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    En el FICCI 57: "Epifanía" (Navia & Eborn, 2016).



    UN VIAJE AL INTERIOR FEMENINO
    -este artículo cuenta fragmentos y partes importantes de la película-.

    Por Adriana Rojas E.

    No resulta fácil hablar de una película que toca fibras profundas. Epifanía es una revelación, una obra que le permite al espectador pensar, sentir, imaginar, interpretar.

    La película de Óscar Ruiz Navia (Colombia) y Anna Eborn (Suecia) está dividida en tres partes, podría decirse en tres historias independientes, aunque eso no está explicito en la película, queda la libertad para que cada espectador lo interprete, y este es uno de los elementos que más aprecio de Epifanía, el que los directores no hayan optado por explicarlo todo, sino por el contrario, buscaron dejar abiertos esos tres capítulos.

    Las tres historias están divididas, numeradas, pero esto no interfiere en el todo de la película, o sea, su fragmentación nos habla de tres fases de la vida, siendo importante resaltar que en todas está presente LA MADRE, rol que fue interpretado por la madre de Óscar Ruiz, Cecilia Navia.

    Las tres fases se integran, están unidas por el afecto a la madre. Ruiz y Eborn en esta película, le hacen entonces un gran homenaje a la Madre: a la vida.

    Uno. El Duelo

    La primera historia transcurre en Suecia, aunque podría darse en otro escenario. Lo relevante aquí es el interior, lo que vive el personaje (la hija). En esta primer historia, los directores narran un momento íntimo de una mujer que ha perdido a su madre; la fuerza de este capítulo radica en cómo nos presentan el estado de la hija: el duelo, el afecto, el amor de hija a madre. No hay elementos dramáticos excesivos que se pongan evidentes, por el contrario, la narración es contenida, pero ahí radica toda su fuerza: en cómo nos presentan ese duelo, en cómo se muestra ese afecto, a través de la ensoñación.

    Las imágenes de la ensoñación nos dejan sentir ese reencuentro entre madre e hija, y de una manera muy delicada,  sencilla,  desprovista de adornos, solo con actos de afecto, podemos sentir ese amor fraternal; eso es lo maravilloso de este capítulo, poder sentir algo que parece indescriptible. Sentimos la compenetración  entre dos seres y ese afecto que nunca va a desaparecer, porque ni la muerte puede quitarlo.

    La fotografía en esta primera historia es muy depurada, cada uno de sus planos parecen pinturas, cuadros que en su composición y su luz nos pueden remitir a algunas obras de los pintores suecos del siglo XIX, como Ferdinand Fagerlin y Anders Zorn; o podemos ver este capítulo como la “pintura en movimiento” de que hablaba Leopold Survage (citado por Robert Stam en Teorías del Cine).

    Gran parte de la belleza en la fotografía podrá también deberse a que la película fue rodada en súper 16,mm. Aun el formato análogo –a mi parecer– no ha sido superado por el digital. El súper 16mm le da otra textura a la imagen, la carga de un espesor único que solo puede proveer la película análoga.

    El sonido es otro elemento cargado de significación en Epifanía, compuesto principalmente de audios ambiente en los que la lluvia, el sonido de los animales, las aves, los insectos,  campanas, el viento, el fuego, entre otros, se mezclan para presentarnos composiciones que van generando atmósferas en cada uno de los capítulos, dotándolos de una gran fuerza.

    Cada historia tiene su propio ritmo tanto en la imagen como en el sonido. En la primera historia, los audios ambiente cobran gran relevancia para acompañar el estado de los personajes; en la secuencia de la ensoñación, tanto el audio como la imagen nos permiten sumergirnos en esa intimidad de los personajes; el sonido no ensucia ese momento íntimo de afecto entre madre e hija, sino que se integra; el audio ambiente del fuego –por ejemplo–  acompaña ese gran momento fraternal, en el que madre e hija están abrazadas acariciándose mutuamente el rostro. La composición de sonido, al final del primer capítulo, nos anticipa, a través de los audios, algunos momentos de los siguientes, como el audio de un caballo en un establo, el audio de animales, un llanto lejano.


    En todos los capítulos, como ya lo hemos dicho, está La Madre como personaje central, aunque este personaje puede o no ser la misma madre en la Isla Fårö de Suecia, en Cali o en Montreal, sin embargo, esto no resulta relevante para entender el todo de la película, son mas bien escenarios donde transcurren momentos de una Madre que, como también lo menciono antes, cada espectador tendrá la libertad de interpretar.

    Dos. El rito, el ritmo, la memoria

    El segundo capítulo transcurre en Colombia, en diversas locaciones de Cali. Esta segunda parte se inicia con un rito, una ceremonia de tradición ancestral en la que vamos escuchando cantos a la vida, al amor, al fuego, al cielo; un ritual que conecta a los personajes con la naturaleza y con la fuerza femenina; poco a poco se nos van presentando cada uno de los personajes que hacen parte del ritual. Las imágenes son al principio intermitentes, el espacio interior del rito es bastante pequeño y con poca altura, cada plano nos sumerge en el calor del ritual.  

    Vemos primero a La Madre, y luego se nos irán presentando las otras mujeres que están siguiendo los cantos y las personas que guían el ritual; esta segunda historia nos anuncia una parte de lo que veremos en el tercer capítulo, al anunciar en la ceremonia la bendición a las abuelas, y luego el énfasis en “el renacer de nuevo a la vida”. Es un capítulo más suelto en la narración, no es tan contenido como el primero, hay más movimiento tanto en lo visual como en lo sonoro.

    La segunda historia nos presenta a La Madre como un personaje conectado con la memoria ancestral, la naturaleza, las mujeres, los animales; es un capítulo que hace énfasis en la importancia del ser femenino.

    La Madre transita por tres momentos:  Uno, de retiro espiritual, en el que se  hace énfasis en el  rito a la madre tierra y en la conexión con lo femenino. El segundo momento nos trae nuevamente el tema de la muerte, y en un cementerio la protagonista nos revela el sentimiento de partida de su madre;  y pasa a un tercer momento en el que la fiesta, el ritmo, la música, llenan de una gran energía a La Madre.

    La música en este segundo capítulo tiene gran importancia, es un elemento que va marcando el ritmo de la historia, los momentos de la protagonista, los estados de ánimo del personaje; de esta manera, pasamos de un ritmo marcado por los cantos ancestrales, para luego conectarnos con el romanticismo de Leonardo Favio y su tema Quiero aprender de memoria, y luego terminar con el tema de la dupla de Héctor Lavoe y Willie Colón: Aguanile, tema de gran fuerza y sabor que remite a los cantos Yoruba y nos sumerge en un momento de liberación y de integración a través del baile.


    Es un capítulo con un movimiento especial, tanto en lo narrativo y lo visual, como en lo sonoro, en el que se aborda, a través del personaje, temas tan trascendentales como  el reencuentro con el ser, la muerte,  el afecto, el gozo, la memoria.

    El capítulo dos cierra con un epílogo de filmaciones caseras colombianas; imágenes de familias en los años 70 y 80 en diversas reuniones sociales. Imágenes de archivo en blanco y negro que recogen memorias de vida.

    Hay entonces una evidente conexión de memorias familiares de los autores, las cuales se nos presentan a través de las imágenes de archivo en formato de súper 8mm que vienen a unir los  capítulos 2 y 3 y nos dan cuenta de la importancia que tiene para los directores la memoria familiar.


    Tres. Anina

    El último capítulo de Epifanía viene unido al anterior, aunque los autores nos presentan otro contexto familiar, esta vez en filmaciones a color; imágenes  en otras latitudes, en donde la nieve hace parte del paisaje.

    Son imágenes de momentos familiares, de cotidianidad, de esparcimiento; estas imágenes se conectan rápidamente con las del presente, y aparece de nuevo La Madre, quien va arrastrando un pequeño trineo con un niño de no más de 4 años. La locación: Canadá – Montreal.

    La tercera historia transita esa línea entre la ficción y no ficción. La espontaneidad de un niño jugando en la nieve, acompañado de una abuela (La Madre de los dos primeros capítulos) que juega a armar pequeños iglúes con la nieve, y luego hacen juntos una torta de nieve, porque Manuk, el niño, quiere anticiparse y cantarle el cumpleaños a su hermanita  Anina –aún sin nacer–. La frescura en la cámara, en los diálogos, en lo íntimo, es lo que prevalece en este capítulo.

    La historia de una familia colombiana en Montreal va tomando cada vez más fuerza cuando se nos va adentrando en el corazón de este capítulo: El nacimiento de Anina.

    Al principio, cuando vemos a una mujer embarazada que conversa con su hijo Manuk y su madre, solo parecen momentos cotidianos de una familia en su hogar; resulta difícil predecir el maravilloso momento que iremos a presenciar. Este último capítulo, pronto va a quedar focalizado en un acto, uno de los momentos más íntimos de una mujer: Dar a luz.

    La mujer en embarazo ahora se encuentra en una pequeña piscina de agua casera, y  está siendo asistida por una mujer adulta, quien va guiando el parto. La cámara documental registra cada uno de los momentos del parto, los gritos de la mujer se van haciendo cada vez más fuertes, las imágenes nos mantienen en una sola tensión.


    La secuencia del parto nos envuelve en lo más profundo e íntimo del ser femenino; estas imágenes nos dominan, nos perdemos en el tiempo de la secuencia, estamos absortos esperando con ansias que se produzca el milagro de la vida, y de una manera magistral, luego de un tiempo no descifrado –por la tensión producida– podemos ser testigos del nacimiento de Anina; momento único, sublime, en el que soltamos toda la tensión que Eborn  y Ruiz  nos han hecho acumular con sus imágenes, y estremecidos, ya podemos gozar como si estuviéramos  allí, en ese cuarto, acompañando al padre, al hijo, a la abuela, a la madre que  ahora carga a su bebita.

    Difícilmente podría uno predecir el viaje al que Eborn y Ruiz nos iban a llevar en Epifanía; en ese viaje, los autores nos llevan a pensar en lo efímero que somos, en la necesidad de reencontrarnos con nuestro ser, con la madre tierra, en la importancia del gozo, en la memoria de nuestras familias, en el ser femenino, en lo sublime de la vida.

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