Desde la caverna hasta la taberna, la virilidad del macho ha sido desafiada, puesta a prueba por su capacidad de conquista en las apuestas, con las mujeres y en el territorio. Trump se encabalga en esta trinidad pues sus casinos, ‘sus’ mujeres y sus escándalos son la ley en su condado.
    De esta manera, las prendas –simbólicas- cubren el cuerpo del actor para darle vida al alma del personaje y se hace presidente quien tácticamente asume a plenitud la idiosincrasia de ‘su pueblo’ y estratégicamente encarna el arquetipo que ha impuesto el orden mediante el ejercicio de la fuerza y de la ley: ahora él es el sheriff.

    ¿Qué falta en la escenografía? El típico barril para el licor (exaltación de las pasiones) y para la pólvora (explosión de las mismas) que ahora son los contenedores con drogas y las armas nucleares.

    Un ganador que deberá ratificarlo

    La contraparte del sheriff en el pueblo del Viejo Oeste es el banco, y ambos constituyen, junto con la cantina, el centro alrededor del cual se articulan los vínculos y la convivencia. Hoy Donald Trump encarna los tres a la manera de una nueva trinidad: es el sheriff porque él es el (anti)héroe; es el banco porque él es el multimillonario o sabe muy bien especularlo; y, finalmente, él es la cantina porque es el representante de los actuales medios de comunicación y de su ícono: el reality.
    El lenguaje del reality es la convergencia entre la jerga de este cercano oeste y el método tecnocrático de eliminación propio de los empleos precarios, temporales y mal pagos que hacen a las personas asustadizas y dispuestas a todo para sobrevivir: aguantar los insultos, las malas condiciones laborales y el maltrato, al tiempo que muestran su mejor sonrisa y agradecen ser contratados.
    ¿Qué otra cosa ha sido la propia vida de Donald Trump que un reality transmitido en tiempo real y ahora por streaming de manera global? Y una vez en la presidencia, ha comenzado el reparto de los roles antagónicos, mandos medios y extras.
    En estas condiciones, Hillary Clinton estuvo en desventaja porque sus errores tácticos, así como los del Partido Demócrata y del propio Obama, la ubicaron en el código de ética del Viejo Oeste como alguien que ha traicionado a los cara-pálidas ya que, a pesar de también haber sido despiadada con los indeseables, le faltó mucha más astucia, mente fría, haberse enfermado menos, no haber expuesto tanto a los estadounidenses en la arena política internacional y haber tensionado menos la geopolítica mundial con tantas guerras innecesarias.
    Ahora es evidente que el reality show El Aprendiz fue el programa que incubó, cultivó y posicionó durante años a Donald Trump para llevarlo más allá del plató de televisión y darse el lujo de decirle a Hillary: “estás despedida”.
    No de otra manera se construye un show que sea encantamiento de tan amplio espectro, ya sea porque surge de los espectros o fantasmas o fantasías de la infancia (Wall Street no es más que la versión ampliada de Disney) o porque su duración abarca a más de una generación.

    Trump aparece entonces como el hombre hecho que no tiene contradicciones de conciencia (aunque las tenga todas en sus actos). Hillary era una abogada hecha en los despachos institucionales, con el agravante de que todavía abrigaba contradicciones en su conciencia que se vieron reflejadas, entre otras, en la duplicidad de su correo como secretaria de Estado. Pero para estos tiempos los líderes con estructuras neuróticas no cuentan pues éstas los hacen lentos y se necesitan seres que sean capaces de hacer de su deseo ley y, desde tal estado de gracia, construir la ley para desgracia de todos aquellos que no serán convidados.

    La palabra trump significa triunfo y tiene el mismo origen etimológico de trompeta. Y es cierto que su voz ha irrumpido como una de las trompetas del Apocalipsis en todo el centro del establishment estadounidense. Trump terminó por triunfar, por triturar ese establecimiento. En la campaña electoral su táctica fue encarnar el mito y la idiosincrasia que funda a esta nación y su apuesta estratégica ha sido fungir de redentor.

    Lo primero le otorga una investidura y, por tanto, un estatus que lo blinda frente a sus adversarios, por lo menos en el corto plazo. Lo segundo le confiere una capacidad de negociación amplia al ocupar el lugar del salvador que (al mejor estilo del cine) hará lo que sea necesario por el bien de la nación.

    Su nombre es su marca y falta ver si de ella se desmarca. En su propio libro El Arte de la negociación sentencia: “mi vida entera trata sobre ganar”. Pues bien, estimado presidente de los Estados Unidos, por su propio bien, por el de la ciudadanía estadounidense y del equilibrio geoestratégico de poder, la vida le da una espléndida oportunidad para alcanzar la mayoría de edad y gozar en verdad de la fama y de la gloria. Hasta ahora ha contado con la suerte del aprendiz y la benevolencia de haber construido su emporio sin jugadores que le ganaran en su escala de juego o en su experiencia.

    Pero existen múltiples ejemplos históricos de líderes que no pudieron soportar la tensión de las nuevas responsabilidades, no supieron entender los nuevos protocolos que tenían ante sí y no aprendieron el código administrativo-institucional (económico patrimonial) y cultural- político (elitista aristocrático) que les venía de suyo.

    Los que no pudieron asimilarlo, incorporarlo o introducir creativamente novedades de beneficio común a todos los participantes han terminado efectivamente despedidos o muertos. Los casos más cercanos y emblemáticos en su propio país son los del expresidente John Fitzgerald Kennedy y John Joseph Gotti, Jr.

    Al primer John le faltó apuntar y disparar más su virilidad en las guerras imperialistas y mucho menos con sus múltiples amantes. El segundo John no era para nada un nenazas, como diría Clint Eastwood, sino un bocazas que, siendo el jefe de la familia Gambino, fue mal visto por las otras cuatro familias de la  mafia ítalo-norteamericana por la excesiva exposición mediática que atraía a la zona de oscuridad del hampa.

    Ahora el que está en peligro es usted, presidente Trump. Pocas veces un hombre ha tenido más de frente el desafío de interpretar el propio bienestar de la convivencia interna de su ciudadanía al tiempo que negocia en la geopolítica mundial la reorganización de su equilibrio geoestratégico con el menor número de bajas y efectos colaterales posible.

    Ha dicho que su propia vida señor Trump ha consistido en ganar siempre. Alcanzar la mayoría de edad va a consistir en aplicarse a fondo en un juego de multiplicación en el que todas las partes ganen. Momento paradójico en que ya no se paga por ver el espectáculo en el Grand Garden Arena en las Vegas porque ahora la transmisión es gratis para todo el mundo y los golpes o los triunfos pueden ser sentidos por todos en el planeta.