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    Diálogo con Apichatpong Weerasethakul en tres cuadros


    "EL CINE ES UN LENGUAJE REALMENTE JOVEN"


    Por Santiago Andrés Gómez y Adriana Rojas (especial para Madera Salvaje).

    Queríamos compartir con ustedes el diálogo que sostuvimos con Apichatpong Weerasethakul al final del pasado Festival Internacional de Cine de Cartagena, pero consideramos que sería ilustrativo contar algunas cosas de él que hemos tenido la fortuna de conocer desde el año 2013, cuando Santiago fue invitado como jurado de la Competencia Nacional al Festival de Cine Lima Independiente, en donde Joe, como todos le decían a Apichatpong, presidía el jurado de la Competencia Internacional. Así que dividiremos nuestro relato en tres cuadros, por decirlo así: uno situado en Lima, hace ya cuatro años, otro en Casa Pestagua, en Cartagena, en donde conversamos con él por su personal deferencia, y otro en el restaurante italiano donde luego almorzamos.

    Damos la palabra a Santiago.


    1. En Lima. Junio de 2013.

    “Con Adriana, Adriana Milla Loloy, que coordinaba todas las actividades de Lima Independiente, me bajé temprano cerca del hotel donde se quedaba Joe, y dimos varias vueltas, porque él había llegado apenas la noche anterior, según recuerdo, y ella no sabía dónde era el hotel.

    “Adriana nos estaba recogiendo a varios invitados para ir a un seminario de cine independiente en el que Joe era la figura central, y yo, cada vez más lejano al cine por el ostracismo al que me buscaba y conseguiría enviar la revista de cine a la que había querido defender de sus avaros dueños, en Medellín, me preguntaba cómo sería ese cineasta, no muy célebre pero sí legendario, que había ganado la Palma de Oro en Cannes, no hacía mucho.

    “En el recibo del hotel lo esperamos una media hora, pues estaba meditando. Eso me dio buena espina. Luego lo vimos bajar enfundado en dos rutilantes zapatos azul rey, y de camino al seminario pudimos conversar en voz baja. Mi inglés conversado no es el mejor, y necesito de algo de intimidad para que fluya medianamente (a veces con un par de tragos).

    “Lo que no olvido es la afabilidad mesurada, sin zalamerías, de Joe.

    “Primero afabilidad, quiero decir. Sin rodeos: sencillez.

    “Creo que hablamos de meditación. Joe decía que le importaba mucho el poder de la mente. Luego hablamos de la Palma de Oro, si mal no recuerdo. Le conté cómo me enteré del premio, algunos años antes, mientras desayunaba, y solo dijo: “Fue tremenda sorpresa” (“It was such a surprise!”). Tampoco había necesidad de dialogar mucho. Siempre me he sentido sumamente cohibido, tenso, en la atmósfera de los festivales, pero esto es solo una proyección de mi sentimiento con el colectivo social. Así que dejaba que Joe y todos fuéramos como somos, replegado yo casi del todo en mí mismo. Solo le señalé sus zapatos y le dije: “Your shoes are…”, y me quedé sin palabras… Quería decir “sicodélicos”, pero él remató con una sonrisa de tigre tailandés: “Groovy!”.

    “No olvidaré el buen trato que me dio, y la simpatía con que nos tratamos desde entonces.

    “Joche apareció también en Lima porque yo había programado El escapista y El paisaje en la muestra de cine colombiano, y ambos, siento yo, aunque puede que me equivoque, desentonamos con la onda de los festivales, desde siempre. Pero en el seminario, al día siguiente, Joche aprovechó para preguntarle a Joe algo así como de qué modo influía en el rodaje su paciencia notable, y Joe le dijo que lo que se notaba era que Joche no lo había visto en los rodajes, y dio a entender que en estos él podía ser muy tiránico. A esto volveremos más tarde.

    “El último día nos fuimos varios a comer un ceviche de la más pura estirpe limeña, en el muelle de El Callao. Allí él y yo compartíamos comentarios en voz baja, de nuevo, casi como cómplices, que ya he olvidado. Lo único que recuerdo es muy especialmente el modo en que Joe me dijo que quería que siguiéramos en contacto. Fue, desde luego, un detalle hermoso en el viaje.

    “Luego dimos todos una vuelta por el mar, en lancha alquilada para turistas. De regreso, Joe se sentó, se puso en cuclillas frente al mar, que se fue anchando con su quietud, con su concentración, puesta en el horizonte. De pronto contemplamos todos el mar, un poco retirados, el vasto Océano Pacífico que Joe contemplaba en silencio, recogido, casi hasta atravesarlo con su mirada. Los minutos pasaban, se iba haciendo tarde, y todos en silencio rodeábamos a Joe a algunos metros de distancia. Casi una hora más tarde, Joe se levantó y se acercó a nosotros.

    “Todos respetamos ese momento que él supo separar para comunicarse con el agua, con la Tierra y con Dios.


    2. El diálogo. Marzo 6, 2017. Casa Pestagua. 12: 00 m.

    Santiago: No sabemos si unas pocas preguntas sean lo mejor o no, ¿cómo estás de tiempo?

    Joe: Tengo todo el tiempo.

    Santiago: Vale. Hay por mi parte una serie de preguntas muy espirituales o filosóficas que he querido concretar en asuntos más prácticos… Recuerdo que cuando nos encontramos en Lima, nuestras primeras conversaciones fueron sobre meditación, arquitectura, cultura… Tu estilo cinematográfico, tu modo de hacer las películas, permite advertir una visión subyacente, una visión interior, y eso es lo que más me interesa. Eso es lo que llamo filosófico, pero no es más que la subjetividad, el sueño interior. Adriana, en cambio, es una video artista que tiene un interés más enfocado en el cine, propiamente, en ciertas películas, en tu método de trabajo, y creo que podríamos alternar nuestras preguntas, ¿no les parece?

    Joe: Sí.

    Adriana: Habría muchas preguntas, pero las mías también son simples.

    Joe: Sí, por favor… [se ríe].

    Adriana: Sí, son de curiosidad cinéfila… Desde tu master class del sábado me generó mucha empatía que empezaras contando sobre tu vida, sobre tu familia… Uno espera de un director de tantas películas, con una obra tan grande, que solo vaya a hablar de su cine, pero tú generaste un acercamiento con el público desde lo que eres tú. Eso hace que uno pueda sentir más al director como persona y no como una eminencia lejana o inalcanzable, sino alguien que tiene en cuenta su experiencia como ser humano… Vemos que eres arquitecto y luego estudiaste cine y querías hacer cine experimental… ¿Cómo llegaste al cine, siendo un arquitecto? ¿Por qué te interesaba tanto?

    Joe: Desde el principio, yo siempre quise hacer cine, y creo que es porque mi mamá también hacía películas, cine en súper-8, y además yo estaba atraído por mundos diferentes, pues el lugar donde crecí era una ciudad muy pequeña y el cine era un escape para los niños. De pronto apareció Spielberg y a mí me atrajo mucho su modo de hacer películas, especialmente los movimientos de cámara y la música. Era muy fácil que un niño se sintiera emocionalmente atraído. Así que quería estudiar cine, pero empecé con arquitectura porque pensaba, como muchos otros, que el cine no era una carrera. Incluso hoy se cree eso en mi país. Así que usé la arquitectura como back up [“plan B”, se ríe]. Pero es algo que disfruto y aprecio, y creo que me ha influido mucho en el modo en que concibo el espacio y el tiempo.

    Santiago: Joe, justamente en cuanto a ese placer que encuentras en la arquitectura y en casi toda actividad creativa, ya sea artística o no, recuerdo que en Lima me dijiste que tú literalmente gozabas haciendo cortometrajes. ¿Disfrutas igualmente cuando eres jurado?, ¿qué es una buena película para ti?

    Joe: Yo disfruto mucho el momento de los festivales, que me permiten ver muchas películas, porque prefiero la experiencia de la pantalla grande. Pero no disfruto la deliberación del jurado, pues cada película tiene su “agenda” [sus intereses] y es imposible juzgar o comparar. Pero a veces suceden cosas… En Lima, yo recuerdo haber debatido con Sylvain George sobre The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, una película que me gustó, pero él me convenció de que era una obra muy cuestionable. Es uno de esos casos raros en que alguien cambia mi forma de ver una película, uno necesita otro ángulo para aproximarse. Eso fue especial, pero usualmente no me gusta el momento de la deliberación.

    Santiago: Bueno… Y yo sé qué es una pregunta difícil, pero ¿para ti qué es una buena película?

    Joe: Jm… ¡Digamos que es bien difícil encontrar una película que sea mala para mí! [risas]. Realmente disfruto todo tipo de películas… Pero hay algunas que se quedan contigo. En mi caso, el cine de Tsai Ming Liang me parece poderoso.

    Santiago: Vive l’amour!

    Joe: ¡Sí!

    Adriana: Yo sigo con mis curiosidades cinéfilas. Cuando vas a Estados Unidos empiezas a estudiar cine experimental y es como pasar de ver lo que se hacía y podías ver en Tailandia a ver un cine muy distinto. Sin embargo, ya en Tailandia habías intentado hacer cine experimental y viste que era muy difícil y te decidiste a hacer un cine más narrativo, como nos contabas en la master class. Pero este cine narrativo que haces tampoco es un cine convencional, ni mucho menos aristotélico. ¿Qué influencias había para hacer cine experimental y qué influencias había del cine experimental para hacer narrativo? ¿Por qué dejas de lado la estructura clásica?

    Joe: Porque en el cine experimental uno mira el material, uno mira la estructura, y tiene su propio estilo, su propia disciplina, que no existe en Tailandia… pero en Tailandia sí existían mis memorias de niñez, y unas formas de narrar. Así que yo empecé a usar distintos medios narrativos: televisión, radionovela, novela gráfica… Por eso hay películas como Iron Pussy, y en muchas hay referencias a la televisión, y a la radio también.

    Adriana: ¿Y no tenías algunas influencias directas del cine experimental?

    Joe: La idea de ver el tiempo en el cuadro. Yo estudié con celuloide, y el hecho de que el tiempo en el cine se reproduzca en veinticuatro cuadros por segundo me hizo muy consciente sobre la ilusión de lo que es el tiempo en el cine, una imagen detrás de otra, dispuestas juntas, para dar la idea de movimiento.

    Santiago: Joe, cuando hablas de Spielberg me haces pensar en algo. Y es que el cine se funda en ese drama aristotélico, occidental, ¿no? Más que nada es una convención que toma fuerza en Estados Unidos pero se consolida en todo el mundo. ¿No podría haber una historia asiática, oriental, del cine, que no se conozca bien, incluso entre los propios asiáticos?

    Joe: Yo creo que el cine es un lenguaje realmente joven, y aparece en el momento en que todos estamos interconectados. Eso hace que no solo haya tradiciones en el quehacer sino también en cómo vemos el cine, como espectadores… En Tailandia estamos muy acostumbrados al doblaje, por ejemplo, pero eso es compartido en toda Asia, y es parecido a lo que pasa con ciertas convenciones heredadas del teatro inglés que venía desde la India. Por eso para mí la idea de un cine nacional es cada vez menos y menos convincente. Y eso pasa con otras artes, como la literatura. El lenguaje y las historias son locales, desde luego, pero eso para mí es una ilusión. Como en un libro, que es en otro idioma, pero la conformación del tiempo es universal. Incluso Ozu, diría yo, no puede verse como un cineasta japonés, yo no creo que lo sea, porque todo es desarrollado desde otras disciplinas, como la arquitectura, que lo forzaban a hacer las cosas como las hizo, él no podía usar una cámara elevada [señala con las manos el tiro de cámara típico de Ozu, a la altura de alguien sentado de rodillas]. Es algo más orgánico, desde lo que han hecho otros, porque el cine es eso. Si viviéramos doscientos años atrás tal vez podríamos hablar de cines nacionales, pero hoy no.

    Adriana: A mí me interesa mucho que los cineastas compartan su proceso creativo. Es como tener a los mejores profesores, y que le enseñan a uno desde su propia experiencia. Por ejemplo, Luc Dardenne, en su libro Detrás de nuestras imágenes, cuenta que él con su hermano Jean Pierre, hacen muchas versiones de un guión, y que solo cuando han pasado muchas versiones y están más seguros, hacen la filmación. En el caso tuyo yo quisiera saber cómo es el proceso creativo, si hay un método riguroso en el sentido formal de las escuelas, que hablan de unos pasos convencionales para hacer el guión, desde la idea hasta la última versión, o ¿cómo es tu caso?

    Joe: Pues todo parte de una idea, realmente, y yo dejo que pasen años cuando aparece, y muchas imágenes y pensamientos se van transformando en la cabeza… Hasta que llega un momento en que no puedes contener más ese mundo que ya existe en tu cabeza, y la idea de tiempo de ese mundo particular. Entonces el proceso se vuelve ya una escritura más común y concluye en un guión normal. Lo más importante es la primera parte, cuando se desarrolla la idea. Yo trato de mantenerme muy consciente, atento a este movimiento, a este ritmo, para saberlo captar en la película, como para traducir un sueño. Eso a veces es más importante que la misma historia.

    Santiago: Eso es muy bello.

    Joe: Sí. Pero además debes hallar tu equipo. Una cosa es tener tu computador y escribir a solas, pero el cine es una cuestión de equipo. Tú eres miembro de un grupo en el que todos importan: el director de arte, el director de fotografía, incluso la script. El mundo de las películas lo creamos juntos, como equipo, y es importante que este equipo tenga continuidad. Por ejemplo, el editor significa mucho para mí.

    Santiago: Podríamos hablar años sobre una sola miserable cosita, pero esta será mi última pregunta. En Occidente hay un sentimiento nostálgico por Oriente, por la espiritualidad oriental: por el budismo, por el yoga… Incluso yo idealizo este mundo. Pero recuerdo que en una película, El tigre y el dragón, de Ang Lee, un personaje le dice a otro que esta realidad es irrefutable, que nuestra vida no es un sueño. La gente en Asia sabe muy bien que no es tan fácil como decir que todo es una ilusión. ¿Tú podrías precisarnos cuál es la espiritualidad real del llamado Oriente, y cómo alimenta tu cine?

    Joe: Tú difícilmente encontrarías una población más materialista que la que encuentras en Asia. Porque somos muy materialistas. Pero al mismo tiempo la unidad familiar y la educación se enfocan de verdad en cosas inmateriales, así que hay un conflicto. Desde luego, cuando aparece la democracia hay otro conflicto, porque cuando el gobierno no puede proveerte de las necesidades básicas, tú necesitas acumularlas por ti mismo, necesitas un carro, necesitas construir tu estatus, ya que no existe el mundo monárquico y tú necesitas asegurarte por ti mismo de que no haya problemas. Así que en algún cine y en alguna literatura hay una mirada nostálgica de ese mundo anterior, o el deseo de que vuelva, o el cliché que se quiere fabricar sobre él. En mí hay una mezcla de estas cosas y miro el asunto en términos de sufrimiento, como que somos animales de obediencia… Y claro, mi cine refleja esa situación, pero tampoco quiere decir que sea la de un “cine asiático”, es solo un punto de vista… Incluso es apenas una cuestión física, como un elemento más de las películas, como cuando hablaba de las historias… Porque la idea de contemplación, por ejemplo, existe en todas las culturas. Simplemente estamos atrapados por trampas materiales.

    Adriana: Yo te oí decir que tú te planteas tus películas para ti mismo. O sea, tú eres un creador, antes que nada. Aquí, en Colombia, para dar un estímulo se pide que uno piense muy bien en la taquilla, pero tú tienes una opinión distinta, y es que piensas en ti primero. ¿Cuál sería precisamente el rol del espectador en tu cine?

    Joe: Yo fui educado así. Y creo que son dos formas distintas de encarar el cine. Yo me considero afortunado de poder hacer cine y de tener un productor que se encarga de los números [se ríe], que no son mi trabajo. Creo que es fundamental entender quién eres tú. Qué tipo de cineasta eres. Yo no pienso en el espectador. Yo pienso en mí como el espectador de mi cine, y soy un espectador fácil [risas], un espectador fácil de complacer, pero creo que mis películas ofrecen un contacto con el público, no son del todo abstractas. Creo que uno se puede comunicar con ellas.

    Adriana: ¿Cómo logras financiar tus películas? Ya que dentro del esquema convencional, de todos modos, podrían parecer muy arriesgadas.

    Joe: No es que podrían parecer: es que son muy arriesgadas [risas].

    Adriana: ¿Cómo convences a tus productores?

    Joe: Por eso necesito siempre apoyo institucional. En Cementerio de esplendor participaron trece países, que son un montón. Esto me permite asignarme mi propio salario, lo cual es muy cómodo porque durante todo el año no tengo que pensar en otra cosa. Pero mucho de la financiación viene de mi trabajo como artista [instalaciones, por ejemplo], porque los cortometrajes necesitan inflarse mucho económicamente, ya que no son comerciales. Así que vendo mis obras a coleccionistas o instituciones, por ejemplo… El arte está en un sistema capitalista, pero es un lujo para ese sistema, o sea que nos movemos por medio de fondos económicos que invierten en países en vía de desarrollo. Ellos le prestan mucha atención a las voces independientes. Para los fondos europeos, el arte está en el sistema y lo afecta, afecta la moda, alienta la libertad de expresión…

    Adriana: Mi última pregunta tiene que ver con los rumores de que vas a venir a trabajar y vivir a Colombia un tiempo… ¿Cuáles son tus planes?

    Joe: Sí, quiero hacer una película en Latinoamérica. Yo necesitaba salir de Tailandia y tengo unos amigos en México con quienes pude tejer la idea de hacer una película aquí. Trabajo con una fundación que me permite estar en estos países e ir pensando qué hacer, porque me atrae mucho la cultura del narcotráfico.

    Adriana: Joe, yo te quiero dar las gracias por tus películas, quedé fascinada con Tropical Malady, sobre todo por la segunda parte, con esa imagen que nos queda del tigre, de cómo romper los miedos… Gracias por tu trabajo, por mostrarnos un cine distinto y demostrarnos que se puede hacer un cine distinto al que dicen las normas convencionales.

    Joe: ¡Alaorden!


    3. El almuerzo.

    Joe quiso comida italiana y Ana, la intérprete oficial que el Festival asignara a Joe, buscó uno en Ciudad Vieja (el famoso Corralito de Piedra), para que no tuviéramos que movernos mucho. Allá fuimos a dar en un carro del Festival y conversamos con Joe de música, de arquitectura, de otras cosas. Al parecer, Joe no oye música hace tiempo, y prefiere “la música de las cosas”. En su casa, nos dice, en Tailandia, él no hace más que oír la lluvia, cuidar a sus perros (Vampyr, Drácula y King Kong) y leer.

    En el almuerzo, Joe le quita el queso parmesano a su plato y hablamos de su interés por la historia de Colombia. Quiere saber qué tal es el documental que pasó en la noche de inauguración, y hay disparidad de criterios entre Adriana, Ana y Santiago. De pronto, cuando Adriana le dice a Joe de su amor por el tigre de Tropical Malady, Joe nos cuenta que en la filmación del animal, hubo un momento en que sus miradas se cruzaron, y él de pronto se sintió devorado.

    Le recuerdo sus palabras a Joche en Lima sobre su carácter durante el rodaje, que no es tan pacífico como la presencia calmada de Joe haría creer siempre, y nos dice que justamente en Tropical Malady hubo grandes disturbios durante el rodaje. Y añade que ahora tramita los conflictos por medio de un asistente, aunque para un amigo, él hacía mejores películas cuando era más autoritario.

    Terminamos de almorzar hablando de los festivales.

    Santiago le confiesa a Joe y a Ana que no es muy de fiestas oficiales, y Ana le cuenta que a Joe era difícil convencerlo también para que asistiera en las noches a las celebraciones del festival, pero él a continuación afirma que para él los festivales no solo son su trabajo, sino que para sus películas es importante su presencia en cada festival, “y al fin y al cabo, vos y yo nos conocimos en un festival”, le dice Santiago. “Desde luego”, responde Joe.

    Nosotros, y él, estamos un poco apremiados, porque ese día dejamos a Cartagena. Nos despedimos sin el mínimo asomo de nostalgia, pero emocionados. El Océano Atlántico salta al frente nuestro, testigo de una conversación que podría durar lo que dure la Tierra, pero que precisa de nuestra soledad, de nuestros destinos, de nuestros rumbos diversos.