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    Reflexiones en redes


    La era de la inhumanidad virtual

    Por Nicolás Pernett

    ¿Han visto cómo la mayoría de noticias que dan sobre los bombardeos de Estados Unidos a Afganistán se centran en las cualidades de la dichosa “madre de todas las bombas” y poco dicen sobre los daños que causa? Eso es todo lo que hace falta decir sobre nuestro tiempo. No hay estimaciones de muertos, no hay cálculos de daños al ecosistema. Solo hay fascinación por el poder destructor del armamento estadounidense (y norcoreano), y odio o amor por el niño anciano y obeso que decide disparar los misiles desde una sala con aire acondicionado, comiendo pastel de chocolate y cambiando el escenario de guerra como quien escoge una opción en un videojuego.

    Algunos artículos de prensa han comparado a Trump con un sheriff del viejo oeste. Creo que se equivocan. Por lo menos el sheriff tenía que ir a darle la cara a los problemas, presentarse a los forasteros que llegaban a su pueblo o resolver (aunque sea a bala) las peleas de la cantina. Lo más parecido al nuevo presidente de Estados Unidos es el jugador de videojuegos, el verdadero “niño terrible” de nuestro tiempo. El que dispara sin pensar que del otro lado de la bala habrá la carne de otro ser humano, desfigurada por el impacto. Para aquel, estos solo son figurines que caerán y desaparecerán de la pantalla al mismo tiempo que su puntaje en moneditas de oro crece, también en la pantalla. Mucho se ha discutido sobre la posible influencia violenta de los juegos de video y es obvio que una persona con un sistema moral bien formado no va a confundir lanzar rayos en una pantalla con dispararle en la cara a alguien en la calle. Pero el problema es que para el victimario la realidad se ha desvanecido, ahora vive (vivimos) en el juego de video. Las armas que se disparan son virtuales, los muertos no alcanzan a mostrar el rostro en las cámaras de los aviones de combate, y las riquezas que esas muertes proporcionan se acumulan en el metafísico sistema financiero. Esa fue la misma lógica del bombardeo que estuvo detrás de los “éxitos” del Plan Colombia, cuando (igual que ayer) se festejaba haber dejado caer toneladas de bombas sobre la tierra en la cacería jubilosa de villanos. Sin pensar que esas mismas bombas volverían a nuestros cuerpos hechas carne y agua que tomamos. 


    Y así vamos viviendo y matando. Del modo más desprevenido, sin saber quién está al otro lado de la agresión. Creo que ese es el más grande mal de nuestro tiempo: no poder ponernos en los zapatos del otro, la ausencia descorazonadora de empatía por los seres humanos. Por eso adoramos las mascotas que podemos moldear a nuestra imagen y semejanza, por eso vivimos en un país dividido y no podemos reconocer al otro como un congénere. La misma enseñanza de The walking dead: protege a los tuyos, dispara sin misericordia, después de todo, los otros no son más que zombis y no estarán en el siguiente capítulo. Creo también que este es el mismo desajuste que está detrás de toda forma de discriminación. Nos hemos formado para ser consumidores aislados en un auto de cristal con el afuera como una amenaza, siempre dispuestos a lanzar el mazazo contra el topo que aparezca, sin reparar en nombres. La víctima es un desconocido, alguien completamente diferente a mí, ni siquiera tiene una etiqueta en el juego de video. Y así actuamos hombres blancos, pero también mujeres, gais, negros y hasta niños.

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